La sociedad tiene una manera muy particular de administrar el silencio. No siempre prohíbe; a veces basta con no nombrar. Lo que no se dice parece no existir. Así han sobrevivido muchas historias de amor entre mujeres: a media voz, detrás de una puerta, en fotografías que nunca llegaron a un álbum familiar, en gestos tan cotidianos que aprendieron a confundirse con el paisaje.
Tortillas de Zacatecas, de Paloma Lizardo Briseño y Diana Márquez Gómez, no intenta convertir el dolor en espectáculo. Hace algo más complejo: recupera una palabra utilizada para humillar y la devuelve transformada. «Tortilla» deja de ser una marca impuesta desde el desprecio para convertirse en un signo de pertenencia, una afirmación de la propia existencia. No es una revancha; es una reconciliación con el lenguaje.
Hay una inteligencia sutil en la elección de los materiales. El maíz, el papel que envuelve las tortillas, los retratos y los videos pertenecen al inventario sentimental de cualquier hogar mexicano. La exposición no necesita escenarios extraordinarios porque entiende que la violencia y el afecto suelen compartir la misma mesa, el mismo barrio, la misma calle. Es precisamente desde esa cercanía donde la obra encuentra su fuerza.
Durante demasiado tiempo, el arte habló de las mujeres lesbianas como excepción, metáfora o ausencia. Aquí ocurre lo contrario. Las artistas renuncian al exotismo para apostar por algo mucho más difícil: la vida cotidiana. Una mirada sostenida, una casa y cuerpos que no piden disculpas por amar. La belleza aparece entonces sin artificios, como aparece la verdad cuando deja de esconderse.
Conviene recordar que resistir no siempre significa levantar la voz. A veces consiste simplemente en permanecer. Amar cuando el entorno insiste en llamar pecado a la ternura. Construir comunidad donde otros sembraron aislamiento. Habitar el propio nombre después de haber sobrevivido al insulto.
Quizá por eso esta exposición trasciende la discusión sobre la diversidad sexual. En el fondo habla de algo que nos alcanza a todos: el derecho a existir sin tener que traducirse para ser aceptados.
El arte rara vez ofrece respuestas definitivas. Su trabajo consiste en abrir grietas. Tortillas de Zacatecas abre una en el muro del prejuicio y deja entrar una certeza sencilla, casi antigua: el amor nunca ha necesitado permiso para ser verdadero. Somos nosotros quienes, una y otra vez, hemos intentado imponerle condiciones. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero