DAVID CASTAÑEDA
En 1663 se publicó en Roma un libro extrañísimo, en latín, que hablaba sobre un tipo de poesía que, según su autor, el monje benedictino Juan Caramuel Lobkowitz (quien llegaría a ser obispo de Vigevano), no sabían ni las musas ni el Parnaso literario, ya que él tomó esa idea de una ciencia que va más allá de la rítmica y la métrica. Ese libro se conoce justamente como la Metametrica, aunque su título original el Primus calamus ab oculus ponens metametricam.
Caramuel, a decir estudiosos como Menéndez Pidal, tenía un genio “como de ocho”. Es decir, sabía más de 20 idiomas e indagó en casi todos los saberes de las ciencias y las artes. Tiene tratados de matemáticas, arquitectura, política, lenguas, etc.
Se sabe que se carteaba, por ejemplo, con otros sabios de la época como Descartes, Kircher, Gassendi, y acá en el Nuevo Mundo, con Carlos de Sigüenza y Góngora. Es muy probable también que sor Juana fuera una asidua lectora de su obra.
La Metametrica nace como parte de una tradición de poéticas barrocas, inaugurada por Juan Díaz Rengifo y su Arte poética española (1592), en las que se describen o crean los preceptos para escribir poemas. Pero no cualquier poesía. En ambas obras se da cuenta de un arte difícil, que involucra el artificio y los retorcimientos de la forma lingüística, y métrica, claro está.
Influido por las máquinas combinatorias de Ramon Llull y las Sefirot cabalísticas, Caramuel diseña piezas que multiplican el significado por millones (o trillones) de veces. En efecto, se trata de máquinas de sentido. Para ejemplificar esto, imagine, lector, que un verbo puede combinarse con 30 sustantivos y 60 adjetivos, y 90 cualidades. Al girar un solo disco de la máquina, cambia todo el significado del verso. Y así consecutivamente de acuerdo al número de espacios combinatorios para ese solo verbo, tal y como ilustra la imagen.

En la Metametrica de Caramuel también encontramos ejemplos de poemas distribuidos en tablas y columnas que pueden tener distintas lecturas de acuerdo al lugar de donde parta la propia lectura: Se pueden leer de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, en diagonal, en reversa, de arriba abajo y viceversa, o bien, palabras que se sustituyen con imágenes y que eran conocidos como poemas mudos.

Este tipo de construcciones tuvieron influencia en los poemas de los barrocos español y novohispano. En fiestas, certámenes, túmulos, entradas de virreyes, funerales de nobles y religiosos, etc., los ingenios de la época imitaron dichas poéticas de artificio para rendir lealtad a los personajes en cuestión. Al mismo tiempo, buscaban ostentar su propia arte poética basada en la dificultad de la lectura o en las combinaciones posibles de los versos.
Buscaban, sobre todo, hacer evidente una imitación de las formas “originales” (por decirlo así) que la originalidad misma. O sea, un buen poeta era quien mejor imitaba a un poeta consagrado. Por eso, este tipo de poesía laberíntica, metamétrica para Caramuel, ponía en crisis tanto al poeta como al lector en tanto que involucraba un esfuerzo considerable de lectura en el nivel formal, como en el simbólico.
Así fue mucha de la poesía barroca: exigente, oscura, difícil, artificiosa. Por su naturaleza, estaba dirigida sólo a aquellos que sabían los códigos para descifrarla; es decir, letrados de ese mundo, nobles, religiosos. No imagino, en este sentido, cómo vería el pueblo llano aquellas máquinas de sentido. Tal vez sólo como signos confusos pintados o pegados durante las fiestas. Tal vez como adornos misteriosos en medio del bullicio.
Como sea, la Metametrica de Caramuel tiene un aire de “vanguardia”, aun para su tiempo y el nuestro. Puede ser que muchos poetas experimentales del siglo XX, como Apollinaire, hayan conocido, de primera o tercera mano, los laberintos lingüísticos del sabio benedictino. Y puede ser que dicha obra sea un manual de invención para los actuales poetas, o por lo menos los que buscan jugar con la novedad de las formas o la deconstrucción del lenguaje. Pero eso ya es materia de poetas. Nos leemos después.