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DORALI ABARCA
Hay algo que me llamó mucho la atención cuando terminé Resurrection, la más reciente película del director chino Bi Gan. Después leí que algunas críticas la describían como una nueva Odisea y, al principio, la comparación me pareció un poco ambiciosa, pero conforme pasó el tiempo, empecé a entender por qué.
No porque cuente la historia de un héroe que emprende un viaje, sino porque está construida de una manera que recuerda a aquellos cantos homéricos: episodios que parecen independientes, pero que poco a poco terminan formando una misma travesía. No seguimos una línea recta. Avanzamos entre fragmentos, imágenes, encuentros y recuerdos. Cada acto parece tener su propio ritmo y, al mismo tiempo, formar parte de una búsqueda que no terminamos de comprender hasta que dejamos de intentar encontrarle una explicación inmediata.
Mientras veía Resurrection, también pensé en tres autores que, desde lugares muy distintos, parecían dialogar con lo que Bi Gan estaba haciendo.
Lacan decía que siempre hay algo de nuestra experiencia que no consigue entrar por completo en el lenguaje. Una parte de nosotros permanece imposible de decir. Frente a ese vacío aparecen otras formas de construir sentido: el sueño, la fantasía, incluso el delirio. No necesariamente como una negación de la realidad, sino como otra manera de habitar aquello que la realidad, por sí sola, no alcanza a contener.
María Zambrano, por otro lado, escribe sobre esos conocimientos a los que no llegamos únicamente a través de la razón. Hay cosas que comprendemos mediante las imágenes, la poesía, la música o los sueños. Y creo que Resurrection confía profundamente en esa posibilidad: primero nos hace sentir y sólo después, si ocurre, nos permite comprender.
También pensé en Deleuze y en ese cine donde el tiempo deja de estar subordinado a la acción. Un cine en el que los recuerdos, los sueños, el presente y la imaginación pueden coexistir sin que sea necesario separarlos. Mientras veía Resurrection, tenía la sensación de que el tiempo no avanzaba exactamente: respiraba.
Y quizá por eso me conmovió tanto la presencia de la música. El theremín, las partituras, los músicos, las voces… no parecen estar ahí únicamente para acompañar las imágenes. A veces da la impresión de que la música también recuerda. Como si cargara consigo aquello que los personajes no pueden decir y que las imágenes tampoco terminan de explicar. Como si fuera otra forma de narrar lo que permanece cuando las palabras ya no alcanzan.
Quizá por eso hay una idea que no he podido dejar de pensar desde que salí de la sala: tal vez Resurrection no intenta contarnos una historia para que la entendamos, sino una experiencia para que la habitemos.
Y quizá ahí está su verdadera apuesta: recordarnos que no todo lo que nos transforma tiene que ser completamente comprendido.
