DANIEL MARTÍNEZ
En la primera parte de este texto hablábamos de la excepcional familia de George Boole, Mary Everest y sus hijas. Decíamos que la mayor, Mary Ellen, se casó con Charles Howard Hinton, quien fue el autor de algunas especulaciones sobre la cuarta dimensión y el creador del teseracto. Dejamos pendiente hablar de las siguientes dos hijas del matrimonio Boole-Everest: Alicia y Ethel Lilian. En quien más influencia tuvo Hinton, fue sin duda en Alicia. Comencemos con ella.
La menos preparada de las hermanas y que no se había dedicado hasta ese momento a casi ninguna actividad del intelecto, resultó ser otro prodigio matemático fundamentalmente autodidacta que logró incluso superar las enseñanzas de su cuñado. No le costó mucho visualizar el teseracto y fue aún más allá. Dedicó ―decíamos― su vida entera a imaginar una serie de estructuras cuatridimensionales que llamó politopos. Leamos a Mircea Cărtărescu en Solenoide: “Alicia, la tercera hija de los Boole (…) descubrió de repente un increíble talento para visualizar objetos cuatridimensionales (…) El teseracto que se le apareció de pronto, una tarde dorada, en el centro de la mente, no le causó demasiada impresión a pesar de sus treinta y dos aristas de cuarzo de luz deslumbrante. Alicia, a la que su cuñado había iniciado con delicadeza en el dulce ritual, superó con creces a su maestro. El hipercubo llegó incluso a aburrirla enseguida (…) E incluso más aún, Alicia, una verdadera Alicia en el País de las Maravillas, empezó a imaginar una larga serie de polígonos cuatridimensionales a los que denominó politopos (…) A lo largo de toda su vida, Alicia Boole construyó con cartón y pintó a mano unos increíbles objetos en el espacio que representaban secciones medianas, tridimensionales, de los politopos. Resultaron unas gemas gigantescas, de una belleza rara, joyas talladas en facetas brillantes geométricos más fascinantes que las mariposas tropicales en los insectarios” (pp. 444 y 445).
Por si todo esto fuera poco, Ethel Lilian Boole (1864-1960), la menor de las hijas Boole, incursionó ―y con mucho éxito―, en el mundo literario, además de casarse con un coleccionista de libros raros por cuyo apellido lleva el nombre el misterioso y fascinante “Manuscrito Voynich”. Desde muy joven tuvo una sólida formación musical, además de sentirse atraída por las ideas revolucionarias de finales del siglo XIX. Viajó por Alemania y Rusia, aprendió ruso y se involucró en círculos revolucionarios. En 1890 conoce al bibliófilo polaco Wilfrid Michael Voynich (1865-1930), con quien se casaría finalmente doce años después, para llamarse Ethel Lilian Voynich. En 1897 publicó una novela romántico-revolucionaria que fue un increíble éxito editorial, principalmente en Rusia y China: The Gadfly (en español El tábano), una historia de romance, lucha, sacrificio, anticlericalismo y revolución. Durante el régimen soviético fue un libro muy difundido, empleado incluso como texto oficial para difundir la ideología política o leído como libro de culto. Llegó a vender más de dos millones de copias en la Unión Soviética y a difundirse internacionalmente.
Quien fuera su esposo, Wilfrid Voynich, también fue un revolucionario que se vio en dificultades políticas que lo llevaron hasta el cautiverio en Siberia, de donde se fugaría hasta Londres, donde conoció a su futura esposa. El atractivo de Voynich en toda esta red de la familia Boole consiste en que en 1912 dio con el misterioso manuscrito que luego llevaría su apellido. El Manuscrito Voynich es un libro ilustrado del siglo XV que encierra un sinfín de misterios: está escrito en un alfabeto desconocido que nadie ha podido descifrar y contiene ilustraciones botánicas, astrológicas y farmacológicas tan enigmáticas como su alfabeto. Se cree que en sus páginas podría albergar algún conocimiento reservado a unos pocos, escrito en un código cifrado que no ha podido ser desencriptado ni por los análisis computacionales más modernos, aunque tiene patrones similares a las lenguas existentes. Y aunque la datación por radiocarbono ya lo fechó entre 1404 y 1438, también se dice que puede ser sólo un fraude. Gonzalo Lizardo nos dice en un artículo: “Su reputación, como ocurre en estos casos, está aderezada por una historia intrigante. Durante siglos se atribuyó su creación al filósofo Roger Bacon (1214-1284) y se creía que estuvo en la biblioteca del matemático John Dee (1527-1608). Su primera mención histórica data de 1665, cuando Marcus Marci lo ofreció por carta a su amigo Athanasius Kircher (1602-1680), el jesuita que había cobrado fama por sus (erráticos) estudios sobre la escritura egipcia. Aunque se declaró incapaz de descifrarlo, Kircher lo hizo resguardar por la Compañía de Jesús, quien lo conservó hasta 1912, cuando fue adquirido por el erudito Wilfried Michael Voynich (1864-1930)”. Actualmente se encuentra en la Biblioteca Beinecke de Manuscritos Raros y Libros Antiguos de la Universidad de Yale, esperando que sus enigmas sean develados (y cualquier curioso lo puede encontrar digitalizado en Internet).
Es difícil pensar que se haya dado otro caso de una familia tan fascinante como esta. En todo este andamiaje de personas, obras y misterios que encontré en Solenoide (libro harto recomendable); en este árbol genealógico de la descendencia Boole-Everest, se interconectan una serie de enigmas y casualidades tan extraordinarios que espolean la curiosidad de cualquier lector. Hasta la próxima.

Alicia Boole Stott.

Politopos en cuatro dimensiones.

Ethel Lilian Boole.



Manuscrito Voynich.