{"eId":"196177699520697","CameraPosition":2}
DORALI ABARCA
El «blanco suave» ha sido coronado como el color del año 2026. En la superficie de las pasarelas y el diseño de interiores, esta elección se vende como una oda a la naturalidad, una búsqueda de calma en un mundo ruidoso. Sin embargo, cuando se confronta esta estética con la cronología de nuestro tiempo, la pureza del tono adquiere un matiz tétrico: el blanco no está aquí para iluminar, sino para ocultar.
El 2025 ha sido testigo de una explosión de limpiezas étnicas y de un blanqueamiento colonial sistemático, orquestado globalmente desde las estructuras de la ultraderecha. Imponer este color en la industria del consumo no es un hecho fortuito; es una operación política. La derecha radical ha regresado con una misión clara: unificar bajo una identidad monocromática y «regresar al corral» las miradas que se habían desviado hacia las barbaries del sistema. Ante el vacío dejado por una oposición que no supo resolver las crisis materiales, las mayorías, agotadas, han terminado por entregar su fe a sus propios opresores, seducidas por la promesa de un orden inmaculado.
El blanco invoca la «pureza», una palabra que en el diccionario del conservadurismo se traduce como «tradición y valores». Son ecos de discursos fascistas que hoy se cuelan en los espacios más insospechados. La moda, que solemos creer frívola o ajena a la dirigencia política, se convierte en el vehículo perfecto para este higienismo social. Es la estética del «lujo silencioso» aplicada a la geopolítica: borrar lo complejo para que parezca inexistente.
Da miedo observar cómo este lienzo en blanco va borrando los colores reales de una sociedad que ya no interesa a las élites. Intentan invisibilizar el rojo de las masacres que desangran fronteras, el verde tóxico de las aguas contaminadas por la industria, el gris asfixiante de un cielo que ya no conoce el azul y el naranja violento de un calor extremo que nos devora. El blanco es el color de la ceguera voluntaria.
Al final, esta tendencia busca blanquear también la «suciedad» de la clase trabajadora: borrar sus ritos vibrantes, sus tradiciones coloridas y su identidad diversa para sustituirlas por una uniformidad estéril. El blanco transmite paz, sí, pero es una paz de cementerio reservada para unos pocos. Mientras tanto, a la clase trabajadora se le niega el descanso, el ocio y el derecho al disfrute, permitiéndole apenas sobrevivir en un mundo que, aunque se vista de blanco lino, sigue oliendo a pólvora y a hollín.
Muy interesante su columna, como el color se mantiene en la cima de la semántica, y su ausencia como lo menciona muestra la gran paradoja, ahora lo más sucio y vil viene vestido de blanco.