Déjenlo nomás pastar
No rechacen mi consejo…
— Sergio Sauvalle, “El corralero”
JESÚS PABLO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ
Jacinto se puso a sopesar. A don Miguel Hidalgo lo acababan de fusilar en Chihuahua, justo después de beber chocolate con leche. El prócer había sido liquidado.
La noticia corrió como pan caliente por toda la Nueva España. En la Alhóndiga de Granaditas, tiempo después, se exhibieron como trofeos las cabezas de los principales revoltosos. No hubo música de fondo. Sólo una añeja ciudad, hastiada de todo.
Y yo también, porque los peninsulares amenazaban con confiscar mi caballo, ese que me llevaba de Antequera a San Antonio de Béjar sin rechistar, pues mis patotas ya no daban para más.
Ni yo conocía el motivo de semejante barrabasada —¿quién la podría saber? ¡Nadie!—. Supuse que fue por andar de fisgón en las tertulias, allí afuerita, junto a la Casa de la Corregidora. Me hice pasar por jardinero, queriendo plantar mi propio rosal. Pero no floreció. Mucho menos las mentadas reuniones: en septiembre del año pasado se descubrió todo. Y ni modo: a dar el Grito prontamente.
(…)
Me dijeron que era un espía, que pertenecía al bando realista. Yo les dije que no.
Me interrogaron, me hicieron preguntas de carácter escabroso, de esas que intentan averiguar para quién trabajo.
Yo no supe qué responder. Nunca había trabajado para nadie.
Presentía que me querían asesinar, amarrar o algo así. Que me querían exterminar.
Y yo… Yo quería llorar.
Después de unas cuantas horas de encierro —¿cuántas fueron? ¿Unas diez, quizá?— me dejaron libre.
Entonces me dispuse a ir a mi casa, de esas pobres, donde apenas se vive del campo.
Lo encontré tendido.
Mi pobre caballo había sufrido un ataque a tiro limpio. Los malditos realistas fueron los responsables y, aun así, me confundieron como uno de ellos.
Ah, gachupines. Se meten donde nadie los llamó.
Intenté dar con el perpetrador de mi Rocinante. Viajé por un montón de lados en busca de una razón. Nadie me la dio.
Pregunté a los insurgentes. Me dijeron que no sabían.
Con los realistas, lo mismo. Me respondieron con una bofetada.
El señor cura me dio un sermón.
(…)
Estaba rendido. No había nadie más a quien preguntar, sólo a mi cuerpo desaseado y a mis risotadas.
En Chilpancingo, armaban un Congreso. Decían que era convocado por un mulato con migrañas constantes. Sólo me quedaba cuestionarlo, pero ya sabía lo que me depararía. Lo mismo que a él.
Seguí su rastro hasta Ecatepec, pero ya era demasiado tarde. Lo habían ajusticiado también, como hicieron años antes con su maestro.
Ay, ay. Volví a mi casa con los pies hechos polvo. Ya no pregunté por nadie. Ni por el cura, ni por los insurgentes, ni por los realistas. Mucho menos por aquel mulato de las migrañas.
Al llegar, seguían las manchas de sangre por el corral. Y mi caballo ya no estaba.
Levanté la cuerda con la que solía amarrarlo. Tenía pelos todavía.
Me quedé mirándola. Parecía una eternidad. Me acordé de aquellos momentos en que lo llevaba a pastar. No hablábamos de la patria, ni de los gachupines. Él sólo devoraba alimento, y yo, felicidad. ¿Qué más podíamos hacer?
Al día siguiente, se escucharon campanadas en Dolores.
Dijeron que la Independencia se había consumado. O que seguía. Ya no supe. Para mí daba lo mismo. Había demasiados destrozos que recoger.
Y mientras todos hablaban de la patria, yo seguía pensando en aquella cuerda llena de pelos.
No entendí nunca qué quería Hidalgo.
Yo sólo quería que dejaran pastar a mi caballo.