Fotografía: Cortesía
MARTÍN ÓSCAR SÁNCHEZ BECERRA
La madrugada venía arrastrándose desde los cerros cuando salí tambaleando del último burdel del camino. El techo de lámina retumbaba con los gritos y las risas gastadas, y el olor a perfume barato se me quedó pegado en la camisa como un recuerdo que nadie pidió. Había perdido hasta el último peso en una mesa de baraja: uno cree que la suerte lo va a redimir, pero la suerte nunca visita a los pobres. Menos a los borrachos.
Desde que ella se fue con ese hombre de dinero, de tierras, de sombrero fino, yo me perdí en estos lugares donde la noche no pregunta nombres ni historias. Ella me había querido alguna vez, o eso creí. Pero cuando el otro apareció con su caballo brillante y su promesa de un futuro seguro, yo me convertí en lo que siempre he sido: nadie. Y así terminé buscando consuelo entre botellas que no me hablaban y mujeres que no me conocían.
Caminé por el camino polvoso mientras el cielo empezaba a enrojecerse con ese color que aparece cuando el amanecer todavía está decidiendo si llega o se arrepiente. El aire soplaba seco, arrastrando las ramas duras de huizaches secos y mezquites viejos, esos árboles que parecen pedir agua con los brazos levantados. El viento me helaba la cara, pero adentro estaba peor: ahí no soplaba nada desde que ella se fue.
Me detuve para encender un cigarro, pero mis manos temblaban tanto que la lumbre se me apagaba antes de tocar la punta. Maldije bajito. El silencio que había alrededor no era un silencio cualquiera; era uno espeso, pesado, de esos que parecen esconder algo detrás. Ni los grillos cantaban. Ni los perros ladraban. Nadie debería caminar solo en un silencio así, pero yo no tenía otra cosa que hacer más que seguir adelante.
Fue ahí, en medio de esa nada, donde la vi.
Sentada sobre una piedra grande, como si llevara horas esperándome sin cansarse. Tenía un rebozo oscuro que le cubría el pelo y parte del rostro. La ropa era sencilla, casi pobre, como la que usan las mujeres del campo cuando ya aprendieron a vivir sin pedir nada a nadie. No era joven ni vieja; era… indefinible. No destacaba, no llamaba la atención. Pero tenía una presencia que no se aprende: la de alguien que camina sin hacer ruido, la de quien sabe llegar sin ser vista.
Me quedé quieto. No sé por qué, pero me quedé quieto.
—Buenos días —dije, más por costumbre que por educación.
Ella levantó la mirada despacio. Sus ojos eran tranquilos, muy tranquilos, pero no de esos que dan paz. Más bien de los que hacen pensar que el mundo ya no les debe nada.
—Te esperaba —susurró.
La voz le salió suave, casi como si hablara dentro de mi cabeza y no desde afuera.
—¿Cómo que me esperaba? —pregunté, frunciendo el ceño.
Ella no sonrió, pero la luz roja del cielo le iluminó la cara apenas.
—Desde antes de que salieras del burdel —respondió.
Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el frío. ¿Cómo podía saber dónde estaba? Nadie me sigue. Nadie me busca. Nadie me necesita. Y sin embargo, ahí estaba esa mujer hablando como si conociera mis pasos desde hace días.
Empecé a caminar, no sé si para alejarme de ella o para obligarla a demostrar qué quería. Ella caminó a mi lado sin dificultad, sin prisa, sin pisar fuerte. Como si no pesara nada.
—Vienes cansado —dijo de pronto.
No dije nada. ¿Qué podía decir? Yo era un costal de cansancio, de pérdidas, de botellas vacías.
—Vienes vacío —añadió después.
Eso sí me dolió. Porque era verdad. Desde que mi mujer se fue con ese hombre de sombrero caro, sentí que algo en mí se quedó atrás, tirado, olvidado. Como si el corazón no hubiera querido acompañarme.
—Lo esperaste mucho tiempo —murmuró la mujer—. Demasiado.
Me detuve.
—¿A qué vienes? —pregunté con un temblor que no pude disimular.
Ella no me miró; siguió viendo hacia los cerros como si fueran un libro abierto.
—A acompañarte —respondió.
El sol empezaba a levantarse detrás de las piedras altas. El cielo rojo se convertía en un naranja extraño, como si ardiera desde dentro. El aire ya no soplaba. Nada se movía.
Ella señaló el sendero que se abría entre los cerros: un camino delgado, pedregoso, que parecía no tener fin.
—Ven —dijo—. Ya es hora.
No me agarró del brazo. No me obligó. Sólo avanzó, y yo, sin entender por qué, la seguí. Cada paso que daba se sentía más ligero que el anterior. Como si el peso de mis deudas, mis pérdidas, mis noches en vela, se fuera quedando atrás.
A mitad del camino me di cuenta de algo: no se le escuchaban los pasos.
Ni uno solo.
Me detuve. Quise preguntarle quién era, pero no me salió la voz.
Ella se volteó. Sus ojos ya no eran tranquilos: eran profundos. Como pozos negros donde nadie ha tocado fondo.
—No tengas miedo —dijo—. A los que han amado de verdad, yo los trato con cuidado.
Y ahí lo entendí.
Ella no era una mujer del campo, ella no era una viajera perdida, ella no era una aparición de la madrugada.
Ella era la muerte…
Pero no esa muerte fría que uno se imagina con capucha y guadaña.
No esa muerte cruel que arrebata.
No esa muerte que llega gritando.
Era la muerte humilde.
La que se sienta a esperar.
La que no exige.
La que entiende cuando el alma ya está cansada de pelear.
Caminamos un poco más. El sol salió completo, reventando el cielo en colores que yo nunca había visto. Ella se detuvo en la punta del cerro. Yo también.
—Aquí —susurró—. Aquí ya no te duele nada.
Sentí que mi cuerpo dejaba de pesarme.
Sentí que el frío se me iba del pecho.
Sentí que, por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me asustaba.
Dicen que en ese cerro encontraron dos huellas al amanecer: una profunda y otra ligera.
Dicen que más adelante solo quedó un rastro.
Dicen que desde entonces nadie volvió a verme.
Y yo…
yo sólo recuerdo que por fin descansé.
Me encantó, muy bonito cuento:’)
El final , me enchino la piel, muchas felicidades profe , tiene tanta capacidad de transmitir atraves de sus escritos y palabras , lo quiero muchísimo