¿Cuántos pensamientos caben en un día? ¿Cuántas acciones? Una se levanta de la cama y ya está pensando en el café de la mañana y los pendientes, uno a uno van llegando vertiginosos mientras nos lavamos los dientes y damos el beso de buenos días. Luego el primer sorbo amargo nos arrebata de enfrente del monitor a este momento justo en el que el primer placer del día nos envuelve; el primero de muchos, si tenemos suerte. Mientras unos escribieron de noche, otros se levantan con la lectura en la mañana, y pienso que últimamente leo más de lo que escribo y agrego en la agenda escribir hoy, aunque tal vez –como ayer- no lo haga. Hoy no tengo que comprar flores ni organizar una fiesta, pero tengo que hacer algunos promos y concentrarme en que la edición salga perfecta. Hoy no tengo lecturas impuestas, pero tengo que sentarme a maquillar las palabras de otros para que luzcan bien, para cuidarlas y arroparlas como me gustarían que cuidaran y arroparan las mías.
Hoy me siento e intento recordar la fecha en la que leí La señora Dalloway, no creo que fuera en junio. Yo estaba a mitad de semestre y me seguí con Orlando, El Faro, Un cuarto propio y Tres guineas. Nunca investigué cuánto equivalían tres guineas en la época de Virginia Woolf, pero sí me compré una libreta cuya portada tenía un faro y escribí mucho en ella. Seguramente no era junio y tampoco leí el libro en un día, ni siquiera recuerdo muy bien cómo fue que llegué a él, aunque recuerdo el libro azul con la traducción de Borges en la que Orlando hacía su metamorfosis. Tampoco recuerdo si entonces compré flores o despotriqué contra alguna vajilla fina de porcelana para servir té inglés, aunque recuerdo que por entonces todavía no tenía la experiencia de convivir con un Septimus Warren en carne y hueso.
Recuerdo, eso sí, los prejuicios de muchos por ser una señora adinerada. También que Virginia era una de las tres mujeres anichadas en el canon de señores privilegiados y vaya que era privilegiada ella también, pero a su modo tomó el sistema para corromperlo desde adentro, para colarse entre las rendijas y responder con personajes contestatarios, aunque los gritos fueran internos y las metamorfosis externas, para responder con un libro de ensayos que ella qué podía decir de economía si sólo era una mujer, mientras lo decía todo. La señora Dalloway, sin embargo, me pareció entonces una Virginia Woolf expuesta en sociedad, pero con el lado oscuro dejándose ver también porque sí: una mujer puede ir a comprar flores para su casa y dolerse de la muerte en silencio. Contrario a lo que se pensó por siglos, una mujer puede ser una excelente anfitriona y pensar. Y Virginia no sólo pensó, lo dejó por escrito. Se ha ido el día y me encantaría decir que hice más que estar en este monitor, Sísifo moderna. Al menos hoy sí tomé té en una taza de porcelana.
La consigna de cada jueves, queridas lectoras y estimados lectores, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero

Imagen: Cámara de Moriarty