Felipe Morales López, Cortejo fúnebre.
MARTÍN ÓSCAR SÁNCHEZ BECERRA
Con las manos temblándome y el corazón latiéndome al mil, huía de mi existencia en medio de la noche por los caminos polvosos del campo. En lo obscuro, cuando las nubes hacen que la luna se vea medio lagañosa, comenzó un aire frío que a su paso levantaba el polvo, el mismo que me tapaba los ojos y se me metía entre los dientes. El campo seco olía a gobernadora machacada, a estiércol viejo y a ese polvo rancio que se pega a la garganta. Había un silencio misterioso, de esos que hacen que a uno le retumben las orejas; solo a lo lejos se veían las luces opacas de aquel pueblo alejado que ahora sería mi casa.
De repente el miedo se apoderó de mí y sentí que ese aire helado me hablaba a mí, trayendo un tufo a flores de panteón y a tierra remojada. Las ramas de los huizaches secos movían sus brazos generando sonidos raros, al igual que las varas secas que pisaba quebrándose bajo mis huaraches, o quizás era solo mi imaginación que me hacía escuchar los sonidos de mi familia: “¡Tú lo matasteee!”, “¡Tú tienes la culpa de su muerte!”, “¡Tú mataste a tu hermano para quedarte con la herencia!”. Esto me estaba volviendo tan loco que gritaba desesperadamente al aire solo y corría tropezando entre las piedras para pronto llegar a aquel pueblo.
A mi llegada a aquel pueblo, las calles de tierra estaban solas, pero yo sentía miradas por todos lados. En las ventanas de las casas de adobe descarapelado se veían bultos oscuros, gente sentada en silencio que olía a encierro y a humedad vieja. Yo veía a esa gente acusándome de que yo había matado a mi hermano. Pasaba junto a ellos y me parecía oír susurros ahogados que salían de la penumbra, murmurando mi nombre sin dejarme en paz.
Pero era mentira, lo juro, ¡yo no lo había matado! Yo no me manché las manos. Yo solo le dije en la borrachera a mi compadre Canchola (el matón del pueblo) que mi hermano había sido el heredero de los bienes de mi padre; que él, injustamente, obligó a mi padre a que le dejara las mulas, los arados, las vacas y las tierras. Le dije con la rabia en la boca que no era justo que a mí me dejara sin nada. Pero yo no lo maté, lo juro, lo juro.
Con el miedo a todo lo que daba corriendo por mis venas, corrí a encerrarme a unas ruinas viejas que vi, con la esperanza de dejar de escuchar todos aquellos murmullos. Me senté en el rincón, abrazado de una botella de mezcal porque me temblaban harto las manos. El aire adentro olía feo, a pólvora rancia y a pozo viejo.
—Fue Canchola —me decía entre dientes, sintiendo la lumbre del alcohol en la garganta—.
A mí me emborrachó la envidia, pero el que jaló el gatillo fue él. Yo no soy ningún asesino.
Traté de hacerme a la idea de que al amanecer saldría el sol y me iría a buscar las mulas y las vacas. Pero los murmullos de afuera no se callaban. Se oían pegados a las paredes de adobe, cientos de voces chistando en la oscuridad, acusándome, rodeando la casa sin dejarme descansar un segundo.
Y de repente, el suelo tembló.
El ruido no venía de la calle. El golpe venía de abajo, del mero piso de tierra apisonada donde tenía sentados los huaraches.
Un golpe sordo. Pum.
Luego otro más fuerte. Pum, pum.
Como si alguien desde las entrañas de la tierra estuviera tocando para que le abriera. Me quedé helado, con la botella a medio camino de la boca. De las paredes empezó a caer un hilito de polvo seco. Juntando el poco valor que me quedaba, me dejé caer de rodillas y pegué la oreja al suelo. Afuera los murmullos de la gente se apagaron de golpe, y abajo oí clarito el resuello de una bestia, el rechinido de las cadenas y el arado cortando la tierra dura. Era el ruido que hacía mi hermano cuando salía a trabajar temprano.
La tierra del piso se empezó a poner suave, oscura, y soltó un vapor pesado que olía a fosa abierta. Y una voz ruda, que salía de entre las grietas del Suelo, me habló con el tono de mi compadre Canchola, pero bien apestosa a podrido:
—Pagué la deuda, compadre… pero las tierras no son de usted. El patrón vino a cobrarlas en persona.
Sentí que la tierra me agarraba de los tobillos y me jalaba hacia abajo. Desesperado, pataleé y grité con todas mis fuerzas, sintiendo que me ahogaba en el polvo mientras la puerta se abría de par en par…
Un golpe seco en la espalda me hizo despertar de brinco.
Estaba tirado a media calle de tierra, bajo el solazo del mediodía que me quemaba la cara. Olía a mezcal agrio. Tenía la cabeza hecha un demonio y la boca llena de polvo.
A mi alrededor estaba la gente del pueblo viéndome en silencio.
—¡Pura borrachera! —grité levantándome de un golpe, sobándome el pecho y dejando ir un respiro de alivio—. ¡Maldito mezcal! ¡Todo fue una pesadilla!
Me limpié el pantalón con las manos, riéndome de mi propio pánico. Miré a los vecinos y les dije:
—¿Qué me ven, cabrones? ¡Abran paso, que voy al rancho de mi hermano a recoger mis mulas y mis tierras!
Nadie se movió. Ninguno contestó. La gente nomás me miraba con una lástima helada.
En eso, un viejo del pueblo dio un paso al frente, se quitó el sombrero y, señalando hacia el portón de la iglesia, me dijo con voz quedita:
—¿Cuáles tierras, muchacho?… Si a ti te mataron anoche junto con tu hermano allá en el camino. Los dos vienen en el mismo cajón.
Volteé la mirada hacia la entrada del templo. Ahí venía el cortejo fúnebre. Cuatro hombres cargaban un ataúd de madera ruda, y detrás venían las mulas de mi hermano, caminando despacio en medio del aire helado y el silbido del viento.