ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay algo peligrosamente seductor en creer que ya sabes hacer algo.
No es una certeza que uno anuncie en voz alta. Es más bien una confianza silenciosa, una especie de automatismo que se instala con la repetición. Haces un movimiento suficientes veces —bajar, subir, respirar— y en algún punto dejas de pensarlo. El cuerpo sigue, aunque tú ya no estés del todo ahí.
Esa tarde en el gimnasio, por ejemplo, no era mi primera vez en la máquina Smith. Ya conocía la mecánica de la sentadilla, la trayectoria de la barra, la posición aproximada del cuerpo. No era perfecto, pero era suficiente. O al menos eso parecía.
Quizá por eso bajé rápido.
No fue un error espectacular. Nadie lo notó. No hubo caída, ni ruido, ni esa clase de accidentes que vuelven evidente la causa del dolor. Fue apenas una variación mínima en la técnica, un descuido breve, casi invisible.
Pero suficiente.
El espasmo no llegó de inmediato. Y eso, ahora lo entiendo, es parte del problema. El cuerpo no siempre responde en el momento en que lo esperamos. A veces deja pasar horas, incluso un día entero, antes de decir algo.
Esa misma tarde el dolor empezó a insinuarse. No como una alarma, sino como una incomodidad difícil de ubicar. Algo que estaba ahí, pero que todavía no exigía una explicación.
Sin embargo, no lo tomé a la ligera.
Hay experiencias que uno carga incluso cuando no están presentes. Historias que se quedan como una especie de advertencia permanente. Una amiga, Margarita, tuvo una fisura en la columna que pasó desapercibida durante años. Cuando finalmente la descubrieron, el daño ya era serio. Demasiado cerca de algo irreversible.
Pensé en eso.
No de forma dramática, pero sí lo suficiente como para no ignorar lo que estaba sintiendo. Hay dolores que uno puede negociar. Este no parecía uno de ellos.
Fui al médico al día siguiente.
No por pánico, sino por una mezcla de precaución y trámite: también tenía que hablar con la aseguradora de gastos médicos. Hay algo curioso en eso —cómo incluso las preocupaciones más íntimas terminan pasando por sistemas administrativos, formatos, coberturas. El cuerpo, en cierto sentido, también entra en procesos.
Buscaba una respuesta clara. Algo que pudiera nombrarse con precisión: una fisura, una fractura, un esguince. Hay cierto alivio en los diagnósticos concretos. No porque sean buenos, sino porque delimitan el problema. Le dan forma.
Pero lo que apareció fue otra cosa.
Un espasmo muscular. Nada grave. Nada permanente. Y luego, casi como una nota al margen, una palabra que hasta entonces no había tenido ningún peso en mi vida: escoliosis.
No era alarmante. No implicaba urgencia. Pero sí introducía una idea incómoda: mi columna no era exactamente recta.
Nunca lo había sido.
Salí de la consulta con una sensación extraña. No había una crisis, pero tampoco una solución clara. El dolor seguía ahí, pero ahora acompañado de una sospecha: quizá no era solo consecuencia de ese movimiento en el gimnasio.
Quizá había algo más.
La fisioterapia terminó de reorganizar esa intuición.
Ahí el lenguaje se volvió más específico. Más cercano al detalle. Las vértebras al final de mi columna —las que están cerca de la cintura— son un poco más largas de lo habitual. No es algo visible. No es algo que uno sienta todos los días. Pero están ahí, modificando sutilmente la forma en que mi cuerpo se sostiene, se mueve, distribuye el peso.
A veces, incluso, se acercan demasiado a la cadera.
A veces chocan.
No era un problema nuevo.
Era un problema que siempre había estado ahí.
Y de pronto, el espasmo dejó de ser el centro de la historia.
Se volvió un punto de entrada.
Como si ese error mínimo —bajar demasiado rápido— hubiera activado algo que llevaba años funcionando en silencio. No como una falla evidente, sino como una diferencia. Una forma particular de organización que nunca había sido cuestionada porque, hasta ese momento, no había dolido.
Hay algo desconcertante en descubrir que uno ha vivido dentro de una estructura que no entiende del todo.
Durante años, mi cuerpo funcionó sin pedir explicaciones. Caminé, nadé, hice ejercicio. No había señales claras de que algo estuviera mal. Y, sin embargo, ahí estaba: una arquitectura ligeramente distinta, una alineación imperfecta que no impedía la vida, pero sí la condicionaba.
No es que el cuerpo estuviera equivocado.
Es que yo no lo conocía.
Y entonces la pregunta dejó de ser qué había pasado ese día en el gimnasio.
La pregunta empezó a ser otra:
¿Desde cuándo me muevo sin saber exactamente cómo estoy hecho?
Porque el error no fue solo técnico.
No fue únicamente bajar rápido.
Fue asumir que repetir algo muchas veces equivale a entenderlo. Que la familiaridad es una forma de conocimiento. Que el cuerpo responde porque lo controlamos.
Pero el cuerpo no responde.
El cuerpo negocia.
Tolera pequeñas desviaciones, compensa desbalances, ajusta lo que puede sin que lo notemos. Encuentra maneras de sostenernos incluso cuando no sabemos del todo cómo hacerlo.
Hasta que algo cambia.
Hasta que deja de alcanzar.
Ahora estoy en otro proceso.
Uno más lento. Más consciente. Más incómodo, también.
Estoy aprendiendo a moverme otra vez. A hacer ejercicio con atención. A nadar no solo para avanzar, sino para entender cómo se organiza mi cuerpo dentro del agua. Hay algo en la natación que obliga a una especie de honestidad: no puedes engañar del todo a la gravedad ni a tu propia estructura.
El cuerpo se revela.
Y en esa revelación hay una especie de aprendizaje inesperado.
No se trata de corregir un error puntual.
Se trata de reconocer que siempre hubo algo que no estaba viendo.
Que el cuerpo no es una herramienta que uno usa, sino un sistema que uno habita sin terminar de comprender.
Bajar más lento, ahora lo entiendo, no es solo una cuestión de técnica.
Es una forma de atención.
Una manera de suspender esa confianza automática que nos hace creer que sabemos más de lo que realmente sabemos. De habitar el movimiento como si fuera la primera vez, incluso cuando no lo es.
Porque tal vez ese es el problema.
Que dejamos de mirar demasiado pronto.
Y el cuerpo, tarde o temprano, encuentra la forma de recordárnoslo.