Hay artistas que pintan desde la técnica y otros que lo hacen desde una herida. En la obra de Javier Cortez ambas dimensiones se cruzan constantemente: el rigor de la formación académica y la memoria íntima de la muerte, la madera, el oficio y el cuerpo. La entrevista realizada para El Mechero permite asomarse no solo a la trayectoria de uno de los artistas visuales más sólidos de Zacatecas, sino también a la manera en que la experiencia personal termina convirtiéndose en lenguaje plástico.
Desde sus primeros años en la entonces Escuela Nacional de Artes Plásticas, Cortez entendió la pintura como un territorio de búsqueda. La enseñanza de maestros como Luis Nishizawa dejó en él una disciplina técnica evidente, aunque su camino pronto se inclinó hacia la abstracción. Ahí encontró una forma más honesta de expresar aquello que no cabía en la representación figurativa: la emoción, la intuición, el silencio.
Uno de los aspectos más fascinantes de la conversación es la manera en que el artista habla del negro. En tiempos donde el color suele entenderse desde lo decorativo o lo simbólico inmediato, Cortez lo convierte en un espacio de profundidad. Su serie Negra de razones no busca oscurecer la mirada, sino obligarla a permanecer. Sus negros son múltiples: ásperos, brillantes, cálidos, opacos; superficies que exigen movimiento y contemplación. La referencia a Pierre Soulages resulta reveladora: la luz también puede nacer de la sombra.
Pero quizá el núcleo más poderoso de su obra está en la infancia. Crecer entre funerarias, fabricar ataúdes, convivir con rituales mortuorios y entender desde pequeño la fragilidad del cuerpo humano son experiencias que atraviesan su pintura sin necesidad de aparecer explícitamente. La muerte en Javier Cortez no es un tema; es una textura emocional.
Queridas lectoras y estimados lectores, la entrevista que hoy les traemos en este número de El Mechero también muestra a un creador profundamente comprometido con la comunidad artística. Ya sea desde la docencia, la museografía, la gestión cultural o proyectos colectivos como Grupo Negro y Arte de la Tierra, Cortez ha entendido el arte como una práctica compartida. Su interés por llevar exposiciones a cantinas o espacios cotidianos revela una postura generosa: sacar la obra del recinto solemne y devolverla a la vida diaria.
Al final, lo que permanece es la sensación de estar frente a un artista que nunca ha dejado de experimentar. Su pintura viene del oficio, sí, pero también de la observación constante, de la convivencia con otros artistas y de la capacidad de transformar la memoria en materia viva. No lo olviden, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero