ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Aún la recuerdo, entre la extrañeza que se ha vuelto este mundo, con sus giros, sus movimientos y sus colores. Su imagen me ha sabido con los años a motitas dulzones, en un profundo blanco con toques amarillos. Suaves, rizados y de vez en cuando alborotados. En ocasiones, viene de manera intempestiva, tal como su entrada en mi vida, hace ya unos veinte años; en otras suaves y paulatinas; otras acompañadas con un sonar, que se despierta cuando la ansiedad me desestabiliza, u otras con personas o animales que me la recuerdan.
Su enfermedad me recordó el desgaste de esas maquinarias llamadas cuerpos, no tanto porque hubiera una exigencia o exceso de trabajo, sino porque las propias máquinas, con los años, van desgastándose, porque cumplen su ciclo. Sin embargo, además, su enfermedad me hizo entender realmente su vejez. También los animales envejecen, también sus cuerpos se desgastan y presentan enfermedades, unas propias de la edad y otras como consecuencias de factores (genéticos), accidentales, incidentales e incluso de estilos de vida.
La aparición de su enfermedad me resultó extraña, hasta cierto punto reiterativa: mientras que Pico presentaba problemas de su esqueleto (por una posible fractura que no se trató cuando vivió en las calles), Huesos repitió la misma enfermedad que Emilio. Falla en los riñones. Mi falta de conocimiento, o pericia por no preguntar a mi hermano, me hizo creer que en esa repetición había un valor más profundo. Huesos y Picos crecieron juntos y fallecieron con dos años de diferencia —ahora caigo en cuenta que Emilio llegó a la casa cuando ella cumplió dos años—, bajo un padecimiento renal.
¿Qué valor habría en esta continuidad, ni siquiera sé llamarle si hechos o situaciones circunstanciales? En un terreno médico, entendí que nuestros perros ya eran ancianos, sus cuerpos ya se expresaban y se movían de manera más pausada, lenta, y en ocasiones repetitivas. Y sin un conocimiento médico, con el bagaje de los estudios humanísticos y literarios, construí comparativos con el propio ser humano. También los perros envejecen y sus cuerpos ya no son como los de un cachorro, como con los ancianos cuyos cuerpos no son como los de un niño. Pero en ambos casos requieren del apoyo de un tercero para brindar una mejor calidad de vida. Justo, con Emilio entendí que también ellos nos necesitan tanto como nosotros a ellos.
Un equilibrio justo, Huesos estuvo en todo momento, no expectante sino como parte actoral, evidenciando y resignificando, aunque ambos aprendimos a vivir y reconocer nuestros mundos a nuestra manera. Ella en su perritud y yo en mi humanidad. Ambos crecimos y nos desarrollamos y en un punto, que realmente no es importante ubicar, nos encargamos tanto, aunque siempre respetando su perritud ni dándole valores o conductas humanas que pudieran afectarla.
Sin embargo, en un punto, se cruzaba el recuerdo de Rigoberta, mi perra de la infancia con quien no tuve de las mejores conclusiones y el motivo por el cual me prometí no volver a tener un perro y si eso pasara, le daría lo que a Rigoberta no le pude dar. En parte era un niño a quien aún le faltaba experiencia y la pericia que se desarrolla con los años, ahora lo entiendo, pero en un pasado la culpa pesaba y la deuda aún estaba presente. Era darle todo lo que no pude a Rigoberta. Aunque ambas fueron completamente distintas, empezando por su tamaño: una bull-terrier atigrada enorme y una mestiza mediana (posiblemente una poodle o una maltesa), sabía que en sí mismas mantenían una conexión, que aún no termino de definirla. Tal vez, la llegada de estas perras fue circunstancial, azarosa, y le estoy dando un valor desde mi humanidad. Tal vez, no hay valor y solo reflexiono a partir de mi relación con ellas, vistas como otras (especies distintas del reino animal). O tal vez sí.
Voy a pensar que sí hay valor (porque quiero). En ambas, parto desde el recuerdo y la diferencia es la lejanía entre una y la otra —Rigoberta fue en la infancia y Huesos cubrió la adolescencia y parte de la adultez (cuatro años contra diecisiete años)— y con la primera nuestra manera de jugar fue brusca, aunque ella sí sabía medir su fuerza, reconocía que no era tan fuerte, a diferencia de ella, y la medía. Mordía de este modo, rozaba sus incisivos, en lugar de apretar, golpeaba con la pata e incluso usaba la cola como látigo para “pegar” como juego, y de vez en cuando nos sentamos en la puerta para comer naranjas. De algún modo, Rigoberta, a falta de dedos, supo cómo chupar todo el jugo de las mitades de naranja y después voltearlas y comer gajo por gajo, sin ensuciarse el hocico y solo manchar sus garras.
Esa forma de comer naranjas era peculiar, sin duda, pero entendí, en mi mente infantil, que era su forma de mostrar lo mucho que disfrutaba comer naranjas. Ambos en la puerta, comiendo naranjas, era nuestro espacio más personal, además de que jugábamos a las escondidas. En esa diminuta casa de interés social en Zacatecas, que en su momento me parecía un universo de posibilidad, y cuando la vi hace unos años me pareció diminuta. Como motita sin sabor.
Pero también Rigoberta sabía cuidar, me acompañaba, aún sin correa, y no salía corriendo para dejarme atrás. Salíamos, me acompañaba y bajaba la velocidad para estar ambos al mismo nivel, distinto al otro perro, Herón. Ella vivió frecuentemente la maternidad y los partos terminaron acabándola, y en un momento dado, Rigoberta reaccionó contra Herón, se mordieron. Yo metí las manos para separarlos y fueron mordidas (a la fecha mantengo las cicatrices y cierta “no autonomía” en ciertos dedos). Pero algo pasó con Rigoberta. Sintió mi sangre y paró, se preocupó, se acercó y me retiraron. Jamás pude volver a estar con ella y me las arreglaba para estar con ella, para abrazarla. Y amarla, porque realmente sabía que todo fue circunstancial. Solo fue una mezcla de su perritud que reaccionó ante la molestia del otro perro y mi humanidad por querer separar, que desde fuera puede verse como una actitud de estupidez, descuido. Claro, al verlo desde lo exterior, entendí que pudo ser más desordenado y que pudo estar mi vida en juego —hay casos en los que los perros desconocen a sus tutores y muerden.
Pero no fue así. Rigoberta no actuó así, supo parar. Supo entender que estaba también mordiéndome. Se detuvo. Hubo un momento en que lamió una de mis heridas. Después, se vino el tratamiento, la limpieza, y demás. Pero entendí que tras las mordidas mis manos no quedaron iguales. El meñique y la muñeca que recibieron más las mordidas se volvieron más gruesas, mi propio cuerpo las rellenó con grasa. No recuerdo si perdí músculos o carne, pero mis manos así se reconstruyeron.
El cuerpo es fantástico, no deja de sorprenderme. Como también los perros, no dejan de sorprenderme. Después, lo último que sé de Rigoberta fue su muerte. Un tumor le creció y le creció, y la sofocó hasta que su cuerpo no aguantó más. Por años, me sentí culpable, pude llevarla para iniciar un tratamiento, pude trabajar para pagarlo, para darle una mejor calidad de vida. Sin embargo, ser niño también es una limitante, por alguna razón lo deduje, aunque no le daba el valor de limitante, como ahora le doy. Lo veía desde la culpa, desde el dolor, desde el arrepentimiento. Pudo ser otra cosa, otras historias, si no hubiera metido las manos, si no hubiera sentido el deseo de separarlos. Por supuesto, con la muerte de Rigoberta, me alejé de los perros, no quise saber por años sobre ellos. Herón estuvo ahí, pero rara vez me acercaba a él, de alguna manera no quería estar con él, porque, bueno, la extrañaba y me dolía su ausencia. Trabajaba el duelo desde la infancia, porque los niños también pueden sentir tristeza, vivir duelos, aunque realmente no los puedan definir. Y solo las pueden definir a partir de la tristeza. Estoy triste, es todo. Hasta ahora entendí que me deprimí y alejarme de los perros, de otros perros (los que llevaba mi hermano), era mi forma infantil para protegerme del dolor. De repetir.
Pero la vida mueve a otros lados, a otros caminos.
Llegó Huesos en febrero, solo temporal, mientras encontraban una familia adoptante, hace veinte años. Dos décadas. Y simplemente nació un profundo amor, una profunda amistad. Sané esa depresión desde el amor, y de alguna manera me prometí darle lo mejor a Huesos (aunque su nombre real era Marcela, como la pastora de Don Quijote de La Mancha). No quise repetir la conclusión de la historia con Rigoberta, solo replicar el profundo amor que sentí por ella.
Huesos no sabía comer naranjas, pero sí almendras, mordía de una manera peculiar. Roía las cobijas, con los incisivos, sin romper. Como una ardilla, o un roedor. Lo hacía para mostrar su ansiedad (ahora me queda claro), su enojo, pero también su alegría y su energía cuando jugaba. No sabía comer naranjas, pero sí helado, disfrutaba el helado de queso con zarzamora y las fresas. Mi abuela siempre le daba helado y ella lo disfrutaba tanto. Tanto Rigoberta como Huesos disfrutaban el pollo y el arroz, dejaban siempre limpio el plato cuando los comían. Al ver el regocijo de Huesos, recordaba el de Rigoberta. No me permití olvidarla, pero sí que mi mente me guiara a los momentos alegres con Rigoberta, aunque mi memoria no tuviera esas imágenes del todo claras.
Nos volvimos adultos, y Rigoberta se mantuvo siempre en mis recuerdos como la atigrada, que me cuidaba en la cercanía.
Precisamente, la relación con mis perras no cabe en las etiquetas usuales a las relaciones con los animales (a la fecha rechazo llamarlas mascotas, porque esa palabra me hace verlas como si fueran objetos sujetos a propiedad cuando no lo eran). Lo más cercano es verlas desde compañía y amor —parecen idóneas y suficientes en lo cotidiano—, pero insuficientes cuando intento comprender el vínculo que mantuve con ellas. Mi relación con Rigoberta y Marcela pertenece a ese tipo de experiencias: cercanas, evidentes, pero conceptualmente esquivas.
Podría decir, en un primer intento de orden, que se trata de una relación entre un humano y dos animales. Sin embargo, esa formulación, aunque correcta en términos biológicos, resulta pobre. Reduce la experiencia a una diferencia de especie y deja fuera lo más importante: la forma en que habitamos juntos un mismo espacio, un mismo tiempo, y nos afectamos mutuamente. Mis perras no estaban a mi disposición y yo tampoco a ellas, compartimos y nos afectamos, además de crecer.
Pensarlas como “animales” introduce una distancia a abstracta. Las vuelve parte de una categoría general —lo animal— que borra su singularidad, su perritud. Pero ellas no son “lo animal” en mi vida —ha habido personas en mi pasado que mostraron características atroces que no coinciden con “lo animal”, en su concepto clásico—. Son presencias concretas, con ritmos propios, con modos específicos de atención, de “انتظار” (intizār), de respuesta. Hay en ellas una forma de estar en el mundo que no es la mía, pero tampoco me es completamente ajena. Rigoberta y Marcela en sus universos, en los cuales estuve y me los compartieron.