JIMENA CERÓN
Hace un año murió mi abuelita.
Durante mucho tiempo pensé que no estaba preparada para ese momento. Su edad y las complicaciones de salud hacían imposible ignorar una realidad que, poco a poco, se acercaba. Como familia, sabíamos que eventualmente tendríamos que despedirnos de ella. Sin embargo, aceptar algo no significa dejar de dolerse por ello.
Comprendía que su cuerpo estaba cansado, que había vivido una vida larga y que el tiempo seguía su curso natural, pero una parte de mí deseaba que aquello no fuera real. Que todavía quedara una noche más, una conversación más, una llamada más. Porque el amor tiene esa capacidad de oponerse silenciosamente a aquello que ya sabe inevitable.
Con el paso del tiempo he descubierto que recordarla no significa permanecer en el dolor de su ausencia, sino reconocer todo aquello que continúa presente. Su vida dejó huellas tan profundas que permanecen mucho después de haberse ido.
Pensaba en esto hace unos días mientras acomodaba mi cabello. Desde pequeña me enseñó a trenzarlo. En aquel entonces parecía una actividad simple, una rutina más entre tantas otras: apurarnos en las mañanas, tomar algo antes de ir a la escuela y estar listas, puntuales y sin pendientes a la hora indicada. Hoy entiendo que detrás de cada trenza había mucho más que una técnica; había tiempo, dedicación y cariño. Mientras acomodaba mi cabello, también iba transmitiéndome enseñanzas que tardarían años en cobrar verdadero sentido.
Con frecuencia pensamos que las lecciones importantes llegan a través de grandes discursos o consejos memorables. Sin embargo, algunas de las enseñanzas más significativas se transmiten en los momentos más cotidianos. Mi abuela me enseñó a ser atenta con los demás, a ofrecer ayuda cuando fuera posible y a entender que la solidaridad no es una idea abstracta, sino una práctica diaria construida a partir de pequeños actos de cuidado.
Cómo olvidar cuando veía a alguien trabajando en el camellón o realizando alguna labor bajo el sol y comenzaba a buscar qué podía ofrecerle. Una bebida fría, algo de comida, unos dulces o cualquier cosa que encontrara a su alcance para compartir. Porque eso era ella: la abundancia de dar. No porque le sobrara, sino porque encontraba alegría en cuidar de otros.
Si existe una imagen que la representa para mí, es la de una mesa llena. No hablo solamente de reuniones especiales, cumpleaños o fechas festivas. Hablo de cualquier tarde común en la que alguien decidía pasar a saludar. Parecía que siempre había espacio para una silla más y algo que compartir. No importaba quién llegara a la casa; de una u otra manera terminaba siendo recibido como parte de la familia.
Esa era una de sus cualidades más extraordinarias. Tenía la capacidad de transformar las amistades en familia. Adoptaba personas sin necesidad de formalidades ni explicaciones. Los amigos de sus hijos, de sus nietos, los vecinos, los conocidos y quienes llegaban por cualquier coincidencia de la vida encontraban en ella una puerta abierta y una bienvenida sincera. Quienes se acercaban a su hogar jamás permanecían siendo simples visitantes; terminaban convirtiéndose en parte de él.
Hoy, cuando miro a muchas de las personas que seguimos reuniéndonos para recordarla, comprendo que ella fue el vínculo que hizo posible muchos de esos encuentros. Algunos compartimos lazos de sangre; otros compartimos años de amistad. Sin embargo, en gran medida estamos unidos por ella. Mi abuelita fue ese punto de encuentro desde el cual se tejieron relaciones, afectos y recuerdos que continúan existiendo incluso después de su partida.
Tal vez por eso su ausencia nunca se siente completa. Porque permanece en cada una de las personas que tuvieron la fortuna de conocerla. Está en las historias que seguimos contando sobre ella, en las recetas que todavía se preparan, en las costumbres familiares que conservamos y en la manera en que nos relacionamos unos con otros. De alguna forma, sigue sentada en medio de estas reuniones que ayudó a construir durante tantos años.
Mi abuelita también me enseñó algo que con frecuencia se menciona, pero pocas veces se comprende en profundidad: la fortaleza. Durante mucho tiempo pensé que ser fuerte significaba resistir sin cansarse o avanzar sin mostrar vulnerabilidad. Con los años entendí que ella practicaba otro tipo de fuerza. Una fuerza que permite reconocer las dificultades sin dejarse vencer por ellas; que acepta el dolor y aun así encuentra motivos para continuar.
Y entonces conocí uno de mis peores miedos: no volver a verla. Pensar que no sabría realmente por qué había tardado tanto en regresar a casa. Pero Dios nos permitió un último encuentro. Pudimos volver a vernos, reírnos una vez más, recibir su bendición y tomar su mano en silencio mientras nos mirábamos. Creo que las dos sabíamos, sin decirlo, que aquella sería nuestra última vez juntas.
Quizá esa fortaleza estaba estrechamente ligada a otra de las enseñanzas que más valoro: su capacidad para mantener la esperanza. Tenía una manera particular de mirar la vida que le permitía ilusionarse incluso con las cosas más sencillas. Encontraba alegría en las reuniones familiares, en las visitas inesperadas, en las conversaciones largas y en los pequeños acontecimientos cotidianos que muchas veces pasamos por alto. Porque para ella cualquier logro era motivo suficiente para una gran celebración.
Me enseñó que la esperanza no depende de ignorar las dificultades, sino de elegir no dejar que ellas definan por completo nuestra manera de vivir.
Hace un año nos despedimos de Felicitas: mi abuelita, la madre, la amiga, la tía, la comadre, la suegra y la bisabuela. Pero sigo encontrándola en todas partes y en todos nosotros.
La encuentro en quienes aprendimos de su generosidad, en quienes heredamos su fortaleza y en quienes seguimos reuniéndonos alrededor de una mesa que ella ayudó a llenar de amor. La encuentro también en los más pequeños de la familia. En aquellos que quizá no tuvieron la oportunidad de conocerla tanto como nosotros hubiéramos querido, pero que crecerán escuchando sus historias, aprendiendo sus enseñanzas y recibiendo el legado que ella dejó en cada uno de nosotros. Porque las herencias más valiosas no son las que se guardan, sino las que se transmiten.
Y quizá ahí reside el verdadero significado de su permanencia. No sólo en el recuerdo de quien fue, sino en todo lo que sembró en nosotros. Porque nunca va a desaparecer del todo. Continúa viviendo en quienes la amamos, en los vínculos que nos ayudó a crear y en las enseñanzas que siguen acompañándonos cada día.
Mi abuelita fue el puente que unió a muchas personas y, aun ahora, sigue reuniéndonos. Tal vez esa sea la prueba más clara de que algunas presencias son tan grandes que ni siquiera la ausencia logra romperlas.
Gracias por seguir aquí, honrando su vida, celebrando su memoria y recordando el amor que nos dejó.
Su nombre era Felicitas y, con los años, comprendí que le hacía justicia. Porque si algo sabía hacer era convertir la vida cotidiana en un motivo para la alegría.
Te ama eternamente, tu nieta, Jis.
03/07/2026
