FROYLÁN ALFARO
Imaginemos por un momento, querido lector, que vivimos en una colonia global donde cada casa es un país. Tenemos reglas de convivencia, por ejemplo: no invadir el jardín del otro, no resolver nuestras disputas internas entrando a la fuerza a la casa vecina, y, sobre todo, confiar en que la puerta de cada quien es el límite sagrado de su intimidad y sus problemas. Puede que no nos guste cómo arregla su jardín el señor de la casa número 7 (digamos, Venezuela), que su césped nos parezca que está muy seco y que su fachada es descuidada. Podemos quejarnos de esto con la asociación de vecinos (la ONU), dejar de saludarlo o incluso imponerle multas simbólicas (sanciones). Pero, ¿qué pasaría si un vecino poderoso, el dueño de la mansión del fondo (Estados Unidos), decidiera que el comportamiento del señor del 7 es intolerable y, saltándose todas las reglas, entrara a su casa para arrestarlo?
La reciente captura de Nicolás Maduro realizada por Estados Unidos no es sólo una noticia política. Es un experimento filosófico en tiempo real sobre los cimientos de la convivencia internacional. Y la reacción en redes, con esos peligrosos “ojalá que le pase lo mismo a México”, o similares, revela una comprensión profundamente erosionada de un principio fundamental de convivencia: la soberanía.
La filosofía política ha debatido durante siglos el origen y los límites del poder del Estado. Desde el Leviatán de Hobbes, que defendía un poder central fuerte para evitar la guerra de todos contra todos, hasta la idea kantiana de una federación de estados que respeten mutuamente su autonomía, el hilo conductor ha sido siempre la necesidad de un orden. Ese orden, en la colonia global, se llama derecho internacional. No es perfecto, es lento y muchas veces parece impotente ante las injusticias. Pero es el único marco que tenemos para evitar que la fuerza bruta y el capricho del más fuerte se conviertan en la única ley.
Cuando escuchamos, o mejor dicho leemos en las redes sociales, “ojalá que le pase lo mismo a México”, o a cualquier otro país cuyos gobernantes nos resulten poco eficientes, estamos cometiendo dos errores filosóficos graves. Primero, confundimos el ser con el deber ser. Que Maduro sea, a los ojos de muchos, un gobernante ilegítimo o criminal, no convierte automáticamente en “correcta” cualquier acción en su contra. Los fines no justifican cualquier medio, sobre todo cuando el medio, en este caso la violación de soberanía, socava el sistema entero que pretende defender.
Segundo, y más peligroso, es el error de la instrumentalización circunstancial de los principios. Aplaudimos la excepción cuando va contra nuestro “enemigo”, sin ver que estamos validando la regla. En términos más sencillos, estamos diciendo que está bien violar o violentar la casa del vecino si yo considero que su comportamiento es lo suficientemente malo. El problema es que en esta colonia global, los criterios de “lo suficientemente malo” son subjetivos, políticos y cambiantes. ¿Quién define ese criterio? ¿El vecino más fuerte? Hoy puede ser la casa de Maduro; mañana, bajo otro criterio definido por otro poder, podría ser la nuestra.
Fomentar esta lógica es un acto de autosabotaje colectivo. Es como alegrarse porque en la colonia se metieron a violentar una casa porque esa casa era la de un vecino que no me agradaba. Mañana ese precedente servirá para violentar cualquier casa. La soberanía es en realidad el muro de contención que protege a los débiles de los fuertes, a los disidentes de las mayorías, a la diversidad política de la homogeneización por la fuerza. Debilitarla en nombre de la justicia inmediata es como vender la puerta de tu casa para comprar pan, es decir, se resuelve un hambre hoy, pero mañana estás completamente expuesto.
La reflexión filosófica que nos exige este caso no es sobre Maduro, sino sobre nosotros. Sobre qué tipo de barrio global queremos habitar. ¿Uno donde la justicia sea una imposición arbitraria y unilateral, que depende de quién tenga la policía más grande? ¿O uno donde, a pesar de sus defectos, intentemos construir mecanismos colectivos, procedimentales y respetuosos de la autonomía, para dirimir nuestros conflictos?
Por eso, querido lector, en lugar del fácil “ojalá le pase a…”, preguntémonos si estamos dispuestos a que la regla que hoy aplaudimos se aplique mañana a nuestra casa, y no es una pregunta retórica, es la primera y última línea de defensa de la paz.