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MARTÍN ÓSCAR SÁNCHEZ BECERRA
Todas las mañanas despertaba con el corazón palpitando de gratitud por estar vivo. Cantaba antes de abrir los ojos, como si mi voz espantara a la muerte: “Buenos días, alegría”, “La cucaracha”, “Cielito lindo”. Me gustaba sentir cómo el rayo de sol se colaba por la rendija de la ventana, acariciándome los párpados, calentando poco a poco la cobija. Esa luz era mi salvación, mi certeza de que seguía aquí. Odiaba los días nublados, cuando la casa quedaba oscura y silenciosa, como si la muerte merodeara por los pasillos esperando el momento de entrar.
Esa noche la fiebre me devoraba por dentro. Era como si me quemara en vida; cada respiración era un cuchillo que me abría el pecho. El sudor empapaba mi ropa y sentía que el colchón me tragaba. Entre los delirios la vi: mi esposa, muerta hacía más de diez años, de pie junto a la cama. Su rostro era el mismo que recordaba, con la trenza larga sobre el hombro, pero sus ojos… sus ojos ya no parecían de este mundo. No había luz en ellos, sino algo opaco, como agua estancada.
Ella me colocaba paños húmedos en la frente, con las mismas manos firmes de siempre. El olor a ruda y albahaca llenaba la habitación, como cuando me curaba de niño. “Resiste, ya viene el doctor”, murmuraba, y su voz era tan dulce que me dolió el alma. Quise tocarla, pero mi brazo no se levantó. Entonces me pregunté si debía llorar por verla o aferrarme a ella para no morir.
El médico llegó casi al amanecer. Escuché sus pasos en el pasillo de madera y el chirrido de la puerta. Traía su maletín viejo, el mismo de toda la vida, y la cara cansada de quien ha visto demasiados enfermos. Me revisó rápido, murmuró algo para sí mismo y me recetó reposo. “Mañana estará mejor”, dijo con voz hueca, como si no creyera lo que decía. Luego se marchó, dejando el eco de su voz flotando en la casa.
Amanecí cantando, con el alma llena de júbilo, como si el simple hecho de abrir los ojos fuera un milagro. “Ay, ay, ay, canta y no llores…”. Pero de pronto un “Shhh…” me cortó la canción en seco. Me quedé inmóvil. Esa voz no era humana; era más baja, como si viniera de la tierra misma.
—Shhh… —repitieron, esta vez muy cerca de mi oído.
Abrí los ojos de golpe. No estaba en mi cuarto. Ni en mi cama. La luz del sol no entraba por la ventana. Un frío espeso me envolvía y el aire olía a polvo viejo, a tierra recién removida. El silencio era tan denso que dolía.
Pregunté quién me pedía silencio.
—Porque los demás muertos aún siguen durmiendo —susurró alguien, tan cerca que sentí el aliento en la piel.
Miré alrededor y vi siluetas inmóviles extendidas en la penumbra. Estaban cubiertas con mantas grises que apenas dejaban ver los contornos de sus rostros. Mi respiración se escuchaba demasiado fuerte, como si fuera un ruido indebido.
Intenté moverme y algo helado me rozó la espalda. Era una mano, lo supe por el contacto áspero de los dedos.
—Ya es tarde —murmuró otra voz, esta vez detrás de mí.
Quise gritar, pero de mi garganta no salió sonido alguno. El aire se volvió más pesado, como si me estuviera hundiendo. Escuché un murmullo, después otro, y otro más: todos los que yacían alrededor comenzaron a susurrar al mismo tiempo, un murmullo de ultratumba que me llenó la cabeza.
“Quédate…”, “ya no luches…”, “aquí no duele…”, decían.
Mis piernas temblaron. Di un paso hacia atrás, pero tropecé con algo blando y caí de rodillas. Era un cuerpo. Sentí su frío subir por mis manos. Entonces lo vi: el rostro de mi esposa, igual que en mi fiebre, mirándome desde el suelo. Tenía los ojos abiertos y la boca entreabierta, como si quisiera decirme algo, pero ningún sonido salió de ella.
—Ya es tarde —repitió la voz a mi espalda, y esta vez pude sentir el aliento fétido en mi nuca.
Giré con lentitud, con el corazón golpeando en mis oídos. Allí estaba. No sé qué era exactamente: su silueta parecía humana, pero su rostro estaba cubierto de sombra. Sólo brillaban los dientes, como si me sonriera.
—Ya despertaste, al fin —dijo con una calma escalofriante.
El murmullo de las mantas se hizo más fuerte, casi un canto gutural. Intenté levantarme, pero algo me sujetó los tobillos. La silueta avanzó un paso.
—Canta —ordenó.
—¿Qué? —susurré.
—Canta, como todas las mañanas —repitió.
La voz no admitía resistencia. Apenas pude entonar un hilo de voz: “Cielito lindo… los corazones…”.
La figura se inclinó sobre mí y sonrió más ampliamente.
—Así está mejor. Aquí todos cantan antes de dormir.
El murmullo cesó de golpe, como si me hubieran escuchado. La silueta extendió una mano. Era huesuda, fría, y la puso sobre mi pecho. En ese instante el frío me atravesó de lado a lado. El suelo se abrió bajo mí, tragándome.
Cuando desperté —o creo que desperté— estaba tendido en el suelo, con la manta gris cubriéndome. Mi respiración era apenas un hilo. A mi lado, el cuerpo de mi esposa sonreía. No sé si sigo vivo o si he empezado a dormir como los demás.
Pero cada mañana, cuando una rendija de luz entra por alguna parte, mi voz vuelve a cantar, aunque ya no tengo boca. Y cada vez que alguien nuevo llega a este lugar, me escuchan entonar mi canción y me piden que guarde silencio, para no despertar a los que aún están dormidos.