ENRIQUE GARRIDO
Un poema resuena: “una flor/ no lejos de la noche /mi cuerpo mudo / se abre/ a la delicada urgencia del rocío”; la pluma de Alejandra Pizarnik, en Amantes, nos plantea al deseo como urgencia, al cuerpo como mudo exigente. Mientras, una nota apaga el fuego y nos deja cenizas. De acuerdo con el sitio México Pragmático, cada vez más jóvenes y adultos muestran desinterés o rechazo hacia el sexo. El 35% de los mexicanos de 18 a 40 años no lo practican, en paralelo, crecen las “parejas blancas” y el sexo virtual.
Y es que más allá de regresar a una era puritana, con frondosos ropajes que inviten a la imaginación al quitarlos, la sexualidad se ha convertido en un espacio donde se proyectan inseguridades, frustraciones y heridas no resueltas, lo que genera ansiedad, desconfianza y desapego en lugar de intimidad. El placer se ha convertido en sinónimo de rendimiento, de espectáculo y prueba de capacidad seductora, donde el otro se reduce a un espejo u objeto. La hipersexualización de las narrativas, la carne y voluptuosidad como objeto de consumo, mercancía, sumado a la sobreexposición a estímulos, generan una presión del rendimiento, anulan la capacidad de establecer vínculos íntimos y humanos.
Octavio Paz planteaba que la sexualidad es el impulso biológico, instintivo, común a todos los seres vivos, la raíz del deseo, lo inmediato y lo corporal, ¿acaso no suena a lo que motiva a comprar o a consumir videos o fotografías de cuerpos esculturales, a veces imposibles?, ¿pornografía?, ¿Onlyfans?, ¿Telegram?, caldo de cultivo de una sociedad más frustrada y vacía.
De esta manera surge la necesidad de resignificar la sexualidad como un encuentro auténtico, centrado en el otro y no en la propia imagen. Lo curioso es que el mismo Paz (y otros pensadores como Bataille) desde hace mucho tiempo ya lo consideró desde la poesía. Poco después de ganar el Nobel, publicó uno de los libros que más me ha influido La llama doble. A través de la metáfora de la llama donde la sexualidad es el fuego primigenio, el erotismo es su forma y el amor es la llama que arde al final, analiza la relación de estos estados humanos, hoy tan mercantilizados.
Así, el erotismo es al sexo lo que la poesía al lenguaje: una transfiguración. La metáfora poética crea sentidos y significados nuevos, mientras el erotismo crea mundos en la intimidad. No espectáculo, comunión; no fragmentación, complementos, unión, sincronía. Esto tiene reminiscencias desde el éxtasis místico, lo sagrado, una conexión espiritual al momento de estar juntos, experiencia límite que nos define y construye, autoconocimiento puro.
En una sociedad que se relaciona a través de algoritmos, virtualidad e IA, resulta importante no perder de vista que el erotismo es lo que humaniza a la sexualidad, la vuelve juego, invención y simbolismo. Así como la metáfora transforma las palabras en poesía, el erotismo transforma el instinto en arte.
Al quitarle la función de consumo, de uso y herramienta tanto al lenguaje como a la sexualidad y cuerpo, podemos acceder a verdaderos vínculos humanos. El amor es la cima, la fusión de sexualidad y erotismo con la entrega afectiva. Si la sexualidad es cuerpo y el erotismo es imaginación, el amor es comunión: el encuentro total con el otro.
Quizá, en estos tiempos de carne y likes, el verdadero gesto revolucionario sea volver a mirar al otro sin filtros ni algoritmos, sin pantallas que intermedien el deseo ni narrativas prefabricadas que lo desvíen. Recuperar el erotismo como lenguaje poético del cuerpo, de igual forma al amor como comunión sin espectáculo, es resistir a la lógica del consumo. No se trata de moralismos ni nostalgias, sino de recordar que aún en medio del ruido digital, la llama doble sigue ardiendo.
Coincido, en un mundo tan digitalizado, pero increíblemente necesario para la independencia personal, es importante mantener la línea divisora que invita a mantener lo íntimo de lo absurdamente vanal.