JUAN GERARDO AGUILAR
Me criaron bajo la premisa de que “con vergüenza no se llega a ningún lado”. La escuché tantas veces que terminó convirtiéndose en una suerte de brújula moral bastante rara, porque, aunque aparentemente invita al descaro, en realidad esconde una enseñanza más profunda: la de que el mundo castiga más a quienes se paralizan por el qué dirán que a quienes se atreven a vivir con todo y eso.
Con los años entendí que la vergüenza es un sentimiento muy extraño, que sirve para que no ande uno por la vida haciendo cualquier barbaridad, pero también puede convertirse en una jaula portátil. Hay gente que deja pasar oportunidades, amores, trabajos o sueños sólo por miedo al ridículo. Por fortuna o por accidente, como todo lo que me pasa, yo terminé vacunándome relativamente temprano contra eso.
Crecí en un barrio pródigo en rateros, algunos de ellos muy entrañables, hasta eso. Los más hábiles compartieron conmigo sus saberes para abrir coches y echarlos a andar, para forzar cerraduras, sacar carteras y demás. Fue por un mínimo cálculo que no acabé como ellos y por los buenos oficios de mi madre también, porque siempre estuvo trucha de que esta oveja pinta no se descarriara de más.
Ya con tiempo y distancia de por medio descubrí que aquellos cabrones tenían una filosofía involuntaria bastante sofisticada: no sentían vergüenza por ser lo que eran ni por existir. Otra cosa muy distinta era la ética de sus actos, porque, a decir verdad, una cosa es ser desvergonzado y otra ser sinvergüenza. Parece pequeña la diferencia, pero es precisamente ahí donde se juega buena parte de la condición humana.
Hubo un episodio que marcó mi total pérdida de vergüenza y fue cuando me desgarraron el uniforme al final de secundaria. Se trataba de una tradición bárbara entre vatos, que desconozco si se siga realizando ahora, pero por aquel entonces marcaba el final de esa etapa escolar.
La cosa es que prácticamente tuve que caminar encuerado, con la camisola hecha taparrabos hasta mi casa. Estamos hablando de un trayecto a pie de cerca de media hora que resultó incómodo al principio, pero después, a medida que avanzaba, las burlas y las risas me terminaron contagiando y no me quedó más remedio que perder la vergüenza.
Ahora sé que fue una de las mejores cosas que me pudieron pasar, porque llega un momento en que el ridículo alcanza un punto máximo y, curiosamente, deja de importarte. Descubrí que la vergüenza es pasajera: apenas dura unos cuantos minutos; después, sólo queda seguir caminando, aunque sea medio encuerado, pero ya mucho más libre.
En Anatomía del asco, William Ian Miller dice que el asco, el desprecio, la vergüenza y el odio suelen formar una misma constelación emocional. La vergüenza aparece cuando sentimos que hemos fallado frente a las reglas que nosotros mismos aceptamos como válidas; cuando creemos no haber estado a la altura de lo que los demás esperan o de la imagen que intentamos proyectar.
Se trata de una emoción profundamente social que requiere de espectadores, ya sean reales o imaginarios. Por lo mismo puede llegar a ser devastadora, porque no sólo amenaza nuestra reputación, sino que también erosiona la autoestima hasta hacernos creer que el problema ya no es lo que hicimos, sino lo que somos.
A lo mejor por eso el miedo al ridículo gobierna a tanta gente. Lo cierto es que hay quienes jamás escriben un libro por miedo a que se burlen; hay quienes nunca se atreven a decir te quiero; hay quienes no preguntan y ni siquiera lloran por temor a verse débiles. Viven tratando de administrar su imagen como si eso le importara al resto del mundo y terminan siendo una bola de tibios.
Yo puedo decir que la falta de vergüenza me ha abierto muchas puertas en la vida, en el amor, en el sexo, en el trabajo, en la literatura… Supongo que después de tanta chingadera, me convertí en alguien que ya no vive tan preocupado por lo que puedan decir de mí.
Y es que después de ocho funas y una erección involuntaria en el quirófano frente a las practicantes de medicina, uno descubre que la reputación resiste más que el caparazón de una tortuga y que, al final, la gente termina conociéndote por cómo eres, porque la desvergüenza, bien entendida y bien aplicada, acaba convirtiéndose en un sello distintivo.
Recuerdo que cuando vi Sucios, feos y malos, de Ettore Scola, me sentí plenamente identificado con esos personajes. Esa familia miserable, caótica y entrañablemente ruin vive sin el menor interés por guardar las apariencias. Mienten, gritan, se traicionan y sobreviven como pueden, pero nunca fingen una respetabilidad que no tienen. Scola retrata una humanidad grotesca y, justamente por eso, profundamente verdadera. Nadie posa para la fotografía: simplemente existen.
Eso me hizo pensar que la desvergüenza también puede ser una forma de honestidad. Vivimos una época donde todo el mundo administra cuidadosamente su careta de personaje público. Calculan cada palabra, cada opinión, cada fotografía y cada chiste con el temor permanente de ofender a alguien o de convertirse en tendencia por las razones equivocadas. Las redes sociales nos convencieron de que la peor tragedia posible es quedar en ridículo, cuando en realidad el ridículo ha sido, desde siempre, uno de los motores más eficaces del aprendizaje callejero.
Ahora bien, no estoy defendiendo la vulgaridad per se ni la ausencia de límites. Mucho menos la falta de ética. Soy partidario de esa otra desvergüenza, es decir, de la de quienes dejan de pedir permiso para ser quienes son; la de quienes escriben aunque los critiquen, la de quienes aman aunque no sean correspondidos, la de quienes no saben sentir poquito, la de quienes publican aunque no consigan likes, la de quienes no temen empezar de cero nuevamente, aunque todos les digan que ya es demasiado tarde.
Porque la vergüenza, una vez que se instala para siempre, termina convirtiéndose en una prisión mucho más eficaz que cualquier otra cárcel. Por eso sigo creyendo en la frase con la que crecí, aunque hoy ya la entienda de otra manera. No porque haya que vivir sin principios, sino porque hay momentos en los que el miedo al juicio ajeno resulta infinitamente más peligroso que el juicio mismo.
Yo prefiero la desvergüenza como actitud ante la vida y como una manera de plantarle cara a un mundo cada vez más preocupado por lo políticamente correcto. A final de cuentas, la gente desvergonzada somos la resistencia, porque sólo nosotros sabemos lo que cuesta vivir sin andar pidiendo disculpas por ser o existir.
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