ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Tendría once años cuando vi mi primer cadáver. Iba con mi papá por la Avenida Revolución, en Guadalupe, Zacatecas, notamos que en un cruce había una multitud que rodeaba el cuerpo de un hombre mayor tendido sobre el pavimento: pantalón café de vestir, camisa polo color mamey, zapatos negros, de su cabeza canosa se desprendía un manchón extenso de sangre que ya comenzaba a oscurecerse, sus ojos bien abiertos viendo de frente a la muerte. La escena duró apenas unos segundos, pues mi padre no me dejó seguir regodeándome en el morbo y la sorpresa, además de que en ese momento aparecieron los paramédicos y la policía quien corrió a los mirones. Al alejarnos pude escuchar que una mujer dijo: “fue el de la ruta de Sauceda, ¡esos güeyes siempre van a madres!”. Después de ese episodio he visto el cuerpo inerte de otras personas, incluso de amigos y familiares, pero ninguno se ha quedado tanto tiempo en el columpio colgado en el árbol de mi memoria. A veces sorbo la sopa y el muerto aquel se revela o cargo al gato o me doy un baño y ahí están sus ojos tenebrosos observándome.
El negro, negación de la luz y su refacción, no se considera un color, sino una ausencia, por este aspecto es que se comenzó a usar como un homenaje a los difuntos, pues el cadáver yuxtapone una masa negra, de perdida, sobre el espacio; el dolor padecido que deja la muerte del otro también es negro, porque otro color no es posible ante la pesadumbre. ¿A dónde va el muerto?, a ese territorio infinito, inaprensible, en el que flotan los cuerpos y los planetas: el “hueco” del callamiento como lo escribe Gonzalo Rojas.
En el expresionismo abstracto de los años 50 en Estados Unidos, algunos artistas como Franz Kline y Robet Motherwell realizaron investigaciones estéticas referentes a la caligrafía oriental y al uso estricto de la pintura negra como vehículo discursivo, ¿cómo abarcar desde la grafía toda la profundidad y pluralidad del lenguaje?, en el caso de los pintores mencionados no se trata de una “reducción”, sino de una apertura del arte de la pintura hacía la escritura, una hibridación entre la imagen y su traducción lingüística.
Javier Cortez presentó hace un año la serie de obras “Negras razones”, conformada por pinturas, dibujos, arte objeto e instalaciones, el motivo recurrente en las obras es el negro, la exploración que Cortez realizó en estos trabajos muestra diversos niveles de interpretación del negro, desde color de luto hasta símbolo de la trascendencia, la ausencia y el silencio, la elegancia y la solemnidad. La pintura de Cortez es de corte abstracto con formas abiertas, en sus trabajos el contenido explota y apenas es retenido por el material bruto, es decir por la madera del bastidor y la tela o por el papel y el vidrio del marco; su lenguaje plástico suele ser fluvial, escurridizo y eléctrico, la forma no está domesticada y por el contrario, vibra y refulge.
En esta pieza, y de forma personal, veo el cuerpo de un poema y veo a aquel atropellado con el que descubrí la fina permanencia de la vida. El pincel del artista ha pintado algo que no está, en este sentido ese cuerpo nudoso y entrelazado es un “no ser”, una especie de no materia que se expande y cuyo movimiento oscilatorio percibimos desde la supremacía óptica del vivo o del lector, siendo un esqueleto de versos disueltos. La pieza es de una gestualidad conmovedora, pues presenciamos a nuestros ausentes y a su vez escuchamos-vemos la letanía funeraria, lo pintado, ese gesto rápido con el pincel, funciona como un disparador de la nostalgia, de la melancolía, por eso o aquel cuya no presencia pervive.

Autor: Javier Cortez
Serie: “Negras razones”
Técnica: Acrílico sobre papel, 37 x 46 cm
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