ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
“Chicho” como le decíamos muchos, a su pesar y resignación, visitó El Rey Chanate, galería editorial ese martes, como lo venía haciendo desde dos años antes y otros tantos más atrás, cuando fuimos afortunados de llevar cátedra libre con el maestro en el taller de El Tren, colectivo de artes y oficios. Le pedí que me diera una entrevista, no se habían presentado los asiduos contertulios ni alegres libadores de cebada que, como verdaderos feligreses, acudían una tarde y la otra y la otra; la propuesta no lo sorprendió, era una persona de trato muy afable, tenía eso que se conoce como “don de gentes”, le gustaba conversar, ¡Chicho era muy chicho!
Le pedí que me hablara de su experiencia como docente universitario y artista, como casi siempre sucedía con él, fue imposible limitarlo y todos sus temas recurrentes fueron apareciendo aderezados con su peculiar manera de hablar, una charla vívida, muy apasionada. Por desgracia lo que pude salvar de un audio mal hecho y de una conversación en la que abundó la cháchara borracha fue más bien poco, pero sustancioso.
Saco a la luz esta entrevista a manera de homenaje a quien fuera una mágica persona, un amigo muy querido y que será de forma perenne un artista, un intelectual, un maestro, ejemplar, apasionado y propositivo. La presentamos como monólogo, ya que las intervenciones mías carecen de relevancia. Tarsicio era un gran conversador, saltaba de un tema al otro y luego aplicaba un remate de esgrima, ese día no fue la excepción.
“Mi nombre es Tarsicio Pereyra Flores. No terminé la carrera de Economía… inconclusa, por otro lado (tomé) un primer taller en el museo Goitia, posterior un taller de tres años en la universidad (UAZ)… Buena parte soy autodidacta, tanto en la cerámica como en la pintura, que se entrelazan con el asunto de la docencia.
Entré como muchos a dar clase: se abrió un turno para gente más joven en la preparatoria tres (Fresnillo, Zacatecas), hacían falta maestros y se reclutaban abiertamente entre estudiantes; muchos de ellos sí terminaron, otros… nunca terminamos. El inicio de la docencia, no es que pervierta la forma de vida ni mucho menos, pero tiene siempre un sentido de recta y permanecer en buenas condiciones mínimo un año, hablaba algo de uno; sin embargo, por el ir y venir a Fresnillo, el desencanto se empezó a sentir en la carrera y ese desánimo hizo que no concluyera la licenciatura.
Permanecí ahí, trabajando con adolescentes, once años, y con adultos en las nocturnas (las preparatorias) los llamados turnos nocturnos, que en realidad debieran ser vespertinos porque empezaban a las cinco de la tarde y terminaban a las diez de la noche.
Todo se circunscribía a un programa general, pero había textos que todo mundo leía, ya hasta parecían catecismo… Pero había la posibilidad de “meterse por otro lado” e intentar explicarse por qué uno estaba diciendo tal cosa, si lo que uno decía tenía un sustento o nos estábamos moviendo en el fabuloso terreno de la suposición. Yo me metía en cosas que me interesaban más.
…Tuve lapsos (como docente), a veces era técnico… hasta que me invitaron a Docencia Superior (UAZ); y ahí estaba sabroso porque era entrarle con cosas para cuestionarme, pero de alguna manera evitar la filosofía, porque al meterse en esos lindes: no se sale. Por eso prefiero plantearme mis problemas como pintor, ahí sí me siento a gusto.
Mira, yo no sé de dónde se sacaron eso de “las competencias”. Es un completo absurdo. Todo está basado en la cooperación, en los sentidos comunitarios y grupales, en lo multicultural, pero lo multicultural no como punto de partida para estarse chingando unos a otros, como en la sociedad mexicana. Apropiación y expropiación de las “mil clases sociales”.
Para mí la pintura es una trinchera, la pintura me salvó, no como sustituto, sino como una manera de entender los problemas que me planteaba. Las relaciones humanas se han convertido en un balde de caca y en todas las “instituciones” sólo hay burocracia, las “competencias” en la vida cotidiana es violencia”.
Como pintor Tarsicio Pereyra puede ser comparado con artistas del expresionismo abstracto y la pintura informalista española de los años 50-60 del siglo XX. Su búsqueda formal se concentra en la materia, la investiga, la prueba, la pone en crisis, el suyo es un discurso de las posibilidades materiales para concretar los efectos emocionales y subjetivos. Radical en su pensamiento político, “Chicho” fue siempre un comunista de comunidad, de hechos, no de cafetería; su obra no era panfletaria, al contrario: era siempre una apuesta por la libertad y la belleza de la vida simple, “de campo” y evocan sus formas a las de la naturaleza: las gotas de lluvia, el trajín del viento por los arboledas del río Juchipila, la hierba rebelde, el roquerío vestido de musgo, los pequeños brotes vegetales y la hojarasca que cruje. Sus enseñanzas del arte y de la vida vivirán entre los que disfrutamos de su amistad y compañía.

Tarsicio Pereyra Flores (D.E.P)
Litografía a color sobre papel algodón
30 x 40 cm
*Entrevista grabada por el autor de esta columna un martes del año 2017 en la galería-editorial Rey Chanate