JESÚS UGARTE VÁZQUEZ
Son muchas las palabras que caen en el derrotero de los hombres para apaciguar su malestar. Caen, porque es claro que hay un interés dentro de la verticalidad estructural de nuestra sociedad para que la máquina siga bien engrasada, siga marchando, siga caminando al ritmo insaciable de la producción y el consumo. De ese mismo sistema emergen términos como burnout o mobbing, que reciben, en respuesta, una solución rápida y facilona: cambiar de trabajo. Solución que, por supuesto, durará un par de meses antes de volver a sentir —en medio del transporte público o frente al monitor— otra oleada de disgusto, una embestida del ritmo cadencioso de las horas que se escapan.
Ser trabajador (o muy trabajador) da como resultado una respuesta positiva. Nadie ve con lástima al trabajador; al contrario, se le pide que esté agradecido. Se dice que alguien es bien chambeador con una sonrisa, nunca con preocupación. A nadie se le pregunta si su trabajo contribuye al bienestar social, si lo que hace le da sentido a su vida —como el ikigai japonés—, o si está satisfecho con los resultados de su esfuerzo. No. Se le pregunta antes si le va bien, si gana lo suficiente para vivir bien. Y ahí queda la responsabilidad, nada más: entre el salario y el hombre, entre lo que consume y lo que gana para consumir.
Y así, el trabajo todo lo filtra. Pueden pasar a través de él las intenciones más ruines, y seguirá revestido de virtudes, a pesar de que las consecuencias lleven a atentados contra la salud, contra la vida. Siempre que los ceros sigan engrosando las cuentas bancarias de los dueños, ellos seguirán aparentando ser la viva imagen de la inteligencia, una brújula moral a la que debería aspirar toda persona que persiga el éxito.
Pero ahora, en una época donde las ilusiones se han diluido ante la imposibilidad material de aspirar a los logros alcanzados por nuestros padres y abuelos, el gotero deja caer otra palabra para subsanar el malentendido de nuestro tiempo: resiliencia. El equilibrio perfecto entre el sujeto imperturbable y la perturbación de los objetos. La virtud de la impostura como acuerdo anticipado del declive. La firma en un cheque en blanco. La derrota disfrazada de fuerza, en donde en realidad sólo existe pleitesía.
En palabras de Diego Fusaro, en su libro Odio la resiliencia: contra la mística del aguante, el homo resiliens es el sujeto desprovisto de pasión y de entusiasmo, apaciguado de cualquier voz de disidencia, entregado al servilismo más ingrato y, encima de todo, defensor de las pocas migajas de felicidad que le toca recoger; defensor de lo propio, egoísta. Un ser líquido que se adapta entre las paredes que lo contienen y que ahí se queda, refugiado, soportando las inclemencias del mundo.
No sorprendería que, en un escenario en llamas, nuestras ilustres autoridades nos desearan ignífugos, serviciales en medio del sofocante calor de las brasas. Junto a ellos, sentados en su regazo, estarían los predicadores de siempre, abanicándose triunfales ante la desesperación de los otros.
