Imagen: Pintura 1946, de Francis Bacon.
I
Él es Boris, un enfermo del aire que se adentraba a cada instante a su pecho que rugía, que rogaba por el pensamiento ahogado en su misma sangre.
Se ha llamado poeta, arrancándose los deseos entre los dedos, sacando piedra tras piedra de su boca, boca suya y de aquel, de aquel y de nadie más.
Es decir que su corazón ha devorado su jaula y ha salido disparado, allí donde los pájaros cantan sin restricciones, se fue lejos de él, de él y sus largos brazos de metal se han quedado perforados, con pastillas cayendo lentamente como el pétalo en otoño.
Todos se han compadecido con las manos apretando el pecho, tal cual el violador con su víctima: mi tumba… Pero ¿quién le daría un destino al leproso? ¿Quién se casaría con él? ¿Quién será su madre? ¿Su padre? ¿Quién será el rayo de sol tocándole pacientemente, amorosamente el pecho?
¡Su pecho está vacío! ¡Oh, el goce del morbo!
El suicidio le ruega a la navaja sin tronco para sostener la hoja esperanzadora
que lo hubiera llevado lejos del centro de la sombra de un cementerio, de modo que arrastrara sus páginas, tantos libros, hasta su cuarto, que también son hojas sueltas, hojas de dos metros de altura… Evoca a su amado, evoca a cuerpos sanos para arrancarles el corazón del pecho con lo único que tiene: ¡palabras!, les arrancará la esencia para vivir siglos, pensando que el día cotidiano siguiente será mejor.
II
La luna que se funde en el temor, tan blanca, tan roja como el vino que se te sube
hasta la cabeza, ahí se fecunda como un gusanito que logre alimentarse de ti…
Con diecisiete años no sabrás de colores, con setenta no sabrás cómo nace el dolor.
El incesto de tu voz y la colmada resistencia de tus brazos de tomar lo que no existe…
¿Qué le habrá pasado al bebé con tierna mirada para que haya terminado ahorcado en
una cuna de pálido azul y nubes tormentosas? ¡Es una cuna! ¿Cómo puede ser posible?
Te irás al bosque a aullar tus penas. ¡Llora el niño lobo! mientras en un canibalismo feroz
comerás de tu boca, haciéndola callar. ¡Que dichoso! Le harás el amor a la luna
con tus manos peludas, con tus manos humanas, con la esperanza de la luz que emana,
con esa luz pura que se refleja en el charco que has brotado después de ahogarte.
Huirás más lejos, te morirás en sueños fantásticos donde la luna será mujer y tú finalmente
te harás hombre como aquellos dioses.
Limpiarás pañales de bebés con panza llena de lobos huérfanos, mientras tus labios siguen
embriagados y tus manos te arrastran con largas cadenas
hasta que te dejen vacío de sangre.
III
No importa de dónde vengas, si con alas has bajado hasta el fuego inminente del infierno
o con cuernos algún día logres subir con tus propias venas hasta el cielo, con el Dios
privado de tus mismas alabanzas.
De pronto te darás cuenta lo que significa la crucifixión, tú eres un Dios embriagado,
como aquel que divaga entre las calles con un paso débil y vagabundo,
como el ingenuo niño que no sabe que con una piedra le ha aplastado
el pecho a un gorrión recién nacido tirado en la acera, no tuvo madre.
Tu alma abandonada, infantilmente sudando por descubrir el camino desde la tienda
hasta la casa. ¡Estúpidamente corto para un niño de setenta años! Tan niño, ¡tan viejo!
Con esa mirada amedrentada, con una compasión desenfrenada por el perro con las tripas de fuera, nunca comprendiste al niño burro que cargaba el mundo entero detrás, en su espalda (el único que conocía), nunca supiste abrir la ventana de tu rostro para ver la pradera
tan verde, tan árida, llenas de flores, llena de pétalos de carne, ¡de tu carne!
IV.- Detrás de ti, mamá
Tú, en la cruz en la pared
y yo colgando del techo,
colgando de vocales
temblorosas, templadas,
de malditos rezos seductores.
Mi boca se había vuelto una
razón para morir, es tarde…
Es tarde, Boris, Boris, es tarde
para poder morir, enamorada.
Hazte hombre, enamorado.
La sombra viajera, llamarada
de verlo.
Cuídenlo de mí.
Él en la cruz y yo
colgando del techo.
Las paredes me han hablado
me han contado del dolor de mamá,
me dijeron que el romanticismo
la hizo huir de aquellos glóbulos rojos
que llevaban algún apellido,
su sombra que usurpa su origen.
Yo en la cruz…
El gran señor,
está colgando en el techo.
Él, está sobreviviendo en el techo
Con palomas tan blancas como
la pureza aquel niño, su inocencia,
que ahora es el cigarro sobre el
cenicero.
Boris, No hables del cenicero,
No hables del dolor
No hables de la desolación
No hables de tu cárcel: Tu silencio
¡Oh! Tanto silencio.
De un momento a otro, ya coronado
con espinas hechas de lenguaje,
Soy el cuervo que se arrancó el pico.
Soy el verso que corría como agua,
de manera aguda buscando otro oído
al que romper…
Ser el viento que está gritando entre
las ramas,
soy el exorcismo a cada verso, a cada desgracia.
Yo colgado en el techo.
señor, tu no podrás morir.
Soy su cuerpo,
soy su semejanza.
Un corazón de la noche…
Habla, Boris, habla
Tu mamá escucha:
Habla, Boris, habla
Pero no grites, no alardes
de ese trofeo, quiero decir:
Tu verso muerto, tu cadáver
quiero decir: Tu lengua
tu verdugo.
V.- Ya es tarde
No apagues la luz, aquel reflejo no es un casi hombre, tiene apenas diecisiete años,
es un desdichado, ¿Quién lo ha de venir a salvar? Cuerpo de gavilán y pecho de gorrión…
Ya es tarde;
El sitio vacío donde la luna cansada va penetrando, hace opaco el lirio sobre el cenicero
purificando poco a poco la insensible noche a mitad de página… Las silabas desnudas,
ya es tarde;
El poema se ha abierto sobre el cementerio de la prosa, voy navegando entre mis nombres,
descargando mis maletas que son mis brazos de largo a ancho exhalando el lenguaje…
Ya es tarde;
¡Que desastre oírse gritar como condenado, contemplando a mis glóbulos ahorcados
en la tristeza de lo que nace en el silencio de la sombra de mi botella vacía,
ya es tarde;
Ésta es la precisa hora en la que me encuentro frente al espejo
Leyendo estos muertos, esta carencia, señor… Estos versos
que nunca serán míos, ni de aquel, sólo de mis muertos,
ya es tarde;
He visto cómo se avecina mi espíritu entre la niebla y aquel lugar de puertas compartidas,
rogando silencio mientras sueño en ser aquel ser, aquel ser humano que entre palabras
Se suicida…
Ya es tarde;
Ése que se ha buscado siendo otro, ese otro deseándose otro, otros rizos bañados de lilas, que difícil es peinar a la muerte niña más vieja. ¿Cómo me hará doler para seguir exclamando
ya es tarde?
¿Que será esa incesante respiración que agita mi médula que me empuja a gritar en silencio?
Colgando poco a poco de un presentimiento que exclama sollozante que vendrán plagas…
Y esas malditas profecías violarán mi tumba, comerán de mi cadáver, conjuran a un Dios que logre darme la calma a aquel otro, que desea ser otro y ese otro sólo logra reanudar la profecía;
Ya es tarde, ya es de noche, ¡Necesito descansar, pues siento que en mi estómago se forma un feto muerto que come de mí. ¡Para mantenerse con vida! Su sed será mi sangre, mi sangre será su vida.
Caeré en la peregrina imagen de una ciudad sin nubes, sin cuna,
con el sol es una luz que llora, esa luz que aúlla a la luna ingenua,
ya es tarde;
Volveré a mis huesos y mi voz dará un salto a la luz, de lo que nació
y la sed que muere al tener el vaso vacío con la sombra breve de lo que fui
ya es tarde;
La desdicha ha sido heredada, el fugaz movimiento de unos brazos extendidos
Esperándome en la nostalgia más anciana a la orilla de un rio… ¡Se va ahogando!
Ya es tarde;
Los cadáveres del ensueño me aguardan en el fondo hueco del río. ¡Van con mis recuerdos como equipaje! Es el vaivén sordo de los niños con las agujetas sueltas
ya es tarde;
Por fin he sacado las lágrimas plagadas de sangre, las ratas han bebido mis deseos en el fondo nunca fondo, siempre hueco… Una peste carcomiendo mis miles de muertes, escondiéndose porque saben que me han arrebatado los labios, haciendo un sólo eco,
Ya es tarde, señor de sombrero negro… Usted ya es libre de atragantarse con mi miedo.