A todos nos sucederá, que en algún momento
alguien nos tocará el hombro y nos dirá,
no solo que la fiesta se acabó, sino algo
ligeramente peor, la fiesta sigue,
pero tú te tienes que ir.
Y va a seguir sin ti.
Christopher Hitchens
JESÚS UGARTE
Qué manía la de bautizar a los hijos con el nombre de su progenitor. Hay un problema serio en esperar la trascendencia a partir de reflejarse en otro ser. Quizá lo diga porque, encima de la molesta carga de “seguir el buen ejemplo”, está el hecho de llamarme Jesús, que ya de por sí representa una insolencia mayúscula.
Si las cuentas no me fallan, vendría a ocupar el sexto lugar dentro de la tradición familiar. Jesús VI, para darle un carácter monárquico, pero ni así suena bien. Con el paso del tiempo me he tenido que acostumbrar a los apodos Chucho, Chuchín, Chuy, y, por relación con mi padre, “Junior”, que algún malinchista utiliza para no decir “hijo de”. Y es que, además, existe un fervor malsano en mi familia. Mi abuela se llama Fe; mi tía, Amparo; mis tíos Juan Gerardo, Isac y Jeremías.
Después de este desfile de nombres, ¿cuál sería mi aporte a la dinastía de creyentes? Pues el de decidir no tener hijos y, desde luego, renegar de Dios y de cualquier creencia religiosa. Lo que le otorga un nuevo grado de absurdidad al asunto: llamarse Jesús y ser ateo. No menos absurdo fue el hecho de que, apenas se enteró mi padre de estas dos cosas, comenzaron las contradicciones:
—¿Cómo de que no vas a tener hijos? Todos tienen hijos, los animalitos tienen hijos. Es lo natural. ¡Dios mío! —y otras veces decía—: ¿Cómo de que no crees en Dios? Ni que fueras un animalito ahí nomás.
De tal suerte que parecerse o no a un animalito resultaba en algo paradójico. Tan extraño que, cuando tenía diez años y murió mi perro, mi padre me consolaba asegurando que Terry estaba en el cielo. Encima, el crematorio que nos entregó las cenizas tenía un nombre cursi. Algo así como “Ángeles con patitas” o “Angelitos con cola”.
A la postre, mi resolución incluyó negarme al mercado de animales, no tener ninguna mascota que hiciera las veces de compañía ni comprar alguno de esos perros tan pequeños que, cuando no parece que se les salen los ojos, roncan por no poder respirar bien. Unos engendros a los que la gente llama hijos, que les ponen zapatos y los llevan en carriolas, mientras en alguna guerra cientos de niños quedan desamparados. Dios mismo, al ver a esos monstruos, volvería sobre sus pasos y se preguntaría: ¿Qué carajos hice mal?
Por otra parte, ¿no son el transporte público, el tránsito y las filas interminables del supermercado suficientes anticonceptivos como para pensar que, probablemente, estamos yendo en dirección contraria a la prosperidad? Los sueños, las promesas y aspiraciones, terminan por formar un embudo en el que no podemos pasar todos, por más que nos esforcemos. Pero parece que esa operación aritmética en la que mil personas no pueden ocupar veinte lugares no termina por resolver el misterio de por qué actuamos como actuamos.
Siguiendo la idea lacaniana del deseo, encontramos que, en realidad, lo que deseamos es el deseo del otro. El fin no justifica los medios, sino que, más bien, los deseos justifican las acciones. Y, en ese sentido, el haberme llamado Jesús responde al deseo de desear para mí, el deseo de desear la vida de mi progenitor y sus creencias. Decir no a tener hijos, decir no a su idea de vida eterna, de cielo, de paz, es negarlo, es decirle que sus deseos no tendrán resonancia en mí y que terminarán conmigo.
***
A propósito de Medio Oriente, hay una teoría que apunta a que el nombre Jesús viene del acrónimo de una maldición judía (yimaj shemó ve-zijró), que forma la palabra Yeshú y que vendría a significar algo así como “Que su nombre y su recuerdo sean borrados”. Lo cual resulta gracioso en un país como México, donde se trata de un nombre popular y nada extraño, aunque, claro, ha venido perdiendo prestigio a la par que la Iglesia.
Lejos de una motivación religiosa, la maldición es de una ignorancia supina: la de creer que ser olvidados no es el destino de todos. Así que sí, seré olvidado. Como el primero y el último de los hombres; como los hijos no nacidos que existen como ideas y mueren en resignaciones; como los jesuses anónimos, anómalos y malditos.
Pues, como decía Cioran: “La vida solo es posible si hay olvido”. Nadie puede vivir en la vigilia permanente de recordar y ser recordado.

Cristo en el desierto, Ivan Kramskoi.