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Dedicado a Valeria Miranda
RENÉ FALCÓ
¿Y sabes qué? Aunque te molestes y pongas esos ojos que siempre meneas de un lado a otro, con esa mueca de enojo, cada que de mí emane una letra la dedicaré efusivamente a ti. Porque sé que, muy en el fondo de esa mirada seria e imponente cuando algo te disgusta, hay más. El proceso de la lectura, la contemplación de ti hacia esto, el todo: lo que uno dice, lo que uno habla, lo que yo escribo.
Y lamento que todo lo que escribo tenga que ser tan terriblemente dramático y, a veces, problemático, y contigo excesivamente tierno. Me dices que no quieres más dedicatorias… ¿y por qué? Pero te diré algo: yo no puedo obedecer en las letras. Y por más que te ame, por más que te tenga dentro de mi corazón y por más que te desee como nadie —porque realmente te deseo como nadie— no puedo evitar hacer lo que yo quiera en el universo que construyo aquí.
Pero tampoco te quiero con la idea de musa, porque lo de musa te queda corto, y alguien con ese porte que refrena los instintos no podría estar en un estatus tan sobrevalorado. Te quiero a ti, y te quiero en mis textos como lo que contemplo cada que te veo, cada que te imagino, cada que te pienso. Así te quiero buscar en mis propios textos, y quiero que tú encuentres en ello el saber que te amo, y que cada que conozco más sobre quién eres, la vida se me resume a todo y a nada.
¿Y a quién más podría dedicarle tanto de mí? ¿Quién podría entender más la intimidad de la dedicatoria sino tú? Podría escribir y dedicarle a mis amigos, y no funcionaría, porque ellos no saben el juego que hay detrás del homenaje. Podría dedicarlo a mi madre, pero es obvio que estaría fastidiada de saber que su hijo solo hace alarde de su talento. También podría dedicarlo, de alguna manera, a mis hermanos, pero ellos lo que menos quieren es seguir indicaciones sobre lo que es una dedicatoria. O tal vez podría dedicarlo a mi padre, pero es seguro que muera antes de siquiera leer algo mío.
¿A quién más le debo escribir y dedicar sino es a ti? La mujer que inevitablemente me colma los suspiros, me entoloacha el alma, me sugestiona cada que tomo de la leche materna de la civilización; cada que la vida se me cruza con impulsos y termino sangrando a las dos de la mañana, quién sabe por qué y por quién; o cuando deambulo por museos y galerías, cuando atravieso cafés y se me viene a la mente un montón de versos, relatos, cuentos, novelas donde tu nombre podría aparecer, para que todos sepan que mi talento no es talento: es la emoción de aprender a vivir.
Porque uno sabe que quiere, que tiene cariño, que ama, que sabe que puede recurrir al consuelo, pero al mismo tiempo sabe que puede odiar, latente y eufórico. Podría dedicarte todos mis escritos por eso: porque, de alguna manera, ya me había dado por vencido antes de conocerte. Beber por beber, actos de violencia aún más irreverentes que ahora; no podía poner ni siquiera en orden lo que hablaba, menos escribirlo. Estaba perdiendo el tiempo, atrapado en cosas que no me decían nada; la gente no me decía nada, y me sentía tan, pero tan vacío, tan fuera de esto, de lo que hacemos cotidianamente.
Y creo que por eso te dedico esto: por avivar lo que ya estaba perdido y por hacerme cobrar conciencia sobre los íntimos detalles de la contradicción existencial que nos tiene así. Porque nunca entenderé por qué me dejé llevar, por qué te escribí lo que te escribí, por qué quedé encandilado la primera vez que escuché tu voz, por qué quedé obsoleto la vez que nos vimos y las veces que le siguieron a eso. Porque no temo postular cómo tus besos me encantan, y me encanta la manera en cómo callas cuando todos hablan, y tu risa.
Y también creo que te dedico estas zozobras de textos porque, a veces, también me caes mal, e intento entenderte. Pero juegas conmigo de maneras que no entiendes, y a veces no sé si te das cuenta de cómo juegas con lo que te pone la vida a tu alrededor. Te dedico textos para hacerme mejor ante los que quieren andar detrás tuyo, porque sé el tipo de mujer que eres y cómo tu belleza provoca, porque a mí me provoca.
Y en esas provocaciones intento ocultar el tipo de hombre que a veces realmente soy. Escapo a mis instintos, y mis instintos son diferentes a los de esos hombres comunes y estúpidos. Porque si te dedico un texto es porque busco inmortalizar la imagen de quien, para mí, es más que, indudablemente, el tipo de mujer por quien haría cualquier cosa: de todo tipo, de todo acto, de todo caos.
¿Quién va a decirte todo esto así? A lo mucho, sólo un estúpido como yo, que te quiere para todas las cosas del mundo: tomar café, beber té, que comamos, vayamos a cenar, que nos perdamos. Porque estoy harto de perderme con amigos, de hacer las cosas divertidas de esta existencia sin que estés aquí, sin que me acompañes. Porque estoy seguro de que, si me acompañaras, entenderías por qué te dedico estos textos.
Quiero que me acompañes en la simpleza, en lo sutil; no te pido más. Quiero acurrucarme y que tú te acurruques en mí. Quiero escucharte y seguir escuchándote hablar sobre lo que haces en la rutina, porque eso me inspira y me hace imaginarte en un futuro. Y yo sólo termino con esto: con las justificaciones y los escritos tan osados que espero que, en un tiempo, no te parezcan estúpidos.
¿De qué otra manera dejo de engañarme sobre lo que siento si no es con esto? Así es esto, Val. Lamento cruzarme en tu camino de esta manera, en la que bien podríamos vagar juntos, de pi a pa, entre sábanas, entre besos sabor a cigarro, entre libros de poesía robados, mis libros robados, entre libros que podría robar para ti.
Te dedico esto porque no quiero que alguien más te dedique lo que yo podría darte, y lo que me falta, pero que escondo porque soy terriblemente tímido. Quisiera comprarte flores y dártelas, llevarte tu comida favorita cuando andes en el ajetreo; quisiera estar contigo cuando sientas que todo podría estar más que perdido, o también invitarte a los estúpidos convivios familiares.
¿Te digo algo más? Hay una rabia contenida. Te deseo con desdén, con opulencia, con lo sacro, con lo bautizante: te deseo. Te deseo para hacer que nunca te alejes, para que cada letra dedicada te parezca obscena. Te deseo para apreciar con mayor precisión tus fluidos, tus dientes, esos lunares que ocultas en tus cachetes, en la cicatriz del hombro, en tus cejas que son un poco lunares, como un cuarto menguante cubriendo tus ojos cafés, ososos.
Te deseo para escuchar tu voz y los sonidos de tu boca siempre sobre mí. Así te deseo: como para construir un texto y dedicarlo a todo lo que eres y todo lo que emanas en mi cascaja vida.
Te quiere,
Daniel.