JESÚS UGARTE
Después de terminar la mudanza, mi esposa y yo llegamos a un acuerdo que no permite ningún tipo de modificación. Un acuerdo sagrado que deberá ser respetado de manera vitalicia. Un tratado de paz. La puerta de mi estudio sería infranqueable. Un lugar inaccesible, hogar de mis libros, cuadernos, revistas y una PC gamer que cumple con todas las exigencias de entretenimiento y trabajo que necesito. Pero, sobre todo, un espacio de desorden, el palacio que en su interior custodian dos pilas de discos piratas y que deja ver una pared de corcho llena de chinchetas incrustadas. El cuchitril que todo hombre necesita. El tumor benigno que jamás debería ser extirpado.
La condición es simple: que todos los demás cuartos permanezcan impecables. Pero esta regla, aunque simple, es difícil de respetar. De alguna forma, el palacio vomita cada cierto tiempo algún libro que aparece en la cocina o sobre el tanque del baño, lo que claramente significa una necesidad de expansión. Misma que me he encargado de mitigar deportando a esos rebeldes a su cuchitril de origen. Resuelto el tema de esos libros astutos que han sabido burlar la seguridad de los dos guardias CD-ROM, se refrenda la paz con mi esposa y la invulnerabilidad de mi recinto.
Apenas había pasado una semana de habernos instalado cuando su amiga le marcó para insistirle en hacer un open house. Mi esposa, que no supo negarse a esa infamia, extremó su vigilancia de limpieza y orden los días anteriores a lo que, a mi juicio, significó una forma vulgar de intromisión. Ese tipo de eventos —como los quinceaños y las bodas— provocan siempre el mismo efecto: primero, la aparente aprobación de los invitados; luego, apenas cruzan la puerta, una crítica feroz y villana. La insistencia de la amiga supuso, además, el reproche de no haberla invitado a una boda que nunca hicimos: —Invítame, aunque sea a conocer tu depa —como si se hubiese adquirido una deuda que implicaba el mínimo gesto de simpatía para reafirmar su amistad basada en una ansiedad de cercanía que no se tiene ni con los hermanos.
La Cotorra, como he llegado a decirle (pese a que mi esposa me advierte que tenga cuidado de que un día me escuche), llegó acompañada de un contador risueño al que se le podían ver las encías cuando sonreía. Era sábado, pero parecía que los dos invitados habían salido de la oficina: él con traje y mancuernillas; ella con un vestido rojo y arracadas. El contraste era enorme. Había salido a recibirlos con una playera de Kurt Cobain apuntando con una pistola, pantalones de mezclilla y mis botas CAT. Recibimos un vino espumoso y un regalo que fue motivo de largas horas de conversación sobre arte y diseño de interiores: un juego de té, que, puesto sobre la vitrina, ocultaba mi taza acapulqueña, un recuerdo que se hacía mirar y rememoraba alguna playa nudista.
El vino se acabó y aproveché el momento para tomar un respiro de esas maratónicas lecciones de La Cotorra.
—No te vayas a tardar —dijo mi esposa, adivinando mis intenciones de prolongar esa escapada a la vinatería.
Regresaba con dos tintos cuando vi que la puerta de mi estudio estaba abierta. La Cotorra se había metido y, al parecer, mi esposa no había podido detener a la chismosa.
—Es como la bodega, ¿no? —dijo, al tiempo que fingía asombro por lo que claramente era un fastidio para ella, que profesaba con fervor el minimalismo.
Me molesté tanto que hubiera querido que el Kurt de mi playera la ajusticiara en ese momento, pero los ojos de mi esposa me pedían misericordia. Lo peor de todo es que, después de eso, se aventuró La Cotorra a hablarme de “un espacio limpio” y la supuesta relación que tiene con la eficiencia; de tener menos libros para evitar el “ruido visual”; de que un tal Peterson dice quién sabe qué cosa y una tal Kondo recomienda blablá.
—¿Te doy un consejo que no me pediste? —insistía, mientras yo pensaba: ¡No, Cotorra! ¡No te lo pedí ni te lo pediría jamás!
El contador no hablaba. Tan sólo abría la boca para enjuagar sus encías carnosas con el vino que ya andaba escaseando otra vez. Pobre hombre, pensé. Tan inhibido estaba por esa mujer que, apenas resbaló su codo en el filo de la mesa, ésta se escandalizó; tomó su bolso y, dando las gracias, se marcharon.
Se hizo válida la frase de Kerouac:
“[…] nadie lo invitó nunca un trago, nunca se rio ni se dejó llevar por el alcohol; dedicó las trasnoches a cultivar su úlcera para ser rico y darle a su familia lo mejor”.
***
El minimalismo establece, con cierta rigurosidad, que uno debe deshacerse de aquello que no necesita, pretendiendo con ello convencernos de una alternativa al consumo exacerbado y justificando su existencia —como es de esperarse— con grandes beneficios para la psique. Como si el problema fuera el desorden y no el hacinamiento.
El principio budista de «dejar ir» ha sido convertido en un discurso que disfraza la simplicidad y la mesura con la compra constante de baratijas. Como casi todo lo que presume grandes beneficios, despierta en mí sospechas.
Para empezar, no se está atacando nada que no exista como prioridad en el sistema. Es decir, el consumo está pronosticado, está calculado para hacerse cada cierto tiempo debido a la baja calidad de los materiales. Uno va a IKEA y se le olvida que el comedor de los abuelos sirvió sin descanso durante dos generaciones.
Luego está la parte de creer que es necesaria una depuración selectiva, tanto que la cuestión llega hasta los libros, a los que se les reemplaza hoy —en el mejor de los casos— por una suscripción mensual para leer o escuchar los textos en alguna plataforma. Situación que ha servido para decir que no hace falta tener tantos libros físicos en la casa. Pero como el libro también puede funcionar como adorno, los diseñadores tuvieron a bien crear los libros falsos, que sustentan la depravación completa del asunto: abstraer tanto el objeto que baste sólo como referencia, y no como instrumento. Lo cual, aparte de absurdo, representa una oda al cinismo que bien podría compararse con el arte conceptual.
Pienso que lo necesario es, en mi caso, todo aquello que me despierte reminiscencias y afectos. Un espacio de distensión al que puedo acudir después de la estrujante concurrencia de la ciudad y sus quehaceres. Hay en el librero un espacio para un libro más, porque así se robustece el nido de copiosas compañías.
Atendiendo a Eco, un libro es algo distinto a una mercancía y no permite la mesura de esas vanas restricciones. La madriguera es, en resumen, la firme oposición a la necedad de los incautos.

Bodegón con libros, Jan Davidsz de Heem.