ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Nadie te dice que reaprender a moverte es ligeramente humillante.
No en un sentido dramático. Nadie se ríe, nadie señala, nadie hace comentarios incómodos. La humillación es más discreta. Más íntima. Tiene que ver con descubrir que algo que dabas por resuelto —algo tan básico como agacharte, levantar peso o mantener la espalda en cierta posición— en realidad nunca estuvo del todo claro.
En el gimnasio, por ejemplo, todo se volvió sospechoso.
La máquina Smith seguía ahí, exactamente igual. La barra, los seguros, el espejo enfrente. Nada había cambiado en el entorno. Y, sin embargo, el movimiento ya no era el mismo. Había una especie de pausa nueva entre una acción y otra, como si el cuerpo necesitara negociar cada paso antes de ejecutarlo.
Bajar ya no era sólo bajar.
Era colocar los pies, revisar la postura, alinear la espalda, recordar no soltar el control, no confiar demasiado en la inercia. Era, en cierto sentido, pensar demasiado algo que antes ocurría sin pensamiento.
Y eso es extraño.
Porque el ejercicio —al menos como solemos entenderlo— tiene algo de repetición automática. Se supone que uno entrena para que el cuerpo aprenda, para que deje de dudar, para que responda sin intervención constante.
Pero en mi caso estaba pasando lo contrario.
Cuanto más consciente me volvía, menos automático era todo.
La indicación de trabajar con el mínimo peso no ayudaba a la autoestima.
Hay algo profundamente contradictorio en estar en un gimnasio —rodeado de cuerpos que cargan, empujan, avanzan— mientras tú intentas no pasarte de unos cuantos kilos. No es que alguien te esté observando, pero hay una narrativa implícita en el lugar: progresar es aumentar.
Y yo estaba haciendo lo opuesto.
Reducir el peso tiene un efecto curioso: elimina cualquier posibilidad de engaño. Cuando la carga es baja, no puedes esconderte detrás del esfuerzo bruto. Todo depende de la forma. De la precisión. De pequeños ajustes que antes parecían irrelevantes.
Y ahí es donde empieza lo verdaderamente incómodo.
Descubrir que no sabes hacer bien algo que creías dominar.
No de manera catastrófica, pero sí lo suficiente como para que cada repetición se convierta en una especie de corrección continua. Espalda recta. No, demasiado rígida. Relajar un poco. No tanto. Ajustar otra vez.
Hay momentos en los que el cuerpo parece un sistema mal calibrado.
No porque esté “mal”, sino porque cada corrección genera otra pequeña desviación. Como si no hubiera una posición perfecta, sólo aproximaciones sucesivas.
Y eso agota.
Agota más que el peso.
En la alberca, la experiencia es distinta, pero no necesariamente más sencilla.
El agua tiene esa cualidad engañosa: parece facilitar el movimiento, pero en realidad lo expone. No hay superficies firmes donde apoyarse, no hay estructuras externas que estabilicen. Todo depende de cómo el cuerpo se organiza desde dentro.
Flotar, por ejemplo, dejó de ser un acto obvio.
Hay días en los que funciona casi sin esfuerzo, como si el cuerpo recordara algo que yo no entiendo del todo. Y hay otros en los que cada movimiento parece desacomodar algo. La respiración se desordena, la alineación se pierde, y de pronto nadar se convierte en una serie de intentos más que en un flujo continuo.
Es frustrante.
Y, en cierto modo, también es revelador.
Porque en esa inestabilidad aparece algo que antes no estaba: una atención distinta. No constante —eso sería insoportable— pero sí intermitente. Como si el cuerpo enviara pequeñas señales que ahora, por primera vez, estoy obligado a escuchar.
No siempre sé qué hacer con ellas.
Esa es otra parte del proceso que nadie menciona: entender no implica saber actuar. Puedes tener toda la información —la escoliosis, las vértebras, las recomendaciones— y aun así moverte con duda.
¿Esto está bien?
¿Esto es suficiente?
¿Esto está empeorando algo que no veo?
La ansiedad se instala justo ahí, en ese margen de incertidumbre.
No como pánico, sino como una especie de comentario constante. Una voz que no grita, pero tampoco se calla. Que acompaña cada movimiento con una pequeña advertencia.
Y, sin embargo, el cuerpo sigue.
Esa es quizá la parte más extraña de todo esto.
A pesar de la duda, a pesar de la corrección constante, a pesar de la sensación de no hacerlo del todo bien, el cuerpo sigue encontrando maneras de moverse. No de forma perfecta, pero sí suficiente.
Suficiente para nadar.
Suficiente para hacer ejercicio.
Suficiente para sostener la rutina sin que todo se detenga.
Y en esa suficiencia hay algo inesperado.
Porque rompe con una idea bastante instalada: que sólo vale lo que se hace correctamente. Que el movimiento tiene que ser óptimo para tener sentido. Que cualquier desviación es un error que hay que eliminar.
Pero el cuerpo no parece funcionar así.
El cuerpo ajusta.
Compensa.
Negocia.
Encuentra formas de hacer posible lo que, en teoría, no está del todo bien resuelto.
Y eso no es necesariamente un defecto.
Es, en cierta forma, su manera de sobrevivir.
Con el tiempo, ese proceso empieza a sentirse menos como una corrección constante y más como una conversación.
No una conversación clara, con respuestas inmediatas, sino algo más torpe, más fragmentado. Un intercambio en el que a veces entiendo y a veces no, pero en el que ya no puedo asumir que tengo la última palabra.
Moverse deja de ser una orden.
Se vuelve una negociación.
Y quizá ahí está el cambio más importante.
No en la técnica, no en el peso, no en la alineación exacta, sino en la relación.
Porque antes el cuerpo era algo que yo usaba.
Ahora es algo con lo que tengo que ponerme de acuerdo.
No siempre funciona.
Hay días en los que todo se siente torpe, forzado, incómodo. Días en los que la conciencia pesa demasiado y uno desearía volver a la ignorancia inicial, a esa forma más simple —y más imprecisa— de habitarse.
Pero incluso eso forma parte del proceso.
Aprender a moverse otra vez no es recuperar algo perdido.
Es construir algo distinto.
Menos automático.
Menos confiado.
Pero también, de una manera extraña, más cercano a lo real.
Porque moverse sin pensar puede ser eficiente.
Pero moverse sabiendo que no todo encaja —eso exige otra forma de atención.
Una más incómoda.
Y quizá, por eso mismo, más honesta.