ENRIQUE GARRIDO
Hace unos días fue 14 de febrero y, como cada año, miles de flores, osos de peluche, cartulinas y reservaciones de hoteles fueron requeridos como forma de materializar el amor, de llevarlo más allá de las palabras. Y es que hacer el amor es caro, más aún el día de San Valentín. Cuando digo “hacer el amor” me refiero a construirlo como discurso, como experiencia de vida, como representación material de una emoción, de un sentimiento.
Ese día todo lo relacionado con corazones aumenta de precio, como si existiera una plusvalía por manifestar el enamoramiento. Tampoco es extraño, pues las relaciones sentimentales muchas veces se entienden desde la productividad y la utilidad. Cuántas veces hemos repetido frases como: ¿me conviene andar con él o ella?, ¿un hombre debe pagar la cena?, ¿50/50?, ¿existen los chichifos?, ¿los sugar daddies?, es buena persona, pero pobre, ¿qué me ofrecerá para el futuro? Así, muchas parejas se consolidan desde la necesidad, dejando de lado un vínculo más humano y domesticando el sentimiento más libre, esa fuerza creadora y poética. ¿Podemos pensar el amor fuera del margen de la necesidad?, ¿si existieran condiciones favorables estableceríamos vínculos más reales?
Suecia ha fungido durante décadas como ejemplo de modernidad. En los años sesenta surgieron preguntas radicales sobre la dependencia en las relaciones y sobre si la libertad financiera permitiría vínculos más desinteresados, menos atados a la sobrevivencia. En 1972 se lanzó el Manifiesto de la Familia del Futuro con la intención de emancipar a los individuos de la dependencia económica dentro del matrimonio y de la familia tradicional. La apuesta era clara: si eliminamos la necesidad, el amor será más libre.
El experimento social funcionó en muchos sentidos. Mayor bienestar, mayor autonomía, menos matrimonios sostenidos por obligación. Sin embargo, apareció una consecuencia inesperada: cuando nadie necesita a nadie para sobrevivir, el vínculo deja de sentirse como un destino y se convierte en elección racional. La pareja ya no es refugio inevitable, sino posibilidad evaluada.
La llamada teoría sueca del amor no acusa a nadie; describe un cambio estructural. En una sociedad donde el Estado garantiza seguridad económica, la relación afectiva deja de cumplir la función de sostén material. El amor se vuelve opcional. Y lo opcional, en tiempos de consumo, se vuelve reemplazable. La lógica de mercado, comparar, evaluar, descartar, comienza a infiltrarse en la intimidad. Una relación parece poco rentable: implica esfuerzo, inversión emocional y no ofrece garantía de ganancia.
Aquí la lectura de Zygmunt Bauman ilumina el problema. En Amor líquido, Bauman advierte que en la modernidad tardía tememos los vínculos duraderos porque implican riesgo, renuncia y vulnerabilidad. Preferimos conexiones ligeras y reversibles, listas para desconectarse si incomodan. Queremos cercanía sin perder autonomía; intimidad sin quedar expuestos. El resultado es paradójico: más libertad y, al mismo tiempo, más soledad.
No se trata de idealizar el pasado, donde muchas relaciones estaban sostenidas por desigualdad o imposición, sino de preguntarnos qué hacemos con esta libertad. ¿La usamos para elegir mejor o para evitar comprometernos? ¿La independencia nos ha vuelto más capaces de amar o más temerosos de hacerlo? Tal vez el problema no sea el bienestar, sino la narrativa que lo acompaña. Si entendemos la autosuficiencia como autosuficiencia emocional absoluta, convertimos el amor en amenaza. Si la entendemos como libertad para elegir sin miedo, el vínculo puede volverse más auténtico.
En una época que nos invita a consumirlo todo, incluso a las personas, amar puede ser un acto de resistencia. No porque sea perfecto, sino porque es imperfectamente humano. Nacho Vegas canta “entre el dolor y la nada elegí el dolor”. Eso mismo sugiere Bauman, el amor duele porque se siente, porque fricciona, porque son dos otredades que se eligen y se rozan. Duele, sí, pero al menos no caemos en la nada. Y mientras estemos dispuestos a asumir esa herida luminosa, el amor libre, consciente y elegido todavía tendrá futuro.
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Sin duda los países de Europa en este caso del Norte, son países vanguardistas en estas cuestiones como lo son las emociones, considerando que el amor está ligado directamente con estás, sostengo que, podríamos vincularnos desde una salud mental y equilibrio emocional para evitar hacerlo desde las carencias emocionales. Eso sería lo ideal. Bonito día.