SARA ANDRADE
Resulta que la teoría de conspiración sobre las cabales satánicas pedófilas que canibalizan bebés es cierta.
¿Ahora qué?
No sé ustedes, pero yo tengo que ir a trabajar, así que la noticia me llega en un momento particularmente ocupado del día. Voy al trabajo, voy a la escuela, me subo al camión, entro al banco y a la farmacia. En el súper, en los pasillos entre los vasos y las cucharas, siento que me diluyo. Cuando llego al pasillo del pan en caja, yo ya no soy yo. No tengo nombre, ni historia, ni decisión propia, ni voluntad. Todo lo que los filósofos podrían considerar que me hace humana ha desaparecido entre la aritmética absurda de ponderar si un Pan Bimbo Cero es un gasto que afectara mi economía rasa el resto de la quincena. La respuesta casi siempre es sí. Lo mejor para mí sería no tener apetito. Así que cuando voy de camino al checador automático, siento clienta y trabajadora de mi propia humillación, ya ni siquiera poseo las pulsiones más animales que podría considerar a mi cuerpo como algo vivo. Soy un número de un dígito en una gráfica, soy una variable poco importante, soy un grano de arena en un silo que está a punto de ser vaciado. A nadie le interesa la sintaxis de mi desesperación, formando enunciados para salvaguardar lo que queda de mi dignidad. Pero mi dignidad no es suficiente. Nunca será suficiente. Si debo ser aplastada para que un hombre tenga más dinero, más propiedades, más poder, más maneras de ejecutar su violencia, entonces lo seré. Esa es la realidad absurda en la que vivo. En la que vivimos todas las personas en este Walmart, monumento sin paralelo de esa misma dinámica desigual.
Así que no sé. No tengo respuestas. Tengo cierto dolor en el cuello. Me dan ganas de reírme. Cuando la racionalidad no es capaz de explicar lo que vivimos, caemos todos en una desordenada cacofonía. Si gritamos todos al mismo tiempo, quizá, logremos encontrar una armonía. O quizá, en el muro de sonido, encontremos refugio de lo que parece estar a punto de caer para devorarnos.
No es el fin del mundo. No puede serlo. Los romanos lo creían cuando Roma se incendiaba toda. Los peregrinos se santiguaban en el Mayflower, seguros de que esto era el Apocalipsis. En 2012, mientras los astros se alineaban en cielo, hippies en Chichen Itzá juraban que éste era el fin. Y sin embargo, persistimos. Colapsados en este punto infinitamente absurdo, esperando que el rebote natural tome lugar. Esa es la naturaleza de nuestro universo realmente: la oscilación, el respiro. Adentro y afuera, un suspiro contenido, venido desde muy dentro. Lo que no es natural es la crueldad. Así que, sumida en el estruendo de la barbarie, salgo de Walmart hacia el parque, donde, entre las losetas que forman el camino, salen pedazos de zacate, verde y persistente. Hierba que se seca con el calor y nace con la lluvia. Hierba que crece y se muere y crece y se muere. Me digo a mí misma, ellos pueden querer matarme pero, ¿pueden matarnos a todos? ¿A los del pasado y del presente? No pueden. No hay fuerza que pueda.