JESÚS UGARTE
La publicación de un libro ya no es ese dolor de cabeza que significaba ser rechazado incontables veces, hasta que un editor valiente le apostara a algo que a veces ni él entendía. Hoy se publica al por mayor: el político tiene su libro, el abogado, el famoso que habla abiertamente de su vida, el escritor que fue bateado por alguna mafia y el escritor de la mafia que estornuda y saca un libro rascuache.
De seguir así, los servicios de impresión bajo demanda asegurarán nuestro legado, porque:
1.- Tener un hijo: es una tarea difícil. Satisface por poco tiempo la idea egocéntrica de dejar para la posteridad nuestra genética, que a la humanidad le tiene sin cuidado… hasta que llega el primer “yo no te pedí nacer” o el “les presento a mi novio”.
2.- Sembrar un árbol: si vives en una ciudad, estás de suerte. Este paso te lo puedes saltar por la sencilla razón de que ya no hay tierra donde plantar ni un rábano (a menos que entendamos por «plantar» tener un cactus que apenas y regamos en la oficina). Es más, sería de mayor utilidad si nos encontráramos en nuestra calle un árbol grande… y lo cortáramos. Así diría algún que otro vecino: “¿Te acuerdas del árbol que andaba botando la banqueta? Pues fulanito lo mandó a tumbar”, y seríamos declarados “ciudadanos ejemplares” ipso facto.
El libro, en cambio, es un artículo que aporta sofisticación, que da brillo a quien ostenta con orgullo decir: “Soy el autor de media docena de títulos”, así, bajo un sistema duodecimal que remite a la caja de huevos. Mejor sería decir: “Mis obras completas pesan cinco kilos”, y así se entraría en una competencia que exigiera a los poetas plaquetteros dejar de producir sus folletos para entrar a la contienda de las básculas y el papel.
Por otra parte, la medida del éxito se refleja en las presentaciones, ya sea porque se llenó un auditorio de alumnos a quienes obligaron a asistir, so pretexto de un punto extra en sus calificaciones (y, por otra parte, que la universidad cumpla con su cuota de “oferta cultural”), o por el número de estados que el autor visita a manera de tours. Todo esto bajo el amparo de la “difusión” y de que hay que fomentar el hábito de la lectura en un país donde apenas da tiempo de dormir cuando no se está trabajando.
Dado que esto es así, el libro se ha convertido, en muchos casos, en un producto que ornamenta la figura de una persona y que permite a “lectores” y amigos llevarse la dedicatoria y la firma, buscadas como objetos coleccionables.
Pero lo más triste del asunto es, para mí, lo que en algún momento creía imposible. Cuando leí que detrás de las grandes obras de José Cela había “esclavos”, pensé que se trataba de una forma grosera de desprestigiar el trabajo de los escritores. Eso pensaba… hasta que conocí a Frida y comprobé que esa realidad podía ser perfectamente posible.
Frida era la asesora de una magistrada de un tribunal de justicia a la que se le vencía su plaza y, por consiguiente, le urgía hacer campaña para agarrar hueso. Como parte del plan, estaba sacar un libro autobiográfico que resumiera la impecable trayectoria de la servidora pública, pese a los obstáculos que, como mujer, había tenido que sortear.
Ángel, mi amigo, me llamó para decirme: —Ya nos cayó chamba —al tiempo que me adjuntaba en un correo un texto de cien páginas que se titulaba Una mujer de valor: belleza y fuerza de las jacarandas.
No sé cómo fue que Frida encontró el anuncio de nuestro emprendimiento como correctores de estilo, que claramente decía que éramos estudiantes de Letras. El asunto es que era el primer trabajito que nos caía y, debido a que se trataba de una magistrada, imaginábamos que la remuneración sería generosa. Sin chistar, dijimos que sí, y nos dividimos el trabajo.
El texto padecía de yoísmo, de míismo, de soyismo, y nos dejaba asqueados por la insoportable autoadulación que de inmediato hicimos saber a Frida con palabras eufemísticas, pero que la irritaron tanto al punto de decirnos: —¡Pues la magistrada ya lo leyó y a ella le gusta! ¡Sólo revisen la ortografía y esas cosas! —revelando así que la susodicha no había escrito palabra alguna.
Frida nos invitó a la presentación del libro para hacer bulto, más que por atención. El evento fue dentro del auditorio de un instituto patrulla que le otorgaría el doctorado honoris causa a la magistrada, después de que se leyeran fragmentos de ese bodrio asqueroso. En el evento estaban congregados estudiantes de Derecho, magistrados de otras salas, políticos y demás fauna godín.
Ángel asegura haber visto a Frida gesticulando las palabras que la magistrada pronunciaba, pero no fue por eso que supimos que ella estaba detrás de toda esa palabrería. Cuando llegó el momento de cobrar, nos pagó una bicoca, alegando que no éramos tan buenos, que nos faltaba experiencia, y confesando que ella había hecho todo el trabajo, aún después de que nos había pedido corregir tan sólo la ortografía y “esas cosas”.
Lejos de indignarme, esas palabras me aliviaron: no quería saber nada de ese libro ni de volver a corregir nada de nadie. La magistrada agarró hueso en otro estado y, junto a ella, Frida aseguró, al menos, cinco años de trabajo.
