Hay artistas que no llegan a la imagen: la reconocen. No la inventan, la recuerdan. Como si el mundo, cansado de repetirse sin ser visto, les confiara por un instante su forma verdadera. En la obra de David Hernández sucede algo así: la pintura no irrumpe en el paisaje, lo despierta.
Dagoz dibuja desde antes de saber que eso podía llamarse oficio. Dibuja como quien piensa, como quien intenta ordenar el mundo a fuerza de líneas. Antes del mural, antes del color, antes del viaje, estuvo el lápiz: humilde, insistente, autodidacta. El dibujo como una manera de existir. Y quizá por eso, cuando su trazo creció hasta ocupar muros completos, nunca perdió esa cualidad íntima de quien observa con cuidado. Sus murales, aunque monumentales, conservan la respiración del cuaderno.
En sus imágenes aparecen tunas inflamadas como corazones, cerros que parecen cuerpos en reposo, flores silvestres, cielos densos de luz. No están ahí como ornamento, sino como memoria. Cada forma contiene una historia: la del campo heredado por el abuelo, la de la cocina y la palabra aprendidas de la abuela, la de una ciudad que se camina con atención. Zacatecas no es para Dagoz un telón de fondo; es la médula. Su color, su barroco natural, su cielo abierto y sus silencios se filtran en la pintura hasta volverse lenguaje.
El muralismo llegó como llegan las cosas importantes: por anhelo y por azar. Un viaje, un festival, una invitación que se repite. Y de pronto, el cuerpo en el andamio, la ciudad vista desde otra altura, el diálogo inevitable con quienes pasan. Dagoz entendió entonces que el mural no se impone: se construye con otros. Escuchar al lugar, entrevistar a sus habitantes, permitir que la imagen sea colectiva desde su origen. Pintar como quien conversa.
En un país saturado de ruido y de urgencias, su obra elige otra vía. No niega la realidad, pero tampoco se entrega al estruendo. Hay en sus murales una decisión ética: insistir en la belleza como forma de resistencia, en la poesía como refugio, en el optimismo como acto consciente. Un nopal, una nube, un cielo azul pueden ser también una postura frente al mundo.
Queridas lectoras y estimados lectores, este número de El Mechero se abre con esa mirada. La de un artista que camina los cerros como quien lee un texto antiguo, que mira la ciudad como si todavía pudiera sorprenderlo, que pinta para devolvernos algo que creíamos perdido: la capacidad de asombro. Dagoz nos recuerda que el arte no siempre grita; a veces señala. Y basta con seguir esa mano para volver a mirar el cielo con atención. No lo olviden, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero