JUAN GERARDO AGUILAR
Qué rápido comprueba uno cómo la realidad es capaz de reorganizar el desastre en cuanto decides tirar fuga, aunque sea tantillo. Bastaron algunos días de desconexión —resultado de un silencio editorial provocado por las vacaciones— para que el mundo decidiera meterle nitro al acelerador de su propio colapso.
Vuelvo a teclear y repaso los reels, los tuits, la prensa acumulada, y la sensación es la misma: la que tienes cuando regresas a casa sólo para descubrir que alguien hizo un cagadero en tu ausencia. Terremotos que sacuden el suelo con geológica indiferencia y deslaves que dejan tragedias colectivas tras de sí; grietas geopolíticas que se abren y dejan el petróleo venezolano a merced de los gringos… y mientras tanto, a mi pueblo lo hieren con un coche bomba.
Frente a semejante despliegue de chingaderas y de ruinas, lo lógico sería suponer que, como especie, adoptaríamos una postura a la altura del drama… No sé, tipo gravedad solemne, un masomeneo, ya de jodido, o una paulatina marcha hacia el recogimiento. Pero no: la verdadera ironía de la existencia no radica en la magnitud de las catástrofes, sino en nuestra absoluta incapacidad para dejar de ser ridículos mientras estas ocurren.
La Tierra puede retemblar en sus centros, pero a las ocho de la mañana y con el regreso a clases de los morrillos y la chaviza, el tráfico sigue estando paralizado, alguien discute por dos pesos de cambio en el OXXO y en el grupo de WhatsApp del jale ya están mandando lo que urge para ayer o para antes, si se puede.
Existe una secuencia célebre en el cine que retrata esta disonancia mejor que cualquier tratado de sociología. Se trata de la escena del espejo en la cinta Sopa de ganso (1933), en la que Groucho Marx se encuentra cara a cara con su propia imagen, interpretada por Chico y Harpo Marx disfrazados exactamente igual que él: el mismo camisón, la misma gorra de noche y el inevitable bigote pintado, intentando hacerse pasar por su reflejo frente al marco de una puerta a la que se le ha roto el cristal.
Durante unos segundos, la impostura parece funcionar, es decir, si Groucho avanza, el falso reflejo avanza; si el primero se rasca la barbilla, el impostor imita el gesto con precisión cronométrica. Sin embargo, la simetría no tarda en resquebrajarse y las imitaciones empiezan a llegar tarde a los movimientos, tropiezan o giran sobre su propio eje cuando el original solo pretendía dar un paso.
Pienso que nuestra relación con el caos contemporáneo se parece bastante a esa escena. Ante la magnitud de la tragedia, se supone que deberíamos devolver un reflejo sobrio, coherente y trágico. Se supone que el ciudadano moderno tendría que moverse en perfecta sintonía con la gravedad de su época.
Y, sin embargo, nuestro “otro yo” —quien tiene que pagar la renta y resolver lo de la comida para el día a día— no logra sostener la coreografía. El reflejo falla: mientras el mundo parece venirse abajo, la comedia humana insiste en salirse del encuadre para hacer una pirueta absurda.
Al mismo tiempo, es una desproporción casi entrañable. Mientras los reels, los tuits y las notas anuncian el saldo de una nueva catástrofe, la vida microscópica permanece impasible. Porque en estos días en que el planeta trastabilló, también hubo quienes encontraron el amor bonito, quienes lograron el ascenso que anhelaban y quienes firmaron el divorcio más amargo de sus vidas; también hubo quien se topó con su ex en el camión de regreso y quien tiró el café sobre el teclado cinco minutos antes de terminar el trabajo.
Siempre hay gente cagándola monumentalmente en asuntos insignificantes y gente triunfando en batallas que sólo a ellos les importan. La maquinaria del ego y la supervivencia no acepta pausas por causa de fuerza mayor.
Nos gusta mucho pensar que la historia se escribe con mayúsculas, con acontecimientos que cambian el rumbo, pero la verdad es que la habitamos con minúsculas. Claro que nos horroriza la tragedia, pero también nos sigue preocupando si el agua de lluvia inunda nuestra casa. Algunos podrán decir que es una forma de ceguera insólita y poco empática, pero también puede que sea lo único que nos queda para no perder el juicio.
En su libro Memorias de un amante sarnoso, Groucho Marx aborda la neurosis cotidiana y las estrategias de evasión frente al insomnio explicando cómo, al advertir que todas las ovejas no alcanzarían para todos los desvelados del mundo, decidió optar por el experimento de empezar a contar sólo porciones de cada animal, una metáfora idónea de cómo fragmentamos la realidad en diminutas preocupaciones para intentar imponernos un simulacro de orden en medio del caos.
Contar porciones de oveja… Quizás de eso se trata al final. Nadie tiene la capacidad emocional ni la templanza para procesar la oveja entera de la tragedia. El dolor es demasiado grande, demasiado pesado para llevarlo a la oficina o para comentarlo en la mesa a la hora de la comida sin que se amargue el caldo. Por eso desmenuzamos la realidad en porciones digeribles: nos obsesionamos con el detalle, con la nimiedad, con el pequeño tropiezo del día. Nos aferramos al fragmento porque la totalidad simple y sencillamente nos aplastaría.
Los años noventa nos vendieron, entre otras cosas, la idea nostálgica de que la vida era una serie de elecciones: el trabajo, la televisión, los aparatos eléctricos y la rutina. Sin embargo, la realidad es bastante más ramplona. Al contrario de Renton, no siempre elegimos la vida; muchas veces simplemente elegimos tragar primero. Elegimos resolver el siguiente obstáculo inmediato, agachar la cabeza cuando el suelo tiembla y esperar a que la nube de polvo se asiente para comprobar si la casa sigue en pie o si al menos el teléfono conserva algo de batería.
Claro que el regreso del Chacal ilustrado, después de esta pausa, no ofrece ninguna garantía de iluminación ni aporta claridad sobre lo que ocurre alrededor. Solo confirma que dicha pausa fue una ilusión, que el mundo no espera a que terminemos de tomar aire para seguir yéndose al carajo ni nosotros podemos darnos el lujo de congelar la marcha hasta que el panorama nos parezca más amable.
El marco del espejo sigue ahí, desprovisto de cristal, y del otro lado el caos nos observa esperando una respuesta digna. Nosotros, mientras tanto, hacemos lo que podemos, con todo y nuestra torpeza: pagar la renta, contestar el WhatsApp del jale, comprar tortillas, enamorarnos, caernos y levantarnos y, de vez en cuando, celebrar que sobrevivimos de nuevo.
No se trata de insensibilidad ni de indiferencia cínica ante la tragedia ajena. Se trata, en todo caso, de la obstinada y casi heroica ridiculez de la comedia humana, que se niega a cancelar su función, a pesar de que el teatro está en ruinas. Al final, no nos queda más que seguir acicalándonos frente al desastre y cruzar los dedos para que el falso reflejo no decida dejar de bailar antes que nosotros mismos.
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