JESÚS UGARTE VÁZQUEZ
Hubo un tiempo en que todos los niños de la colonia íbamos a la peluquería de Don Paul, un señor de anteojos que se la pasaba fumando mientras manejaba con maestría las tijeras. Después de él, no he visto a nadie que pueda hablar con el cigarro en la boca sin dejar caer la ceniza. El tipo era un genio en su trabajo. Mi padre también iba y siempre hablaba de futbol, al tiempo que en una pequeña tele analógica pasaba algún partido. Era todo un espectáculo para mí, que podía faltar a misa, pero no a la peluquería. Llegaba a la casa y, frente al espejo, me colocaba un lápiz en la boca, entrecerraba un poco los ojos, echaba la cabeza ligeramente hacia atrás, hablaba y hacía la mímica de estar cortando el cabello.
—No pierda la fe, Don Chuy. Va a ver que remontan. Noventa minutos, nomás que no se apendejen —lo imitaba, y mi madre me malmiraba por la palabrota.
Ese año, Pumas fue campeón de la liga, pero el triunfo me hubiera sabido mejor si Don Paul no hubiera muerto. Pasaba después de la escuela a mirar la cortina blanca, que con unas letras azules medio despintadas decía simplemente “Peluquería”, una cosa tan rara de ver, pues el lugar había estado siempre abierto, y ahora, arriba de la cortina, lo adornaba un moño negro.
Volvían a pasar los días y yo me seguía paseando por ahí, hasta que perdí la esperanza de ver esa cortina alzada y el letrero “Abierto” en el ventanal. ¿Y a dónde iría ahora?
Cerca del mercado habían inaugurado una estética que se llamaba “Unisex”, que tenía en los ventanales las fotos de Ana Torroja y Enrique Iglesias. Mi madre, al ver que su hijo se convertía de a poco en un “rockero mugroso”, amenazaba con unas tijeras de punta chata y me decía: —O vas a la estética o te corto ahorita mismo ese greñero que traes—. Y ante su amable propuesta, no tuve otra opción más que ir a dar con Doña Mary.
Más que una estética, el lugar era un punto de reunión para señoras. Tres mujeres sentadas en el sillón, hojeando el TVNotas y, de fondo, los horrendos alaridos de Pedro Sola en la tele. El olor a cigarro, al que me había acostumbrado, había sido sustituido por una mezcla de perfumes de sprays, geles y demás menjurjes. Por primera vez me pasaron la máquina, y con ello entré a la moda de los “pelos parados” que lucí durante gran parte de la secundaria y la preparatoria, hasta que una chava me hizo ver que, más que a un vocalista de happy punk, me parecía a Enrique de los Muppets.
Me creció la barba y, casi al mismo tiempo, se pusieron de moda las Barber Shops. Y ya no eran señoras, sino tipos de mi edad quienes atendían, quizá en protesta de esos años en los que uno se chutaba Ventaneando y en los que no había mayor imaginación en nuestros peinados. ¿Pero a qué costo? Se incluyeron términos como Jawline, Neckline, Cheekline y, para rematar, el Aftershave, así, todo en inglés. Y como hay que parecer bien machos, bien rudos, el atomizador de agua es una botella de Jack; si el espacio lo permite, una mesa de billar en el centro y un juego de dardos en la pared, porque ni modo de andar distrayendo al artista. Algunas Barber hasta te “regalan” un whisky, porque lo que importa es la experiencia, esa mentada palabra que ahora se emplea para justificar un alto costo en nuestras aburridas vidas, como el cine VIP o el café instagrameable. Todo para no sentir la zozobra y el vacío, para no sentir que se le rinde culto a las banalidades de la belleza que por tanto tiempo se les criticaba a las mujeres. No, el barbero no es el homosexual de la estética: ¡te acaba de dar un whisky!
No es que me pese ir a cortarme el cabello, sino que evito toda esa parafernalia con la que intentan convertir algo simple en un concepto falso de personalidad. Y en ese acto de evitar esos lugares, me pregunto: ¿alguna vez encontraré a un Don Paul?