FROYLÁN ALFARO
Este fin de semana desperté con ganas de no hacer mucho, pese a que tengo varias cosas pendientes: una investigación que avanzar, lecturas por hacer, proyectos que continuar, correos por responder. Había, sin embargo, en el aire una invitación al sosiego. Una luz tenue se colaba entre las cortinas, el café parecía más espeso de lo normal. No se trataba de una pereza cualquiera, sino de una necesidad de silencio. De ese tipo de pausa que no busca descansar del trabajo, sino del tiempo mismo.
Sin embargo, como ya he escrito antes, vivimos bajo la tiranía del rendimiento. Se nos enseña que el valor de la existencia se calcula en la cantidad de cosas logradas, en los proyectos terminados, en los títulos obtenidos (aunque sean de filosofía).
En relación a la lentitud pienso en Kant, quien tardó doce años en pensar la Crítica de la razón pura, aunque la escribió en apenas ocho meses. Doce años de silenciosa incubación, de maduración. Hoy, ese tiempo sería juzgado como improductivo y el Secihti no lo perdonaría. ¿Quién se permitiría hoy pensar durante más de una década antes de escribir una sola línea?
Pienso también en Descartes, que acostumbraba levantarse tarde y permanecer horas en la cama reflexionando. Su método del pensamiento, ese que tanto se nos repite en la historia de la filosofía, nació, literalmente, de la quietud matinal. Allí donde hoy muchos corren al gimnasio o revisan correos (o Instagram) antes del desayuno, Descartes miraba el techo y se preguntaba si todo lo que percibía no era acaso un sueño. La filosofía moderna, podría decirse, comenzó en una cama desordenada.
Pero no hace falta ir tan lejos. Basta observar el modo en que nos desenvolvemos en el día a día. Cocinar, por ejemplo, se ha vuelto una tarea que debe “optimizarse” con aparatos inteligentes; leer, una meta medible en “libros por año”; incluso el ocio se programa en aplicaciones que nos dicen cuánto tiempo “descansamos”. Hemos convertido la vida en un algoritmo de eficiencia. Y, sin embargo, ¿qué sucede con lo que se escapa de ese cálculo?
Hay algo bello en los actos lentos. Preparar un café sin prisa, caminar sin destino, escuchar sin mirar el reloj. En esos gestos insignificantes ocurre algo: el tiempo se dilata. Se hace espacio para la conciencia.
La lentitud, en realidad, no es ausencia de movimiento. Es otra forma de moverse. Es elegir el ritmo propio frente al ritmo impuesto. En la lentitud, el cuerpo y el pensamiento vuelven a sincronizarse. Por eso los antiguos griegos daban tanta importancia al ocio, (la scholé, en griego), no como mera inactividad, sino como el tiempo dedicado al pensamiento, al arte, a la contemplación. Paradójicamente, de esa palabra proviene nuestra “escuela”: un espacio que, en su origen, era tiempo libre. Hoy las escuelas, las universidades, los trabajos, han invertido esa relación: todo debe producir, rendir, justificar su existencia.
Mientras escribo estas líneas, una notificación me recuerda que llevo demasiado tiempo sin revisar mis mensajes. Y ahí me pregunto: ¿cuánto tiempo es “demasiado”? ¿Quién decide el ritmo adecuado de la vida? Quizá el problema no sea la velocidad en sí, sino el modo en que hemos delegado el compás de nuestra existencia a sistemas que no conocen el reposo. La tecnología acelera y nos hace creer que ganamos tiempo, cuando en realidad nos lo vacía.
Nietzsche escribió que los pensamientos valiosos llegan “en el caminar pausado”. Quizá por eso los filósofos antiguos enseñaban al aire libre, en los jardines o bajo los pórticos. No sólo se pensaba con la mente, sino también con el paso, con la respiración. La lentitud, en ese sentido, no es sólo una postura existencial: es un método de conocimiento. No se trata de hacer menos, sino de hacer distinto, de recuperar el instante.
El problema es que la lentitud se ha vuelto sospechosa. En un mundo de notificaciones, quien se detiene parece estar fuera de lugar. Pero quizá ese “fuera de lugar” sea precisamente el sitio desde donde vale la pena pensar. La prisa produce información; la lentitud, comprensión.
Kant, Descartes, Nietzsche: todos ellos sabían, cada uno a su manera, que el pensamiento necesita demorarse. La lucidez no nace del impulso, sino de la espera. Escribir, crear, incluso amar, exige cierta lentitud. Las relaciones humanas también se resienten bajo el régimen de la inmediatez: queremos conocer, responder, amar y olvidar con la misma rapidez con la que actualizamos una página web. Pero las personas, como las ideas, requieren tiempo para revelarse.
Por eso, él sábado decidí no hacer mucho. Dejé que el día se deslizara sin objetivos, sin listas, y sobretodo sin culpa. Y descubrí que en esa pausa no había vacío, que la lentitud no es un lujo, sino una forma de estar en el mundo. Es la respiración profunda de la vida frente al jadeo de la modernidad.