CARLOS FLORES
Viajo en este tren. Estoy perdido. Mi rumbo es incierto. En este monstruo de hierro viajan las monstruosidades que me acosan, que semejan un Apocalipsis que se cierne sobre mi alma y me hace sentir ganas de rezar, aun cuando de mi boca las palabras que salen distan mucho de parecer eso.
Este tren, que representa desgracia, es el caballo del jinete de la muerte que se lleva el alma y la voluntad. El sólo escucharlo horroriza y hace sentir la caída hacia un abismo gigantesco, que devora entrañas y me hace sentir que se compró el boleto equivocado.
El alma está en el desierto, sedienta y hambrienta de explicaciones, con el temor de estar sola e incomunicada en el Universo. Nunca estuvo tan sucia, como lo está ahora. A lo lejos se escucha el metal frotar y la máquina desgarrar el silencio con su perturbador y macabro ritmo. Son patrañas: el progreso y el avance del hombre, es sólo un salto hacia la propia destrucción. Se podría morir en la angustia de pensar que todo lo que vivimos no es más que algo falso.
Los sentidos se exaltan con ese estruendo horrible que rompe toda posibilidad de regreso con la naturaleza. No hay regreso a lo salvaje. Ni siquiera un recién nacido tiene en sus genes la posibilidad de sentir el mundo primitivo. El romanticismo abrió los sentidos del hombre hacia el mal, a la oscuridad, así la muerte tuvo un nuevo aliado, que en vez de sangre escupía dolor y angustia, y llamaba con su malvado canto al poeta, para que después de morir en vida se arrojase a sus entrañas.
Inocente vate que abrazaste la oscuridad y con ello abriste las puertas del mal, y la oscuridad se deslizó como sombra que es, entre los rincones, evadiendo la luz, llevándose consigo las creencias, la tradición, el orden del hombre, el orden de dios. Hoy en día la luz que nos alumbra es un falso sueño que esconde el abismo del eterno sueño; un relumbre en la oscuridad que ata la conciencia y el corazón, y nos envuelve en un torbellino de almas atormentadas, como en aquel viejo canto, sólo que, en este plano, que se difumina poco a poco, enlatando nuestras vidas en esquemas de ceros y unos.