CARLOS FLORES
En muchos aspectos me he encontrado con las ganas de escribir. A veces, cuando recuerdo esos momentos que nunca quise que se fueran, pero que ese ser sin rostro dentro de mí supo sabotear, como siempre. Me dan ganas de escribir de cuando eran niño y que pasaba horas con un lápiz o un bolígrafo llenando de imágenes y diálogos paquetes de 500 hojas de papel bond. De aquel vecindario, entre muchos, que luego de tantas mudanzas reconocí finalmente como nuestro, mío; pero que a la gente del lugar nunca pareció agradarles nuestra presencia. De cómo mi vida cambió de una noche a una mañana. Cuando salí de mi casa y mi barrio a buscar otros horizontes, lejos del barrio caniquero y futbolero. Pero allá afuera, se repetía la historia: un grupo de chavales perdidos, como nosotros, parecía haberles dado mucha envida que nos hayamos atrevido a salir de la colonia, pues nos sacaron de nuestro lugar de confort a fregazos, supongo que nos vieron muy facetos, ahora había que esconderse, pues eran montoneros y traicioneros.
En otras etapas me gustaría escribir historias para niños, pues de todas aquellas que les leí a mis hijas siempre tuve algo que objetar: eran simples, terminaban pronto, faltaba ingenio, no como aquellas historias que imprimían los rusos en papel que no era barato y por alguna razón llegaban a América, en español, supongo que para contrarrestar la basura con que los yanquis nos bombardeaban. En mis historias quería que hubiera más intriga, más emoción, más ingenio. Si era una historia de fantasmas que te tocara los nervios, pero tal vez también el corazón, pues la muerte siempre es un asunto serio. Si había monstruos, que pudieran, al igual que el Prometeo Moderno, expresar su sentir, que nos permitieran asomar a la oscuridad, pues en la profundidad también hay belleza.
Quisiera escribir sobre la música y cómo fue que, en un mundo absurdamente clasista, donde a la gente sólo le importaba si tenías o no en dónde caerte muerto, un auto o una gran casa, las letras, las notas y compases de esas canciones que escuchaba en la radio, en los discos de mi padre y en la hora nocturna del FM del Perales, pude darme cuenta que la vida tenía otros caminos, muchos caminos, al igual que las historias en los libros.
Por eso quiero escribir, pero en este mundo que marca un ritmo rapidísimo en donde los días se hacen pesados y las noches vuelan, no veo el tiempo para aporrear las teclas; peor, no veo el tiempo para permitir que mi imaginación diseñe esos mundos donde los fantasmas evoquen a sus corazones vivos ni los monstruos puedan explicar su horrorosa situación.
Quiero escribir porque en las letras se reflejan los años vividos, los sentimientos se cristalizan, se purifican las ofensas, y se redimen las personas que fueron horribles con uno, no porque les cayera uno mal de verdad, sino porque nunca encontraron la propia conciliación. Quiero escribir porque cuando lo hago las personas que amé regresan a mi mente y a mi pecho, me dan algo de su aliento que quedo en el éter de la sinapsis, en la eternidad de la memoria, en el fuego que alimenta mi cuerpo, todavía.