JUAN GERARDO AGUILAR
¿Por qué nos gusta tanto lo malo? ¿Qué tiene de fascinante ese darkside al que tarde o temprano terminamos visitando en alguna etapa de nuestra vida, ya sea voluntaria o involuntariamente? Son de esa clase de preguntas que me asaltan a la hora de sobrepensar, especialmente cuando es fin de semana y decido no salir a ningún lado para no sobretomar y no sobregastar.
Quizás se debe, en mi caso, a que estoy seguro de que, si salgo, pasará alguna cosa digna de ser relatada, por aquello de que perro encerrado se vuelve más bravo. Incluso fue tema de conversación vía WhatsApp con mi hija mayor, y ambos llegamos a la conclusión de que todo estaba bien, siempre y cuando no se me ocurriera volver a volar por una escalera y traumar a la crema y nata de mi poderosísimo Zacatecas.
Creo que ya debería normalizar ese tipo de anécdotas que luego terminan en los libros de crónicas escritos por mis compas. Supongo también, como decía Lefty SM, que “salí rebueno pa’ lo malo” y no como una condición de la que me precie, sino que pienso que viene de algo más profundo, un gusto que nació desde morrito.
Para mi mala o buena fortuna, y como ocurrió con gran parte de quienes pertenecemos a la Generación X de clase media-baja, la mayor parte de mi infancia transcurrió entre cómics populacheros, radio, programas de televisión abierta y por supuesto cintas Betamax y VHS rentadas en videoclubes de barrio, sobre todo, y merced a la curaduría fílmica de mi madre, películas de los hermanos Almada.
Es probable que ahora los hermanos Mario y Fernando Almada ya no tengan el mismo eco, pero es indudable la influencia y el referente que constituyen para la cultura pop de las últimas dos décadas del siglo XX.
De ellos aprendí a identificarme con el antihéroe, con el malo que se comporta como bueno y quien, según sea la circunstancia (una venganza, un desorden mental, un mandato divino) termina invirtiendo el orden ortodoxo de las cosas para hacer justicia a modo.
Siempre me gustó estar del lado de los malos porque me parecían más honestos, más humanos, menos hipócritas, pero, además, porque he vivido lo suficiente para comprobar que la gente buena también es capaz de cometer las peores chingaderas.
Estuve recordando una cinta que cuando la vi me voló la cabeza: Dobermann (1997) de Jan Kounen, donde Vincent Cassel y Monica Bellucci encarnan a una pareja de delincuentes despiadados y violentos que terminan viéndose pequeños en comparación con la vileza del capitán de la policía, interpretado por Tchéky Karyo, quien se supone que simboliza el bien y el orden.
Y ahí es donde empieza a torcerse la brújula moral. Porque uno crece creyendo que el bien y el mal son categorías claras, casi didácticas, como si la vida fuera una fábula donde al final todo mundo recibe lo que merece. Pero no, la realidad —esa Karen impaciente— siempre se encarga de recordarnos que las cosas casi nunca funcionan como nos las contaron.
Decía Georges Bataille en La literatura y el mal, al hablar de Jean Genet, que el mal no siempre es lo opuesto al bien, sino una forma de confrontarlo, de exhibir sus límites, de desnudar su hipocresía. Y es que Genet no escribía desde la redención, sino desde la herida, desde la conciencia de que hay una belleza incómoda en aquello que la moral oficial intenta esconder.
Y uno, que apenas tuvo un semestre de Academia y no es ningún teórico ni nada por el estilo, lo entiende a su manera, porque hay algo profundamente atractivo en esos personajes que no piden permiso, en los que no se disculpan, en los que se asumen rotos y aun así siguen caminando.
Quizá por eso nos cae mejor el villano que el héroe impoluto, porque el héroe suele ser inalcanzable, correcto hasta la hueva, moralmente impecable como folleto del Atalaya. El otro, en cambio, duda, se equivoca, se ensucia, se contradice, es decir, se parece más a nosotros.
Nos gusta el malo porque no pretende ser otra cosa, porque no anda vendiendo una versión edulcorada de sí mismo. Porque en su desastre hay una forma de honestidad que resulta, paradójicamente, más confiable que la virtud fingida.
Y ojo aquí, no se trata de una apología del desmadre ni una invitación a romantizar la violencia o la ruindad. Es, más bien, el reconocimiento de que todos cargamos con una parte incómoda que preferimos no mostrar. Esa vocecita que te dice que podrías hacer las cosas de otra manera, no necesariamente correcta, pero sí más fácil, más rápida o más ventajosa.
Todos tenemos ese pequeño sabotaje interno, ese impulso medio torcido que aparece cuando menos lo esperamos: en la envidia disfrazada de crítica, en el placer culposo de ver caer a alguien en la calle, en la tentación de tomar un atajo, aunque sepamos que no es lo más limpio.
Y es ahí donde el antihéroe nos gana, porque él no lo disimula, sino que lo vive, lo ejecuta, lo convierte en narrativa. Nosotros, en cambio, lo maquillamos, lo racionalizamos, le ponemos nombres elegantes para no sentirnos tan mal.
Tal vez por eso crecimos viendo historias donde el malo tenía más fondo que el bueno. Porque en el fondo sabíamos —aunque no supiéramos cómo explicarlo— que la vida real se parece más a esa zona gris que a cualquier historia con final feliz.
Con los años uno entiende que no se trata de elegir entre el bien y el mal como si fueran equipos de futbol. Se trata, más bien, de reconocer que ambos conviven dentro de nosotros, que se disputan el volante dependiendo de nuestro día, de nuestro ánimo, de nuestro contexto.
Hay días en los que uno quiere ser decente, correcto y hasta funcional. Pero hay otros en los que el cuerpo pide incendio, desorden, fuga. Y en esa tensión se construye la vida, entre lo que deberíamos ser y lo que, muy en el fondo, nos gustaría hacer sin consecuencias.
Quizá por eso la frase de “buenos pa’ lo malo” no suena tan descabellada. No como una medalla, sino como una especie de diagnóstico. Como aceptar que tenemos facilidad para el error, para el exceso, para la mala decisión… pero también la conciencia suficiente para saberlo.
Y esa conciencia, aunque no siempre sirva para evitar el madrazo, al menos permite que lo narremos después, reírnos, convertirlo en anécdota, sobrevivirlo. Porque al final, más que buenos o malos, somos una mezcla rara de impulsos, contradicciones y decisiones tomadas al vapor. Y en ese coctel, el antihéroe termina siendo más cercano que cualquier santo.
No porque queramos ser él, sino porque, en más de una ocasión, ya lo fuimos. Y lo seguimos siendo, aunque sea en pequeñas dosis, en versiones domésticas, en errores que no salen a la luz, pero sí se quedan rondando nuestra cabeza.
Tal vez de eso se trata: de aprender a convivir con esa parte sin dejar que tome el control total. De reconocerla sin romantizarla. De entender que el mal, más que un destino, es una posibilidad constante. Y que, en el fondo, lo verdaderamente complicado no es ser bueno ni ser malo, sino saber en qué momento estamos siendo cada cosa… y hacernos responsables de las consecuencias, aunque después veamos cómo explicarlas.
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Cabeza de esqueleto con cigarrillo, Vincent Van Gogh.