JULIÁN HUGO GUAJARDO ESPARZA
Lo más probable es que si nació a mediados del siglo XX tenga –quizás– una foto o dos de los padres de alguno de sus abuelos, guardadas en una caja de cartón en lo más alto de un ropero, repleta de fotos de gente antigua y desconocida, o de fotos de gente conocida cuando eran niños.
¿Sabría usted decir quién es su bisabuelo-a en cada foto? ¿Su nombre completo? ¿A qué se dedicaba? ¿Qué le gustaba comer? En lo personal me sorprendería mucho si así fuera, a menos, claro está, que sus generaciones familiares sean tan compactas por haber procreado desde muy jóvenes y esto haya favorecido a la dicha de conocer un poco a sus tres generaciones precedentes; con todo y eso, es mucho más probable que cualquiera nacido en ese siglo o el presente haya conocido cuando mucho a alguno de sus abuelos.
Me parece que con el paso del tiempo los recuerdos se van ajustando a las imágenes que han quedado plasmadas en fotos o videos, o si el antepasado en cuestión hizo algo notable, en alguna placa, mención bibliográfica o edificio construido con sus propias manos.
En todo caso, pudiéramos aseverar que el límite histórico-temporal de nuestros recuerdos lo tienen los abuelos… dos generaciones con una historia compartida a lo largo de quizá 20 o 35 años. A nuestros hijos les toca presenciar, con un poco de suerte, el ocaso de la vida de nuestros padres en la que no conservan ya casi nada de la fuerza vital que les conocimos.
Dos generaciones. Dos. Más atrás de eso en el tiempo los rostros, las voces, los chistes, los errores, las alegrías y las desgracias son sólo fantasmas que prueban lo efímero de la existencia, y sin embargo conservamos sin saberlo algo de esos seres que descansan en el más allá. En mi familia, por ejemplo, conservamos frases, recetas, tonos de voz (algunos de ellos reservados exclusivamente para los nietos), chistes y actitudes que sigo repitiendo y he transmitido a mis hijos.
Antier, por ejemplo, vi cómo mi hijo abrazaba a su niña mayor con el mismo amor que yo lo abrazaba a él, y que mis padres me regalaron a mí. Debo admitir que tuve suerte, pues muchas otras personas guardan recuerdos no tan agradables de sus mayores. Hay de todo, y todo viene en un paquete trasmitido subconscientemente a través de cada generación.
Por ello, invito a usted, lectora o lector de estas líneas, a reflexionar en lo que desea heredar a sus descendientes, a sabiendas que un sencillo gesto de amor o de rabia puede llegar a ser herramienta o lastre, motivación o trauma, seguridad en sí mismo o miedo al éxito de toda su descendencia.