KAREN ARANTXA PADILLA MEDINA
En el Camino Real de Tierra Adentro en 1704, fue fundado por los franciscanos, un convento bajo la advocación de la Virgen de Guadalupe, en el cual luego de tres años, Fray Antonio Margil de Jesús, propuso la creación de un Colegio Apostólico de Propaganda Fide dentro de esta institución, a fin de formar a todos quienes evangelizarían el noroeste del México novohispano. La iglesia conventual continua su culto hasta ahora, sin embargo, el convento es hoy un importante museo, dependiente del INAH, que destaca por su acervo pictórico de los mejores artistas del siglo XVIII, como Cristóbal de Villalpando, Antonio de Torres, Nicolás Rodríguez Juárez, Miguel Cabrera, José de Páez o José de Ibarra.
En este Museo de Guadalupe se albergan importantes obras de arte virreinal, como lo es el caso de obras del pintor Antonio de Torres, quien fuera hijo del matrimonio formado por Tomás de Torres y Lorenzana y María Beltrán de los Reyes. Nació en los días previos al 13 de abril de 1667, fecha en que fue bautizado en la parroquia del Sagrario Metropolitano de la Ciudad de México (Gila Medina, 2015). Las influencias pictóricas de este artista se hallan en Cristóbal de Villalpando, Juan Correa o Juan Sánchez Salmerón, los maestros más representativos de la pintura novohispana del Barroco pleno.
Entre los años 1719 y 1720, Antonio de Torres tuvo una amplia colaboración para el convento franciscano de Guadalupe en Zacatecas. Entre las temáticas de sus obras, se hallan representados pasajes de la vida de la Virgen María y escenas bíblicas, de éstas, una de las obras que se exponen de manera permanente datadas en esta época, es “Las bodas de Caná” que está situada en la ex Biblioteca del Convento de Guadalupe. Este capítulo de la vida de Jesús ha sido narrado en el evangelio de San Juan y habla sobre lo que fuera el primer milagro que realizó el mesías.

Fig. 1. De Torres, Antonio, s. XVIII, “Las bodas de Caná”. Museo de Guadalupe. INAH.
En esta escena se observa que la luz que proviene del exterior entra al cuadro desde el fondo y se posa principalmente sobre María y Jesús, quienes se encuentran en la mesa de la derecha acompañados con personajes ricamente vestidos. Se muestra entonces, el momento exacto en el que María le menciona a su hijo: “«No tienen vino». /Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». /Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga»” (Juan 2: 3-5). Por lo que, para la lectura del cuadro, la vista se moverá a la mesa de la izquierda en donde se ven los sirvientes llenando de líquido las tinajas, puesto que fue lo que les ordenó Jesús: “Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una./ Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde […] El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, […] dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento»” (Juan 2: 6-10).
Un ejemplo iconográfico semejante se encuentra dos siglos atrás del pintor italiano Paolo Veronese, quien realizó esta escena desde un ángulo distinto desde el frente de la mesa principal, que recuerda a las escenas de la Última Cena; en este cuadro, también María y Jesús están dispuestos en el lado derecho del cuadro y cuya distinción está en los halos de luz enmarcando sus cabezas y rostros significando su divinidad, en esta escena los sirvientes están ya compartiendo el vino transubstanciado por Jesús.

Fig. 2. Veronese, Paolo, s. XVI, “Las bodas de Caná”. Museo del Prado. Madrid, España.
El vino es parte del ritual eucarístico y ha sido parte importante en la iconografía católica, no solamente connotado en el cáliz, sino también en el símbolo de las uvas. La transustanciación del vino durante las Bodas de Caná en Galilea suele relacionarse al inicio de las acciones que fueron prueba de la divinidad de Jesús, ésta primera, suele asemejarse a la unión del mesías y la iglesia católica como una boda. Por otro lado, la intercesora de este milagro es María, quien pareciera incentivarlo. Ella es la que manda tanto a su hijo a emprender su trabajo como profeta al legitimarse haciendo los milagros, tanto como a los sirvientes a obedecerlo, por lo que la virgen María parece ser la que promovió el primer milagro.
Referencias
Gila Medina, Lázaro (2015), “Aproximación a la vida y obra del pintor novohispano Antonio de Torres (1667-1731) y estudio de una serie inédita mariana del convento de la Encarnación de Granada de franciscanas clarisas”, Anales del Museo de América XXIII, Págs. 82-113.
Sitios web: http://www.vatican.va/ y https://www.museodelprado.es/