ISRAEL ÁLVAREZ
Con el tiempo, no es raro que las simulaciones lleguen a confundirse con lo original o incluso a sustituirlo; al fin y al cabo, es la intención. Los mapas, por ejemplo, simulan el territorio para que cualquier usuario de Google Maps, Uber o servicios varios de orientación llegue a su destino sin necesidad de ser geógrafo, cartógrafo o perito en GPS. Se confía en la simulación porque la realidad es demasiado gandalla como para retarla de frente. El problema es que, en un mundo de simulacros, cada vez resulta más complejo distinguir lo que es lo real de lo que no.
Técnicamente, lo real no puede producirse, sólo reproducirse. Por ello, los hijos suelen ser reproducciones de sus padres, lo que facilita decirles que están bien bonitos, sobre todo para sus papis. El conflicto surge cuando, además de parecerse, simulan ser una continuidad de sus elogiantes. Simular y disimular son formas de fingir: lo primero consiste en aparentar tener lo que no se tiene; lo segundo, en ocultar lo que sí se tiene. Se puede disimular la ignorancia, algún sesgo intelectual o la vergüenza, mientras se simula tener la razón escribiendo tarugadas al respecto.
Simular no es lo mismo que imitar, reiterar, parodiar o suplantar, pues la simulación juega con el principio de realidad. El que simula actúa como si fuera real que es buena persona, un político íntegro o un artista brillante. La ventaja radica en que, si alguien más acepta la farsa, legitima la simulación hasta que ésta termina por difuminarse con lo real. Los que simulan primero parecen y luego se la creen que son. En un mundo así, crear simulacros ayuda a aprender cómo se vive lo real.
Las figuras de yeso en las iglesias simulan a dios, a los ángeles y a los santos porque los originales, técnicamente, no existen tanto como las ganas de verlos. Por eso, mientras más descomunales, realistas y cercanos resulten, mejor. Convenientemente la Iglesia se erigió para simular la salvación, pero, sobre todo, para disimular que el solo hecho de nacer constituye una condena. En el fondo, dios siempre ha sido su propio simulacro, al igual que la eternidad que pretenciosamente buscan quienes lo adoran. Fingir que no se es mortal otorga la oportunidad de arrepentirse siempre y a tiempo para salvarse.
Cuando lo real deja de ser lo que era, sobreviene la melancolía. Ahora, sin embargo, lo que recordamos lleva filtros y ediciones suficientes para que el pasado encaje con la imaginación y se pueda melancolizar a gusto. En un mundo de simuladores, el éxito depende de que se la crean entre ellos. Los turistas saben que los destinos, las comidas y las sonrisas lucen mejor en las fotos de Instagram de lo que fueron en realidad, pero la mentira no importa tanto si todos disimuladamente guardan el secreto.
Los magos simulan; su intención no es suplantar la realidad, sino producir un simulacro. Quienes disfrutan la magia saben que hay un truco y que, aunque no sea, parece. Los hechiceros, en cambio, sí pretenden modificar la realidad y, al igual que en religión y política, necesitan que alguien les crea la simulación para que el ejercicio funcione. Los rituales son simulaciones controladas, pero para ejecutarlos hay que actuar como si fueran ciertos: una suerte de esquizofrenia socialmente permitida para no tener que soportar la sana, objetiva y original realidad.
Si una persona actúa como un perro, probablemente luzca ridícula y termine exhibida en las redes sociales; si un perro actúa como una persona, probablemente ocurra lo mismo, pero ¡qué tierno! Algunos malandros simulan ser polis y algunos polis disimulan no ser malandros; la diferencia radica en el poder institucional frente al poder tácito y en que, regularmente, a ninguno de los dos se le cree tanto. Los uniformes son simulaciones de autoridad y valores con fines institucionales. El médico simula seguridad con su bata blanca, mientras que el juez simula imparcialidad con su toga negra. Lo real ya no hace falta y, aunque hiciera, no entretiene.
A los vegetarianos les gusta simular que su hamburguesa sabe y luce como carne, aunque sea de soya y prediquen que aborrecen la arrachera. Las tarjetas de crédito simulan tener valor, cuando lo único valioso son las promesas de pago, aunque sea por el monto mínimo para evitar intereses. El maldito problema con lo real es que cada vez coincide menos con lo simulado, y eso pueque confunda tantito. Tal vez los mapas, los cristos y las fotos de Paraíso Caxcán no sean fieles a lo real, pero en un mundo simulado ¿quién diablos necesita discernir? El tiempo tampoco es real y sigue pasando; simular la vida es primordial, casi como cierto, lo demás, por fortuna, se ha vuelto prescindible.