Sobre el principio de caridad
ENRIQUE GARRIDO
Poco antes de su muerte, el filósofo francés Jacques Derrida fue curador de la exposición “Memorias de ciego: del autorretrato y otras ruinas” en el Museo del Louvre en París. Escribió un texto para acompañar a los personajes ciegos de las pinturas donde ese detiene a explorar las funciones del ojo, planteando que muchos nos detenemos en su función de “ver”, pero pocos reparan en la de “llorar”.
Desde hace un tiempo lo he tenido presente. Gracias a mis largas jornadas de trabajo frente a la computadora, así como otros malos hábitos en mi cuidado ocular, mis ojos se unieron a la sequía mundial. El remedio parece sacado de las más melancólicas historias posmodernas: lágrimas artificiales. Además de reducir mis habituales lectura y escritura en el camión.
Esto último ha mermado de manera considerable la cantidad de hojas leídas y escritas, pues los prolongados trayectos dejaron de ser espacios de recreación y se volvieron más de escucha. Si bien mis ojos sufren menos, me enfrenté a un gran dilema: cómo mantener el nivel de lectura. No es un tema de cantidad, sino de obsesión. Los que me conocen saben que me alcanzaría la “eriza” o me daría unas “líneas” clandestinamente, pero el peligro es inminente, como lo advirtió una admirada colega. ¡Por caridad!, ¿qué podría hacer? Y la caridad apareció, no del exterior, sino de uno mismo.
Se dice que cuando Bertrand Russell asistía a conferencias en la Universidad de Cambridge, los ponentes se ponían nerviosos, pues sabían de su agudeza mental y capacidad de análisis; sin embargo, antes de criticar los argumentos, Russell les agradecía calurosamente que compartieran sus puntos de vista, luego podía hacer una o dos preguntas de aclaración, después resumía su postura de forma sucinta (a menudo en términos más concisos y persuasivos que los que ellos mismos habían utilizado) y solo entonces exponía sus fallos, sin ofensas, sin burlas, sin humillaciones, sólo critica y respeto.
En filosofía a esto se le conoce como “principio de caridad”. Se trata de una regla interpretativa que propone entender los argumentos de otra persona de la manera más racional, coherente y solidez posible antes de criticarlos, lo cual implica atribuirle intenciones razonables, evitar lecturas literalistas o maliciosas y preferir la interpretación que haga verdaderos, consistentes o válidos el mayor número de sus enunciados, con el fin de promover un diálogo honesto, una crítica justa y una comprensión profunda, más orientada a buscar la verdad que a “ganar” la discusión. En otras palabras, dialogar sin crueldad, interactuar sin superioridad intelectual o moral, sin el prejuicio, es darles a las personas el beneficio de la duda intelectual, en lugar de buscar el punto más débil.
Ahora bien, quizá se pregunten qué tiene que ver todo esto con la lectura. Les propongo un ejercicio desde la caridad interpretativa y un poco de paciencia. Desde que mis espacios físicos para leer se redujeron, comencé a abrir otros: conversaciones, silencios ajenos, relatos casuales. En una época donde el debate se degrada en gritos digitales y el desacuerdo se confunde con enemistad, escuchar se ha convertido en una forma inesperada de lectura, no sólo de libros, sino de paisajes.
A eso me refiero cuando hablo de ceguera. No a la falta de visión, sino a la soberbia de creer que ya se ha visto todo. Porque cuando uno se asume lleno, deja de recibir. Escuchar es una forma de humildad intelectual, aceptar que el otro (incluso el que no domina conceptos, teorías o citas) puede estar diciendo algo profundo y lleno de sabiduría. Conversar, atender, suspender el juicio, también son maneras de comprender el mundo.
Quizá Derrida tenía razón al recordarnos que el ojo no sólo sirve para ver, Tal vez cerrar los ojos de vez en cuando no nos empobrece, sino que nos obliga a afinar otros sentidos. En esa aparente ceguera (la de no imponer, la de no arrasar con el argumento ajeno) se abre una forma distinta de claridad, donde el conocimiento no entra como conquista, sino como encuentro.
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