ENRIQUE GARRIDO
Existen muchas formas de padecer el tiempo, ya sea el lineal que nos lleva irremediablemente hasta el fin de nuestra existencia, el mítico a partir de ciclos, o el actual, el tiempo mundialista. Cada 4 años nuestro día se rige sobre 90 minutos. Ya sea que ames, odies o te dé igual el fútbol, durante un mes te enterarás de resultados, nombres de jugadores, geopolítica, supersticiones raras e incluso países que no sabías que existían, y pese a la ya bastante, notoria y cínica ambición del Cthulhu del fútbol internacional, hay algo que siempre llama la atención: la pasión desbordada.
Dice Juan Villoro que si hubiera un mundial de aficiones, sin duda México llegaría a la final. Con el auge de las cámaras portátiles, las imágenes de los festejos por los triunfos del seleccionado en este 2026 nos demuestran que somos aficionados bipolares. Por un lado están los que celebran hasta cruzarse con los que no tuvieron el día libre en la hora crepuscular, los que nadaron en aguas negras, los que consuelan a los caídos; pero también están los agresivos, aquellos que llevan hasta la violencia el desborde de su emoción.
Más allá de aparentar cierta intelectualidad y querer menospreciar este fenómeno social de los aficionados extremos, sin acercarse a sus motivaciones, su presencia es innegable, así como la euforia que les desata este juego y que los lleva a atentar contra la integridad de ellos mismos y los demás. Intentar hacer un análisis completo de la mente de un hincha en un espacio tan pequeño es imposible, así que sólo hablaremos sobre un caso de sobra conocido.
Muchos atribuyen a Patrick Hooligan, un delincuente de Southwark que organizaba peleas colectivas, la creación del término “hooligan”, otros a bandas callejeras como los Hooley, lo cierto es que se tiene registro de su uso en Inglaterra a finales del siglo XIX para describir a jóvenes de clase trabajadora involucrados en delitos y peleas callejeras, con referencias en la prensa desde 1898 y en relatos literarios como los de Arthur Conan Doyle. Los hooligans son los hinchas de nacionalidad británica que producen disturbios o realizan actos vandálicos, denominado hooliganismo, que pueden derivar en tragedias como la acontecida en Heysel en 1985, la cual dejó 39 muertos y más de 600 heridos durante la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus, provocando la prohibición de equipos ingleses en competiciones europeas por cinco años.
Existen muchas películas que retratan a los hooligans, tanto en su dinámica como en su ideología, como The Firm de Alan Clarke (1989), The Football Factory de Nick Love (2004) o Ultras de Francesco Lettieri (2020), no obstante, hay que considerar que refleja varios aspectos interesantes al respecto. I.D. (Identificación) de 1995 de Philip Davis cuenta la historia de cuatro policías que se infiltran en una banda de ultras futbolísticos para llegar hasta sus cabecillas y evitar así los numerosos actos vandálicos que llevan a cabo. Sin embargo, uno de ellos se identifica tanto con los hinchas violentos que poco a poco se convierte en uno de ellos. Sin hacer spoiler, creo que la cinta retrata algo poco conocido por quienes vemos el fútbol como mero entretenimiento y que no nos hemos puesto a pensar con profundidad.
Al policía en encubierto se le abre un mundo en el campo de la clandestinidad, pues nota que lo valoran más en el bar en el que se reúnen los grupos, mientras que en la policía lo menosprecian y minimizan. Así, se va llenando con una libertad aparente y un sentido de pertenencia que le ayuda a liberar la frustración, a través de la violencia, que carga con su trabajo y la familia a la que pertenece. Son algunas de las razones por las que la pasión se suele desbordar, pues los hinchas son grupos que dan sentido de pertenencia, identidad, de compartir la misma obsesión, un mismo camino. Eduardo Galeano decía que el fútbol es la única religión que no tiene ateos. Yo añadiría que tampoco tiene una sola forma de creer. Hay quienes rezan celebrando un gol con un desconocido y quienes convierten el estadio en un campo de batalla. Ambos persiguen lo mismo: sentirse parte de algo. Sólo cambian las maneras.
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