A grayscale shot of a man with his dog walking on a small road with a blurred background
Imagen: Freepik
“Mudémonos a Alaska
A un poblado inventado
Que no figure en los mapas
No haya sido registrado.”
— Bunbury – Alaska
JESÚS PABLO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ
Nombre: Ya lo decía Wilde: ‘’La importancia de llamarse…’’. Le daban importancia los alumnos, los amigos; la familia. Hasta él mismo, metódico; le daba importancia a su mote, su alias.
Edad: Seis décadas, y un suspiro más… Pero qué suspiro.
Señas particulares: Canas, bigote, cabello corto; como corta fue la custodia que le dio a aquella dirección.
Planes a futuro: Escaparse hacia Milán, a Praga, Bruselas… o sólo a un templo franciscano para retomar las misiones. Quién sabe.
Profesión/Estado actual: Vida dedicada a la educación, pero que ahora es educado —quizá amaestrado— como hombre…
Hombre tristemente jubilado.
Esa fue la ficha técnica de mi padre por más de una treintena. Más de treinta años que se escurrieron, como si de agua se tratara. Ahora tocaba esfumarse, refugiarse en lo inhóspito y lo desconocido —por mucho tiempo pensé que esto lo evocaría San Petersburgo, ese poblado inventado que casi lo desfigura y transfigura Lenin.
Pero creo que sólo fue un sueño, de esos que se quedaron atrapados en el pasado.
Tocaba descansar. Hundirse en ese sillón o, en cambio, sentarse en un sillón al filo de la playa, al filo de Veracruz. Buscar un millón de amigos… o no saber si eres de aquí o de allá.
¿O prefieres ir a buscar a aquel papá que se esfumó, buscarlo en Los Ángeles; o quizá descifrar el por qué mi abuelita, cuando le enseñan el rostro de Chana, dice que es Juana? Hay tantas cosas por hacer. Sólo no te quedes indeciso cuando te preguntes si crees en Dios o eres tú el Dios: mejor decídete bien.
…
Pero bueno. Yo vine acá a escribir de vos, de tu voz, esa que a veces alzas y me asusta, pero muchas veces también… me hace entrar en una de esas cruentas justas. A reconocerte, celebrarte, pero también a zarandearte.
Vine a recordarte el año en que naciste: 1964, el año en que llegaron Los Beatles a la Unión Americana, el año del rock ‘n’ roll. Tu año. El año del método, de lo cambiante, lo disruptivo y lo organizado.
Vine no a darte un sermón, ni una misa: vine a darte mi verdad. Porque soy tu hijo, y tú amas saber cosas, ¿no? Amor a la sabiduría, recuérdalo. Amas ver a tus hijos, a tu familia aunque a veces lo calles y lo ocultes. Lo amas.
Y, sin embargo, aquí estás. Sigues leyendo, seguramente, pero recuerda también a ese niño: ese niño con grietas, tímido, chiveado por demás. Quiero que te imagines lo siguiente:
Estás tú en casa de mi abuelita y abres una puerta. Son los años 70’s, Zacatecas Capital.
Tienes seis décadas y un suspiro, y frente a ti estás tú, con apenas 5, 6 o 7 años. Feliz viendo Ultraman, escuchando Kalimán, lo que sea que a ti te haya gustado.
Ambos se miran a los ojos: tú, con ojos llorosos, viendo al chiquillo que fuiste, y el niño asombrado, viendo en lo que te habías convertido. Filósofo, profesor; humano que se permite —o no— llorar, ser sensible, fragmentarse y hacerse añicos. Ahí está la familia reunida: mamá, papá, tías, incluso todo el barrio.
Tú te quiebras, y no puedes decir nada.
Pero el chamaco, apenas verte, te abraza.
Te dice, sonriendo:
—Hola, un gusto conocerte.
Tú te derrumbas. Y sientes que hiciste las paces con tu raíz, con tus inicios, contigo mismo apenas naciendo.
Y así funciona la vida: hacer las paces con algo naciente, no algo doliente. Algo sonriente… para que sonrías tú también. Y el mundo sea un poco mejor. Con la familia, con las amistades, abrazando lo inefable.
Luego, te retiras del hogar. Ese hogar que ya no lo habita la matriarca, pero sí los corazones: cuánto daría por que la volviera a habitar —porque aún se puede, pero eso es otro tema que a mí no me compete—. Y te derrumbas en plena calle, queriendo abrir las minas de plata que Zacatecas vio nacer con tanto fervor.
Hay que amarte, buscarte. Yo te quiero mucho, pa. Por eso te zarandeo. Por eso te digo la verdad sin filtros, antes de que sea demasiado tarde.
Y perdón si lo digo de una forma que no te gusta. Lo siento. Sólo quise decir te quiero. Quise recuperarte, borrar lo que ya fue… y trazar un nuevo camino, con mi mamá, mi hermano, tu felicidad, tus amistades. Tu paz. Tu fidelidad toda.
Estábamos bajo el yugo del ayer, pero ya no más.
Ya no más.
Por eso te escribo, esperando que esto cause un cambio generacional.
Por eso te amo.
Por eso te zarandeo.
Ahora déjame solo, por favor. Déjame un rato acá. Levántate, cabrón. Arriba en su caballo…
Yo luego te alcanzo. Primero déjame llorar, déjame amando.
Déjame cantando…
“…cantando al Sol como la cigarra
Después de un año bajo la tierra
Igual que el sobreviviente
Que vuelve de la guerra”.
— Mercedes Sosa/María Elena Walsh – Como la cigarra