FROYLÁN ALFARO
Estaba releyendo a Aristóteles, cuando recordé que, de algún modo, ese griego de túnica blanca había sido el arquitecto invisible del oscurantismo medieval. Claro, no lo hizo con mala intención, ningún filósofo lo hace, pero sus categorías, su idea de un cosmos ordenado y jerárquico, su idea de las causas finales, encerraron al pensamiento europeo en un sistema que no dejaba espacio para lo imprevisto. Su lógica fue tan perfecta que se volvió una jaula, su metafísica fue tan coherente, que se hizo dogma. Y en nombre de esa perfección aristotélica, siglos después, se prohibieron los libros de Copérnico, se quemó a Giordano Bruno y se obligó a Galileo a mirar hacia el suelo mientras la Tierra giraba.
Aristóteles no fue el único sospechoso de provocar males. El filósofo alemán Hegel, que soñaba con que la historia tenía un sentido y que el Espíritu se realizaba a través de los pueblos, terminó siendo leído (mal leído, pero leído al fin) por quienes justificarían guerras, imperios y naciones “destinadas” a gobernar sobre otras. Nietzsche, que quiso liberar al individuo de toda moral impuesta, fue convertido por los nazis en el profeta de una raza superior, su “superhombre” se transformó en un monstruo de propaganda. Y Marx, que imaginó un mundo más justo, fue utilizado para construir Estados donde la libertad se volvió sospechosa.
Todo ello me llevó a pensar que los filósofos no deberían escribir. Que su tarea debería ser hablar en voz baja, quizá en cafés o en bares donde lo que se dice se pierde con el ruido, sin dejar testimonio escrito. Porque cada vez que una idea queda fijada en el papel, se vuelve carne de interpretación, y la interpretación, como bien sabía Derrida, es el principio de toda catástrofe.
Sin embargo, ¿podríamos culparlos realmente? ¿Fue Aristóteles quien metió a Galileo en prisión, o los hombres que confundieron su sistema con una Biblia? ¿Fue Nietzsche quien encendió los hornos de Auschwitz, o los fanáticos que nunca entendieron su ironía? Considero que los filósofos son culpables en el mismo sentido en que lo es un poeta cuando alguien comete un crimen inspirado en sus versos.
Recuerdo una conversación en la universidad, cuando afirmé, con casi ningún argumento, que la filosofía no sirve para nada, y un compañero respondió que precisamente por eso es peligrosa. “Las ideas puras son las más tóxicas”, añadió. Y tenía razón. Lo más peligroso no son las armas ni el dinero, sino una idea que promete sentido. Cuando alguien cree haber entendido “cómo debe ser el mundo”, cuando una teoría se convierte en salvación, todo está perdido.
Pero el problema no son las ideas, sino nuestra relación con ellas. Tenemos la tendencia de adorar lo que no comprendemos. Convertimos teorías en ídolos, sistemas en religiones, filósofos en profetas. Aristóteles no tenía discípulos, tenía fieles. Hegel no dejó estudiantes, dejó creyentes. Por eso, lo que comenzó como una pregunta terminó en una cruzada.
Actualmente parece suceder lo mismo. Basta con mirar las redes sociales, un influencer dice una frase medio profunda como “sé tú mismo”, “piensa positivo”, “el universo conspira”, y millones la repiten como si fuese un axioma o una ley. La diferencia entre un filósofo antiguo y un motivador moderno es apenas de retórica. Ambos ofrecen respuestas simples a un mundo complejo, y nosotros, necesitados de sentido, les creemos. Tal vez el mal que hacen los filósofos no sea tan distinto del mal que hacen los gurús de internet, pues ambos nos convencen de que pensar tiene un final, cuando en realidad pensar debería ser sólo el comienzo.
He llegado a creer que lo que duele de la filosofía no es que produzca males, sino que revela que esos males siempre estuvieron allí, esperándonos. Cuando Platón imaginó su República perfecta, no inventó el totalitarismo, pero sí lo anticipó. Cuando Marx habló de lucha de clases, no creó la violencia, pero sí la describió. Cuando Nietzsche anunció la muerte de Dios, no mató a nadie, sólo reconoció que el cadáver ya estaba frío.
Entonces, ¿por qué insistimos en culparlos? Tal vez porque es más fácil cargarle las ruinas del mundo a un filósofo que mirarse en el espejo. Son los demás, nosotros, quienes deciden usar las ideas como banderas o como armas.
Al final del día, un filósofo no cambia el mundo, apenas le da un lenguaje para comprender su propio movimiento. Las ideas filosóficas no impulsan el barco, pero señalan hacia dónde va.
Quizá el verdadero mal de los filósofos es que nos hacen pensar que pensar importa. Nos hacen creer que todo lo que pasa, una guerra, una revolución, un descubrimiento científico, tiene un fundamento teórico detrás. Y no, el mundo se mueve más por hambre, por deseo o por miedo, casi nunca por sistemas conceptuales. El campesino no labró la tierra por Aristóteles, el obrero no tomó la fábrica por Marx, los soldados no marcharon a Berlín por Nietzsche. La historia se hace con cuerpos, no con conceptos.
Aún así, sería injusto negarlo, pues los filósofos también siembran semillas. A veces una idea en un libro olvidado, resuena siglos después en alguien que puede llevar esa idea a un hecho, bueno o malo. Tal vez esa es la magia y el peligro de escribir: que uno nunca sabe quién lo leerá.
Cerré el libro de Aristóteles, pero no me quede con la idea de que él haya sido el culpable de los males que describí al inicio, aunque fue una idea que me acompañó desde que estaba en la licenciatura, hace ya varios años. Ahora tiendo a pensar que el verdadero problema nunca fueron los filósofos, sino nosotros, los que los leímos demasiado bien o demasiado mal. Pues si el pensamiento de un hombre muerto hace más de dos mil años puede seguir siendo responsable de nuestros males, entonces la filosofía es más poderosa de lo que creemos. Pero no, los filósofos no mueven el mundo. Sólo lo piensan, lo sueñan, lo nombran, y a veces lo disuelven. Y esos actos inútiles nos muestran que las ideas no son el mal, sino el espejo donde el mal se reconoce.