ISRAEL ÁLVAREZ
Un confundido es alguien que no sabe muy bien lo que sucede. Confundirse es muy fácil porque, a pesar de aprender más o menos cómo funciona el mundo, afortunadamente siempre resulta algo inesperado. A veces llueve de pronto, cambia el humor de la gente o sencillamente sucede algo que no respeta las leyes de la lógica matemática o la moral. A los eventos inesperados se les dice casualidades porque, casualmente las circunstancias se combinan y dan como resultado algo impredecible. Ciencia, psicología, filosofía, economía e incluso el arte intentan predecir lo que puedan porque la incertidumbre confunde y para sobrevivir hay que estar seguros al menos de una que otra cosilla. Un mundo mágico quizás no sea lo que parece, pero también da certidumbre.
Todavía no se descubre lo que hay más allá de la muerte o en todo caso, no hay nada, entonces hubo que inventarse con urgencia algo mágico y medianamente esperanzador. Que si el Cielo, el Nirvana o el Valhalla, que si el eterno retorno o el Mictlán, que si la paradisiaca vida o todas esas esperanzas de lo que nomás no había ofrecido la finitud. Nada como ser eternos y convivir sonrientes con los parientes, pretendientes, amantes y seres queridos entre flores, jaguares y chivas como bien se dibuja en las portadas de los panfletos. Qué esperanzador resulta el bienestar cuando se trata de políticas o de aguardar una mágica e impuntual eternidad. Hasta ganas dan de estar contento nomás de ver cómo debería habitarse el paraíso. La magia encontró nuevos altares.
Las imágenes y fotos de los diarios casi siempre se antojan poco mágicas y crudonas. Están rellenos de accidentes, asaltos, detenidos, desfalcos, pérdidas y tragedias acompañadas, por supuesto, de las fotos de los siempre sonrientes políticos que, nomás por eso, algún embuste podría sospecharse. Irónicamente, es seguro que los diarios se consuman mucho más que los panfletos cristianos, sobre todo, porque estos últimos son igual de gratuitos que el misterioso reino de dios. La verdad se espera groseramente gráfica y amargosa, si no, seguramente es mentira. A la verdad se le consume para no confundirse tanto ni tan seguido, no vaya el mundo a cambiar inesperadamente y agarre desinformados a los científicos, psicólogos, filósofos e incluso, a los invariablemente sonrientes políticos.
Por fortuna, la tecnología actual permite dejar de recurrir al casi obsoleto papel que nomás se usa para los importantes documentos oficiales, cartas de desamor y para limpiarse los mocos. Para todo lo demás existen esas coloridas pantallitas en las que seguramente se esté leyendo esto. Cuestión de suscribirse a los canales de noticias y darle seguimiento a los temas de interés para conservarse lo suficientemente pesimista como cualquiera bien informado. La esperanza también se ha vuelto digital y los líderes de opinión ya no necesitan ser imparciales o lejanos a credos sino todo lo contrario, hay más certidumbre y confianza cuando la opinión se ofrece mágica, mística y musical. Si no se sabe cómo actuar hay que preguntarle a las leyes o a dios, o en todo caso, a los que casi gratis se dedican a traducirles.
La magia está en todos lados, pero sale a relucir sólo cuando la convicción le da permiso. Cuestión de cerrar los ojitos y ponerse a imaginar cómo serían las cosas sin todos esos datos verídicos que tanto gustan a los científicos. Venturosamente, políticos y religiosos no ocupan de ese tipo de cosas que sí necesitan, por ejemplo, los artistas, por eso los primeros se comunican a través de los medios intentando convencer al resto de mal informados que su desinteresada y mágica versión de la esperanzadora vida es la mera verdad. Por otro lado, andan los ingratos artistas inventándose realidades que poco consideran a la infalible verdad oficial. Ni que no hubiera mejores cosas que hacer que tocar jazz, escribir poemitas o pintar figuras retrógradas. Por eso seguramente el arte no ayude tanto a “desconfundirse”, sino todo lo contrario. Porque certezas sí hay, cuestión de buscarlas nomás en panfletos y cielos adecuados.