ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay pérdidas que llegan con una noticia. Y hay otras que llegan con el silencio. La primera tiene una fecha. Alguien llama, alguien dice una frase que uno no quiere escuchar y, de pronto, el calendario adquiere un antes y un después.
La segunda es más confusa. No hay funeral. No hay flores. Nadie pide que apaguemos el teléfono. Simplemente llega un momento en que comprendemos que una relación que alguna vez fue importante ya no tiene dónde apoyarse. Este año tuve que aprender las dos cosas.
Murió mi tío.
Y, casi al mismo tiempo —aunque las tragedias nunca respetan demasiado nuestras categorías—, perdí una amistad.
No fue la misma pérdida. Pero ambas tienen algo en común: hay personas que uno quisiera volver a ver y ya no puede hacerlo de la misma manera. La muerte tiene, por lo menos, una crueldad honesta. No negocia. No argumenta. No deja abierta una posibilidad razonable de que, dentro de unos meses, las cosas puedan arreglarse.
Alguien se va y uno tiene que aprender a hablar en pasado. Y qué extraño es hablar en pasado de alguien que, dentro de nuestra cabeza, todavía aparece en presente. Uno sigue pensando «le voy a contar esto» hasta que recuerda que ya no. Sigue encontrando frases que le habría gustado escuchar. Sigue imaginando conversaciones que ya no pueden ocurrir. Y descubre que el duelo no consiste únicamente en extrañar a una persona. También consiste en extrañar todas las cosas que todavía podían haber sucedido con ella. Hay una clase de futuro que muere junto con cada persona. Y ésa, quizá, sea una de las partes más difíciles de aceptar.
Con mi tío no me quedó una discusión pendiente. Me quedó la ausencia. Eso duele, pero tiene una forma.
La otra pérdida fue diferente. Una amistad puede morir sin que nadie haya dejado de respirar. A veces basta con que entren en ella palabras que no nacieron entre quienes eran amigos. Palabras dichas en otro lugar, desde otra voz, con otra historia. Palabras que uno quizá ni siquiera debería conocer, pero que llegan. Y una vez que llegan, ya no existe la posibilidad de devolverlas intactas a quien las pronunció. Las palabras tienen esa pésima costumbre de no aceptar la opción «deshacer».
Ojalá las conversaciones funcionaran como los documentos de Word. Uno dice algo desafortunado, presiona Ctrl+Z y aquí no pasó nada. Pero no. La vida carece de esa maravillosa tecnología. Y algunas palabras, incluso cuando no se pronuncian frente a nosotros, consiguen cambiar la manera en que miramos una relación. No porque necesariamente sean verdad. A veces basta con saber que fueron dichas. Eso es todo. Una pequeña grieta. Después otra. Y finalmente uno descubre que está mirando una amistad desde el otro lado de un vidrio.
Lo verdaderamente triste es que, en mi caso, no perdí solamente una amistad. Perdí dos personas. Una porque murió. Otra porque algo ajeno entró en una relación que, hasta entonces, tenía su propia historia. Y aquí es donde las cosas se vuelven particularmente incómodas.
Porque sería muy fácil encontrar un culpable, señalarlo con el dedo y redactar mentalmente un alegato de ciento veinte páginas con citas a pie de página. La tentación existe. Después de todo, quienes escribimos tenemos una ventaja peligrosa: podemos hacer que una herida parezca una tesis. Pero no quiero hacerlo. No porque no me haya dolido. Precisamente porque me dolió. Hay dolores que uno no necesita convertir en expediente para saber que existen. Prefiero pensar en aquellas palabras como se piensa en una corriente de aire que entra por una ventana mal cerrada: no siempre sabemos cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando finalmente la sentimos, la habitación ya está fría.
Y quizá eso sea lo más injusto. Que una relación construida durante años pueda quedar afectada por algo que no pertenece realmente a su historia. Dos personas pueden tener recuerdos, confianza, conversaciones, silencios cómodos, bromas privadas, preocupaciones compartidas y esa extraña familiaridad que hace que uno sepa cómo va a reaccionar el otro ante determinadas cosas.
Y, de pronto, aparece una voz externa. Una voz que no vivió todo aquello. Una voz que no estuvo en cada conversación. Una voz que no cargó con ninguno de los días buenos ni de los malos. Y, sin embargo, consigue modificar el paisaje. Eso me produce una tristeza difícil de explicar. No solamente porque perdí a alguien. Sino porque sé que probablemente no habrá una escena final. No habrá necesariamente una conversación perfecta en la que cada pieza encuentre su lugar. No habrá un personaje sabio que aparezca al tercer acto y diga exactamente las palabras que todos necesitábamos escuchar.
La vida, para desgracia de quienes crecimos consumiendo demasiadas historias, no siempre escribe finales satisfactorios. Hay relaciones que terminan sin resolución. Y uno tiene que aprender a vivir con esa página en blanco. Me gustaría decir que ya lo acepté completamente. No sería cierto. Hay días en que todavía pienso en cómo habría sido arreglarlo.
Qué habría pasado si algunas cosas se hubieran dicho de otra manera. Si alguien hubiera preguntado antes de asumir. Si hubiéramos tenido una conversación distinta. Si ciertas palabras jamás hubieran llegado.
Pero la imaginación tiene una habilidad extraordinaria para fabricar puertas en paredes que ya no existen. Y hay que aprender a no vivir atravesándolas. Quizá ésa sea la parte más adulta del duelo: aceptar que no todo dolor necesita una solución. Hay cosas que se pueden reparar. Hay otras que se pueden perdonar. Y hay algunas que simplemente se tienen que llorar.
Mi tío pertenece a esa última categoría. La amistad, quizá también. No porque deje de importarme. Al contrario. Precisamente porque importó, duele aceptar que puede no haber una salida.
Y hay una cierta ternura en reconocerlo. Porque el amor —en cualquiera de sus formas— no siempre termina cuando dejamos de estar juntos. A veces permanece como una especie de habitación que ya no habitamos, pero cuya distribución todavía conocemos de memoria.
Uno pasa frente a ella y recuerda dónde estaba la ventana. Dónde entraba la luz. Dónde alguna vez estuvo sentado alguien que quisimos.
Y sigue caminando. Supongo que eso estoy aprendiendo. A caminar sin fingir que no me duele. A extrañar a mi tío sin convertir su ausencia en una condena para el futuro. A aceptar que una amistad puede haber sido verdadera, aunque no haya conseguido sobrevivir. Y a entender que perder a alguien no borra lo vivido con esa persona. Quizá ésa sea la única forma de hacer las paces con las pérdidas que no tienen reparación. No obligarlas a tener un final distinto.
Mi tío no volverá.
Y aquella amistad quizá tampoco.
Hay una tristeza particular en decirlo. Pero también hay algo liberador. Porque cuando finalmente dejamos de exigirle a la vida que nos devuelva lo que quitó, podemos empezar a preguntarnos qué hacemos con lo que todavía tenemos.
No siempre hay una moraleja. A veces sólo queda agradecer. Por los años. Por las conversaciones. Por las personas que fueron importantes. Por lo que alcanzamos a decir. Y también por aquello que no pudimos resolver. Hay pérdidas que no cierran. Uno aprende a vivir alrededor de ellas.
Y quizá eso sea el duelo: no conseguir que deje de doler, sino conseguir que el dolor encuentre un lugar donde sentarse sin ocupar toda la casa.
Yo sigo teniendo esa casa.
Y, aunque algunas habitaciones estén vacías, todavía hay luz en otras.
Por ahora, me basta con eso.