Un mapa es una explicación y una promesa. Promete orientación, pero también extravío. Promete un trayecto, aunque no garantice el arribo. Todo mapa es una tentativa de ordenar el mundo, delimitarlo. Quizá por eso el título Mapa de luz y sombra sugiere menos una certeza que una tensión: ¿cómo cartografiar aquello que cambia según la hora del día, según la inclinación del cuerpo, según la memoria?
Pensar en un mapa es aceptar que hay algo que no conocemos por completo. Nadie traza una ruta de lo que domina; se dibuja aquello que se desea comprender. La luz podría ser coordenada. La sombra, relieve. La poesía, entonces, no como paisaje terminado, sino como instrumento de orientación: una brújula sensible.
Hay mapas que delimitan territorios y hay mapas que revelan relaciones. Este parece pertenecer a los segundos. No organiza países ni fronteras: organiza intensidades. Lo que alumbra. Lo que oscurece. Lo que aparece cuando algo bloquea la claridad. Porque la sombra no existe por sí sola; necesita un cuerpo, una interrupción, una materia que se interponga. En ese gesto de interposición está el humano.
Quizá la escritura que propone este libro no intenta resolver el contraste entre claridad y penumbra, sino hacerlo visible. Nombrar lo que arde y lo que duele. Señalar la zona donde la experiencia se vuelve más densa. Un mapa así no conduce hacia afuera, sino hacia adentro. No traza líneas rectas; sugiere desvíos.
En tiempos en que la cartografía parece digital, instantánea y exacta —esa ilusión de que todo puede ubicarse con precisión milimétrica—, la poesía insiste en un mapa imperfecto, dibujado a pulso. Uno donde el error es parte del trayecto. Donde las preguntas ocupan más espacio que las respuestas.
Y también hay otra cartografía: la que se construye entre voces. Ningún mapa se sostiene sin comunidad. Las redes —las visibles y las invisibles— son rutas que concatenan lecturas, afinidades, hallazgos. Un libro llega porque alguien lo comparte. Una autora se vuelve cercana porque otra voz la nombra. No se trata solo de difusión, sino de tejido: una cadena de entusiasmos que enlaza orillas.
En esa geografía afectiva, agradezco profundamente a nuestro querido amigo Ibán de León por ser puente. Hay quienes escriben y hay quienes trazan los caminos para que esa escritura circule. Su lectura abre una ruta más en este mapa compartido que es El Mechero.
Al final, lo que deja Mapa de luz y sombra es la sensación de que Patricia Iriarte no pretende ofrecernos un territorio clausurado, sino un espacio en movimiento. Su cartografía no dicta destinos: invita a recorrerlos. Y en ese gesto —trazar sin imponer, iluminar sin borrar la sombra— reside la fuerza de una voz que entiende la poesía como orientación sensible en medio del mundo.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero