ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Doce horas de trabajo mecánico, estandarizado y bajo la supervisión de un insufrible bigotudo son, de forma contundente, lo peor que el capitalismo puede hacer a un individuo; los anhelos se evaporan, el ansia crece, la humanidad se queda afuera mientras llueve y sólo vuelves a ella en los quince minutos que la bestia te regala con la única intensión de que te fortalezcas para continuar. En la fábrica vi a personas desfallecer de cansancio, adictos a la efímera vitalidad de un salario raquítico, enervados con metanfetamina para “aguantar” y sobretodo en un trance inducido y violento por sostener una existencia mísera, supeditada al pago de bienes y servicios, con una o dos visitas al prostíbulo y el alcoholismo como únicos alicientes para mantener el ánimo.
La fábrica también uniforma a sus obreros con ropas que le son convenientes: monos sin bolsas para que no hurten material, cascos y gafas que simulan seguridad, botas con metal, personas de cualquier género desfilan en las entradas de estos mataderos vestidos de igual manera bajo clasificaciones jerárquicas, aprendices de azul, expertos de negro, proveedores de café. ¿Necesita el ser humano zapatos?, en la absurda vida paralela que creo sí. Los pies, ingeniería preciosa y flexible, al ser calzados han sido también puestos a disposición de amos y su extravagante petulancia, con la que finge proteger a sus siervos. No fue sino hasta la Revolución Industrial que las personas perfeccionaron la cubierta de sus pies para “cuidarlos” o “adornarlos”. La bota del vaquero, la del obrero, la zapatilla deportiva y el tacón de la señorita secretaria (apéndice patriarcal) satisfacen la misma necesidad simbólica: potenciar al pie, diferirlo, ataviarlo para que deje de ser lo que es, para fijarlo esclavizado al uso, a la aplicación y a la labor. El calzado es la primera cadena del fetichismo de la explotación.
Lo que Van Gogh pintó en “Un par de zapatos “(1886) y que Heidegger analizara posteriormente con vehemencia, eran esos “artefactos” que sintetizan en sus gastados componentes la experiencia humana, su irremediable tendencia a la dominación y más que eso: la síntesis de sus esfuerzos que sostienen la fantasía ultra-humana de la vida que se “gana”, que se “conquista”. Quizá no todo el calzado nos conduzca por iguales meditaciones, posiblemente suceda algo muy diferente con los huaraches, más primitivos y ligeros o con mis favoritos los crocs porquería de la era del plástico, pero irremediablemente adorables para el holgazán, el artista y el filósofo.
Ahora imaginemos a una paloma que hace de las botas de labriego de Van Goh su nido, la rígida cama de sus polluelos o más allá: envalentonada y humanoide decide calzar sus nudosas patas con esas botas. La paradoja es doble y desdobladamente patética pues son estos pájaros otras víctimas del engranaje de la domesticación, convertidas en plaga, las palomas son vecinas de los humanos, pero, a diferencia de nosotros, su tiempo, que también se vierte en la auto aniquilación y el placer, lo ejercen con desdén, se pasean barrigudas y cantoras por los parques, defecando resueltamente todos nuestros ridículos iconos. Esto es lo que nos presenta Jenifer Mina en su grabado “Soy una paloma ¿y qué?”, aguatinta y aguafuerte en la que podemos apreciar un estupendo manejo de las calidades de la línea y la mancha, los pequeños bloqueos en la placa que dan como resultado esa textura similar a la espuma o a la lluvia; contundente su composición de tercios en donde el remate es la pequeña corona del ave, la misma que ufana y en reproche nos lanza la afirmación de su naturaleza e identidad con tan severa seguridad que no da lugar más que a bajar la mirada luego de lanzar la migaja que presagia la boruca de alas batiéndose.

Título: “Soy una paloma ¿y qué?”
Autora: Jennifer Mina
Técnica: Grabado al aguafuerte y aguatinta
Medidas: 32 x 24.7 cm
Año: 2024
Instagram: @najennmi