ENRIQUE GARRIDO
Hace poco se celebró el día de Reyes y, como cada año, hubo una multitud de papás, mamás, tíos, tías, abuelos y abuelas empeñados en mantener viva (en la medida de lo posible) la tradición: esa ficción mínima que logra unificar el regalo con la felicidad. Y, también como cada año, aparecieron los amargados profesionales que se dedican a gritar a los cuatro vientos que “los Reyes Magos son los papás”. Lo inquietante no es la revelación, sino el argumento: “los niños no pueden vivir bajo una mentira”. La verdad es que hay mentiras que hacen mucho más daño. Personalmente, prefiero seguir creyendo en los Reyes Magos que en la soberanía internacional.
Comenzamos el año bajo el signo del imperialismo. En un ejercicio de arbitrariedad, Estados Unidos se metió en Venezuela y secuestró al presidente Nicolás Maduro. Poco importa si nos parece simpático o detestable: se trata del presidente de un país que, al menos en el papel, es soberano. Pero el papel, como sabemos, sirve más para limpiarse las manos que para sostener el orden mundial.
Hay muchas aristas y análisis geopolíticos; aquí sólo me interesa destacar una. Donald Trump es un personaje que al principio daba miedo porque no era un político. Hoy entendemos que es más político de lo que imaginábamos, pero no uno común: es cínico, incluso obsceno. Acusaciones graves, comentarios misóginos y racistas, comunicación directa desde redes sociales sin el filtro del discurso retórico, y acciones militares que contravienen acuerdos internacionales de paz. Todo sin pudor.
Nada de esto es nuevo. Antes se disfrazaba. La xenofobia existe en países desarrollados y en vías de desarrollo; políticos y empresarios han sido vinculados a redes de trata en juicios silenciosos y acuerdos oscuros; se construían villanos para justificar intervenciones; se inician guerras para desviar la atención de escándalos; se paga a científicos para legitimar el saqueo de recursos naturales mientras desaparecen defensores ambientales; se impone la meritocracia como coartada del capitalismo; se simplifica la violencia bajo narrativas del bien contra el mal. La lista es larga. La constante era la narrativa que sostenía todo esto. Hoy ya no es necesaria.
Vivimos una especie de pornografía política, una obscenidad de los hechos. La política de Trump marca un parteaguas: ya no es necesario cuidar la imagen del gobernante, se puede gobernar desde la vulgaridad. Existe una acepción olvidada de vulgar: “dar a conocer al público algo”. En ese sentido, esta política vuelve visibles dinámicas de poder que siempre estuvieron ahí. Cuando el capital peligra, los acuerdos se rompen, el poder vuelve flexible a la ley, no importa cuánto se venda un Estado como libre y democrático, rara vez se elige quién toma las decisiones.
La filósofa Renata Salecl, en La era de la vulgaridad señala que la cortesía es una máscara social. Y como toda máscara, puede ser falsa, pero también necesaria. El problema no es la máscara, sino su desaparición. Cuando el poder deja de fingir, cuando renuncia incluso a la cortesía mínima, no se vuelve más auténtico, sino más brutal.
Tal vez por eso seguimos defendiendo ficciones pequeñas —como los Reyes Magos— frente a ficciones enormes que se derrumban. Esas mentiras infantiles aún protegen algo humano. En un mundo gobernado desde la vulgaridad, a veces la última forma de resistencia es conservar una máscara que nos permita seguir mirando y no quedar ciegos con tanta luz.
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Estamos viviendo el momento más terrible de la humanidad, y quién detendrá a Trump, un país imperialista que sigue mostrando su enorme poder militar al mundo, todo basado en lo que parece redundar en el capital. Aún las teorías de Marx vigentes.