JUAN GERARDO AGUILAR
Decía mi madre que los buenos propósitos se inventaron para consolar a los mediocres; en cierto modo tenía razón. Y es que, por lo regular, el inicio de un nuevo año implica, para mucha gente, una suerte de reseteo, como si las estupideces cometidas durante el año que concluyó pudieran remediarse con sólo desearlo.
Afortunadamente, también existimos quienes aplicamos el reseteo no a partir del año que inicia, sino a partir de las chingaderas que nos ocurren. Esto te da una perspectiva, si no distinta, por lo menos no tan dramática, porque cuando aprendes a burlarte incluso de tus propias tragedias ya no hay poder ni drama humano que te detenga.
También decía mi madre que había que tener mucho cuidado con lo que pides. Al menos yo ya lo aprendí, porque la última vez le pedí a Diosito mucha luz y me mandó directo al quirófano. Y en esa misma línea también deberían perfilarse los buenos propósitos de la gente, porque absolutamente todos tenemos carencias y por supuesto que queremos llenar esos vacíos.
A mí, por ejemplo, me gustaría tener enemigos que valgan la pena, porque son ésos los que te hacen la vida más llevadera, más divertida y, sin embargo, sólo me dan diletantes, personas con mucho conocimiento científico y poco saber callejero. Pero así es esto: el destino no cumple antojos ni endereza jorobados.
Es en Trainspotting de Irvine Welsh donde aparece esa letanía aparentemente inocente de: Choose life. Choose a job. Choose a career. Choose a family… Una lista interminable de buenos propósitos que suena como el manual de instrucciones de la clase media aspiracional. Es la voz de un sistema que nos recuerda lo que deberíamos querer: estabilidad laboral, consumo responsable, hijos bien educados, muebles y una pantalla gigante para anestesiar la rutina.
Sin embargo, la realidad desnuda la hipocresía de los buenos propósitos que repetimos o formulamos cada enero: no son más que un catálogo de obediencia disfrazado de libertad. Elegir la vida, dice Renton, es, en realidad, elegir la cárcel del consumo. Eso subraya la distancia entre pensar, decir y hacer.
Todos proclamamos que vamos a elegir la vida y lo que esto implica (comer sano, ahorrar, dejar malos hábitos, leer más). Sin embargo, la mayoría termina el 1 de enero con resaca, sin capacidad para iniciar en el gimnasio y el primer libro olvidado en la mesita de noche. Trainspotting nos recuerda que los buenos propósitos son, en el fondo, un ritual de autoengaño colectivo.
Y ahí estamos cada 31 de diciembre, listos para inaugurar calendarios como si fueran pergaminos sagrados, prometiéndonos que esta vez sí vamos a cambiar, que esta vez sí vamos a elegir la vida, que esta vez sí vamos a ser buenas personas. Pero la verdad es que la mayoría seguimos eligiendo lo cómodo: el sofá, la comida rápida, los reels, los tiktoks y los mensajes de WhatsApp que sólo sirven para recordarnos que seguimos atrapados en la rutina.
Lo más divertido es que siempre hacemos el teatro de los propósitos con solemnidad: “Este año sí voy a correr todos los días”, “Este año sí voy a meditar”, “Este año sí voy a ser más amable”… La mayoría de las veces sólo queremos sentirnos bien por unas semanas, para luego volver a lo que nos mantiene en nuestra zona de confort. Eso es la vida real, cruda y sin filtros.
Por eso yo ya no hago propósitos inalcanzables. No. Mis propósitos son más simples: recordar reírme de todo y de todos, elegir enemigos divertidos, sobrevivir a mis propias chingaderas y a las de los demás. Eso, al menos para mí, es elegir la vida, así de imperfecta, así de contradictoria, así de desordenada. Todo lo demás es autoengaño, solemnidad barata, marketing de la felicidad.
La cosa es que ahí seguimos: prometiéndonos cambios, mientras la vida nos da patadas y nos recuerda que nadie se salva de la hipocresía colectiva de enero. Porque los buenos propósitos no cambian nada. Lo que cambia es cómo decides enfrentar el año: si te tomas en serio tus errores, si te ríes de tus tropiezos, si eliges vivir aunque el mundo sea un caos.
Al final, la verdadera libertad no está en la lista de propósitos, sino en la capacidad de sobrevivir a tu propia hipocresía. Elegir la vida no es seguir un manual: es caerte, levantarte, reírte, equivocarte, reconstruirte, equivocarte otra vez y seguir. Porque la vida real no da instrucciones, no perdona, no espera. Y, a veces, la única manera de elegirla es hacerlo como puedas, como sepas, aunque sea mal, pero siempre con estilo.
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Trainspotting, Danny Boyle (1996).