ENRIQUE GARRIDO
En el acto III de la obra que William Shakespeare escribió entre 1599 y 1601, Hamlet pronuncia uno de los soliloquios más importantes de la historia del teatro: “Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Sufrir los golpes y los dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra un mar de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?”. Se trata de un dilema que surge tras descubrir que su tío asesinó a su padre y se casó con su madre, pero que también habla de algo más amplio y persistente: la duda, el miedo y la dificultad de tomar decisiones frente al dolor.
De cara a la era tecnológica, donde los avances (como la inteligencia artificial) han llegado al punto de colapsar lo real; donde abunda la información sobre salud mental en reels; donde los relojes inteligentes nos dicen cuántos pasos dimos, nuestros niveles de colesterol y azúcar, y cuántos correos nuevos tenemos, surge una pregunta inevitable: ¿puede una obra escrita hace más de quinientos años seguir hablándonos?
El 3 de octubre de 2025, Taylor Swift lanzó su álbum The Life of a Showgirl, y la canción que lo abre es “The Fate of Ophelia”, una referencia directa a la Ofelia de Hamlet: una mujer que, al descubrir que el asesino de su padre es el hombre que ama, entra en una crisis existencial que la conduce a un descenso hacia la locura y, finalmente, a su muerte por ahogamiento. Esa imagen fue inmortalizada en el célebre cuadro de John Everett Millais y retomada en obras posteriores como Melancholia de Lars von Trier. Swift recupera este arquetipo desde una relectura contemporánea y simbólica. En su canción, Ofelia representa un destino femenino trágico que la propia Swift logra evitar gracias a una figura redentora, que dicen es su prometido Travis Kelce, lo que contrapone el abandono y la destrucción emocional con la posibilidad de una salvación afectiva.
Al respecto, la escritora Noemí López Trujillo apunta que la locura de Ofelia es una forma de protesta y no de debilidad; un espejo incómodo que devuelve a los hombres la imagen de su propia violencia. La locura ha sido históricamente un castigo al deseo femenino, una forma de control y disciplina. Por eso Ofelia sigue fascinando, conecta con el lamento de otras mujeres silenciadas, porque su cuerpo flotando entre flores y agua reivindica lo emocional y lo corporal como lenguajes legítimos.
Shakespeare no sólo le habla a Taylor Swift; le habla a una emoción que sigue viva, a un miedo que no caduca. Aquí radica la verdadera potencia del arte: en su capacidad de atravesar siglos, formatos y biografías para dialogar con distintos lenguajes, porque el amor, la pérdida, la traición y la esperanza no pertenecen a una época, sino a una experiencia compartida.
Así es el tiempo del arte: distinto, no lineal, casi cósmico. Dicen que cuando miramos las estrellas en realidad estamos viendo luz que se originó hace millones…incluso miles de millones de años. Algo similar ocurre con Shakespeare, Millais, hasta Taylor Swift, no sólo nos hablan desde su presente, también desde una luz antigua que viaja a nosotros. Cada verso, cada imagen, cada canción es una estrella que atraviesa siglos para recordarnos que las emociones no envejecen. El arte, como el universo, no avanza en línea recta: expande, repite, conecta. Lo que nos conmueve hoy quizá sea una luz muy vieja que por fin llegó a tiempo.
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