ENRIQUE GARRIDO
El cine ha sido para mí un escape a la imaginación, reflejo en movimiento, pasaporte a mundos posibles. Cada vez que estoy frente a la pantalla iluminada, ese niño regresa con la misma emoción al arte que lo enamoró. Jean Luc Godard planteaba que “el cine no es un arte que filma la vida, el cine está entre el arte y la vida”, forma estética de interpretar la realidad, arte que contiene varias artes como teatro, música, fotografía o moda. Re-creación de la realidad, espejo y perversión.
Sin embargo, por su naturaleza global, también ha sido secuestrado por la propaganda y el capitalismo. Para Žižek, el cine es la forma contemporánea más poderosa de ideología, no porque “manipule” al espectador, sino porque nos muestra cómo deseamos, cómo pensamos, cómo creemos vivir. Es decir, no es sólo entretenimiento, es una forma de pensamiento colectivo y emocional. El esloveno apunta que el cine nos enseña cómo deseamos, pero, a veces ese deseo está envenenado por narrativas que ya hemos naturalizado. Basta mirar Top Gun: Maverick (2022), donde la misión era bombardear una instalación de enriquecimiento de uranio en “un país extranjero”, ¿les suena familiar? (ejem… Irán).
Además, el cine debe lidiar con las grandes productoras que condicionan sus historias, exigen inclusión forzada, así como relatos simples y reciclados. Los directores dejan de ser artistas, ahora son gerentes, empleados que deben cumplir metas, recuperar la inversión y generar productos consumibles. Cine intrascendente en un mundo intranscendente.
Ya en 1995 se gestaba una respuesta. Un grupo de cineastas daneses, entre los que destacaban el genial Thomas Vinterberg y el polémico Lars von Trier fundaron el movimiento Dogma 95, que buscaba regresar a lo esencial del cine, oponiéndose a las producciones comerciales cada vez más artificiales. Hoy en día, bajo la dictadura de la IA y el algoritmo, resurge el movimiento bajo el apelativo Dogma 25 (2025), integrado por un colectivo de cineastas daneses y suecos, que busca preservar la originalidad del cine frente a expresiones visuales artificiales.
Sus integrantes firmaron un manifiesto al que denominan “Voto de castidad”. Todos los puntos son interesantes, no obstante, sólo revisaremos unos cuantos. La primera regla es “el guion debe ser original y escrito a mano por el director” y la tercera, “el uso de internet está prohibido en todos los procesos creativos”. La idea es recuperar la participación humana en el cine, y nada mejor como la letra manuscrita y las conversaciones con voz y presencia, pues usar internet para hacer juntas, la edición a distancia o el uso de IA para mejorar los procesos son aspectos que se han vuelto comunes no sólo en la industria del cine.
Otro punto es que “la financiación sólo se acepta si no impone condiciones editoriales”, el cual busca conservar la idea artística, no prostituirla por recursos, y de este modo filmar ideas propositivas y complejas, incómodas o conmovedoras, sin concesiones a intereses capitalistas. Asimismo, “todos los materiales deben ser alquilados, prestados, encontrados o reutilizados”, tratando de reducir la mancha ecológica de las grandes producciones.
En nuestro contexto, donde la percepción se rige por políticas woke y la “funa” o “cancelación” en redes sociales, el entretenimiento se vuelve simple, ideologizado y con pocas propuestas arriesgadas, pues las voces independientes no generan ganancias. Ante la necesidad de una respuesta a la comercialización del cine y la estandarización impulsada por algoritmos, el Dogma 25 busca recuperar la autenticidad, la experimentación y la libertad creativa, así como defender una “huella humana, imperfecta y distintiva” frente a un cine “ultraprocesado y funcional”. Quizás no tenga un futuro brillante en lo económico, pero, promete volver a encender ese proyector que apunta a una vieja pantalla donde un niño, con los ojos abiertos como cámaras, vuelve a imaginar mundos hechos a mano.